Hace casi un año que falleció mi hijo. No he dejado de preguntarme en todo este tiempo el por qué y para qué de esta tragedia familiar.

Todo empezó en un pueblo pequeño de Teruel, La Cerollera. La médica que lo atendió no le dio mucha importancia a una analítica con un PSA altísimo, siendo este término totalmente desconocido para nuestra familia. Supongo que la médica ya estará jubilada; de no ser así, sería conveniente que lo hiciera, por el bien de los ciudadanos de su zona.

Después vino la operación y tratamientos prescritos por el Hospital Miguel Servet de Zaragoza.

Buen hospital y buenos profesionales, pero no dejo de preguntarme por qué tardaban tanto tiempo entre las pruebas y entre los tratamientos y por qué no se le realizaron más PECTAC con contraste, para obtener la máxima información. ¿Por el coste?

Estábamos en la tercera fase de quimio, iba por la tercera sesión. Se fue al campo, solo, y allí falleció. No pude despedirme de él ni acompañarle. ¡Qué madre no estaría rota de dolor al recordarlo! ¡Qué madre no daría su vida por salvar la de su hijo!

Pero no dio lugar, no hubo tiempo. Siempre pensé que de una enfermedad mala se puede salir, que hay muchas personas que sobreviven. Él se fue solo, callado, sin decir nada, sin darnos tiempo a decirle nada. ¿Tan grave estaba? ¿Por qué los médicos no nos advirtieron?

No sé si lo que estoy escribiendo le gustaría a mi hijo, pero no lo puedo hablar ni con él ni con nadie.

La soledad que experimento me va a acompañar siempre, no se puede suplir con nadie ni con nada.

Dios no quiso que sufrieras más, no tengo más remedio que acatar tu voluntad, Señor.

¡Hijo mío, siempre estarás dentro de mi corazón!

¡Hasta que volvamos a estar juntos en años después, estoy como el primer día!

Tu madre.

Mary Paz Pellisa. Amposta