No abundan los estudios sobre la gran amenaza oculta que se mantiene y progresa fuera del foco de la información, antes, durante y tras la pandemia. Quizá porque se trata de un problema tan viejo como la humanidad: la salud mental. Se ha escrito mucho sobre las consecuencias negativas que el virus y las restricciones de movimiento han causado en las personas con desarreglos mentales. Desde el aumento de divorcios, violencia sexista, suicidios, depresiones y excesos compensatorios (de los que los botellones son un lamentable ejemplo). Pero, curiosa y significativamente se ha escrito y hablado muy poco sobre los efectos que el exceso de trabajo, la falta de reposo y la carga de la responsabilidad ha tenido sobre los hombres y mujeres que integran el mundo sanitario, la primera trinchera de la brutal batalla vírica. ¿Creen ustedes que con nuestros aplausos en las oscuras jornadas de internamiento, la sociedad ya “ha cumplido” con esas personas? ¿Hay algún estudio oficial que evalúe los devastadores efectos que la pandemia –al margen del virus en sí- ha tenido sobre las mentes de muchos de esos profesionales? No me consta.

Pero si se dispone de información suficiente para inferir que el problema puede ser gravísimo en el  caso de que se reproduzcan las olas de contagios. Resulta insólito, vergonzoso y alarmante de que a estas alturas no dispongamos de cifras siquiera aproximadas del número de sanitarios que están de baja o en tratamiento psiquiátrico y psicológico por estrés post traumático (TEPT). Médicos, enfermeras-os, auxiliares de clínica, celadores. Muchos dieron su vida, enfermaron o contagiaron a sus familias.

No hay cifras. Recuerdo la dura frase de Tzvetan Todorov, durante las purgas de Stalin, “Un muerto es una tragedia; un millón de muertos es un dato, una información”. Es difícil imaginar la amargura interior de esos profesionales dañados psicológicamente de forma grave. No hay cifras de suicidios o de estados incapacitantes de ninguna de las dos partes del frente de batalla covidesco: las trincheras, UCIs, y la retaguardia, salas. Resulta más difícil aún suponer la profunda desazón que les debe invadir cuando ven y oyen a los negacionistas y a los que priman, sobre cualquier otra consideración, sus “necesidades” de placer, de emborracharse juntos o de destrozar lo que sea como forma de “sentirse vivos y sanos” tras el supuesto paso de la peste

Alberto Díaz Rueda. LOGOI