El 10 de septiembre de 2020 cogí el avión con destino a Bruselas que alteró gran parte de lo que soy. Ese día, entre lágrimas, cambié mi casa para los siguientes 5 meses. Y lo que yo entonces no sabía es que esa experiencia me haría ver la vida de otro modo, concebir las relaciones personales desde otra perspectiva.

Allí aprendí francés, comprendí las tradiciones del lugar, viajé bastante… y conocí a un grupo de personas que me dieron los mejores recuerdos que tengo de mi estancia en Lieja. Durante esos meses aprendí a vivir día a día, planeando como mucho el viaje del fin de semana. Me mostré tal como yo era en ese momento, y comencé amistades desde cero, sin ideas preconcebidas. Me conocí a mí misma, descubrí qué es lo que realmente me hace feliz y cómo quiero que sean las personas que están a mi lado. Fue un crecimiento personal fundamental.

Desde concursos de tapas, a quedadas en nuestras casas para poder vernos, sin olvidarme del turismo en pandemia, las meriendas de gofres, las cenas de noodles en un banco… A pesar del cierre de los establecimientos y las diversas restricciones, siempre teníamos alguna idea en mente para entretenernos. ¡Hasta me teñí el pelo de rojo! A día de hoy ese grupo de amigos sigue estando en mi corazón y en mi agenda de planes. Cada vez que nos juntamos no podemos parar de rememorar anécdotas y de crear nuevos recuerdos.

Durante un tiempo pensé que yo era una nostálgica del Erasmus hasta que hace poco me di cuenta de que el problema es que no quiero dejar de sentir ese crecimiento al descubrir nuevos lugares, con gente increíble y mil aspectos que conocer. Y entonces empecé a ser consciente de lo importante que es salir de la rutina y de la zona de siempre para averiguar dónde queremos estar y con quién.

Conocer nuevas culturas abre mentes, permite relativizar la realidad de nuestro entorno, y cambiar la perspectiva desde la que se ven todos los aspectos de la vida. No hace falta cruzar el mundo para lograr ese cambio, es tan simple como modificar la rutina y dejarse sorprender por lo desconocido. Siempre soy tan pesada con mi Erasmus porque me ha permitido darme cuenta de que todavía me quedan muchos rincones por recorrer pero que, aún así, Chiprana siempre será mi casa.

A veces las personas se empeñan en permanecer constantemente atadas a su tierra y no se dan cuenta de que el arraigo es querer volver habiendo conocido nuevos lugares.

Pilar Sariñena. A corazón abierto