El Bajo Martín no se entiende sin el aceite. No es una frase hecha ni un recurso fácil: es una realidad que se palpa en el paisaje, en la memoria y en los vestigios que todavía resisten entre olivares, caminos y cascos urbanos. Hubo un tiempo en el que el aceite lo era todo. Hoy sigue siendo un sector fuerte, pero ya no ocupa el centro absoluto de la vida económica y social. Y, sin embargo, su legado continúa ahí, en riesgo de desaparecer sin que apenas nos demos cuenta.

Por ello, el proyecto que se quiere impulsar desde la Comarca del Bajo Martín llega en un momento clave. El objetivo: inventariar todo el patrimonio vinculado al olivar y el aceite en sus nueve municipios. Porque no se puede proteger lo que no se conoce, así como no se puede valorar lo que no se ha identificado ni contado. Y en este sentido, la labor que ha asumido el historiador Javier Sánchez, con conocimiento directo del sector y sensibilidad hacia su historia, es tan necesaria como urgente.

Estamos hablando de mucho más que viejos edificios. El patrimonio del aceite es paisaje, tradición y cultura. Son los olivares que han dado forma al territorio durante generaciones enteras. Pero el problema es que se diluye. Casos como el del molino de Esponera en Híjar, desaparecido hace apenas dos décadas, evidencian lo rápido que se borra la huella si no hay una mínima acción de conservación o, al menos, de señalización. Ocurre también con instalaciones cuyo valor pasa desapercibido para quienes conviven a diario con ellas, como los restos de antiguos molinos en Samper de Calanda o La Puebla de Híjar. Elementos que siguen ahí, pero sin relato, sin contexto y sin reconocimiento.

El inventario que ahora comienza es solo el primer paso. Después vendrá lo verdaderamente importante: decidir qué hacer con todo ello. Conservar, restaurar cuando sea posible, señalizar lo perdido, abrir espacios visitables, generar rutas o integrar este patrimonio en la oferta turística. Y, sobre todo, implicar a quienes siguen dando vida al sector, a los productores que hoy mantienen la actividad y que pueden encontrar en este legado un valor añadido.

También será clave la colaboración ciudadana. Porque buena parte de este patrimonio es privado, disperso y, en muchos casos, sin una titularidad clara. Sin la participación de vecinos, sin su memoria y su conocimiento, el puzzle quedará incompleto.

Editorial.