Cuando desaparecen los gestos rituales y se menosprecian la cortesía y los modales, se imponen las pasiones más elementales y se disparan las emociones, sin contención y sin medida. No es tiempo de rituales, expulsados de las costumbres sociales por «caducos e innecesarios», porque no se pliegan a las exigencias de consumo y aceleración de la sociedad neoliberal. Los rituales son procesos narrativos, no aditivos. Siguen un ritmo propio, no permiten aceleración ni individuación. A través del ritual se produce la identificación con algo colectivo, con una fuerza superior que rebasa el narcisismo del yo. En el rito, el auténtico sujeto es la comunidad abierta a todos y forma una unidad superior al individuo.

El domingo asistí a una manifestación en un pueblo de poco más de cien habitantes. Llegué a contar casi 140 participantes, incluidos ancianos y ancianas y los niños en vacaciones familiares. Se pedía una actuación urbanística sobre la carretera de acceso, entre pancartas y eslóganes alusivos cantados a pleno pulmón por los chiquillos y coreados por los adultos. Analicé la estructura ritualista del acto. La dinámica emocional del rito devoró la individualidad y la diversidad de los participantes. Fui consciente del sentimiento objetivo y colectivo que animaba a todos. Durante unos mágicos momentos sentí la emocionante unidad de lo comunitario y percibí una casi visible ligazón de todos entre sí, conformando un solo elemento, elevado a un fin superior. Noté el entusiasmo de los niños, que son muy sensibles a los rituales, y el brillo de la identidad colectiva, quizá nostálgico pero real, en los ojos de los mayores y de algunos jóvenes. Los rituales crean ejes de resonancia socioculturales de tipo vertical (el cosmos, valores, el tiempo) horizontal (con los vecinos entre sí: la comunidad) y diagonal (con el objetivo: el arreglo de los accesos al pueblo) que configuran el respeto y el amor a lo «nuestro» a algo que nos define en sí mismo, las señas de identidad (cada vez más débiles en esta época líquida).

Un acto de pueblo pequeño, alentado por un objetivo que exige respeto, se convierte en un ejercicio de psicología social y en una ocasión para destacar la pérdida creciente de los rituales en nuestra sociedad. Algo que cada vez nos deja más desamparados y más fáciles de dirigir y manipular.

Alberto Díaz Rueda. LOGOI