Cuánto se agradece una sonrisa. El tío Cavila era un herrero de mi pueblo muy ingenioso y primitivo que siempre decía «no hay nada que se resista al mazo y la aceitera». Arreglaba motores, cerrajas, ventanas y puertas, rejas, tajaderas de riego…y con aceite para engrasar y mazo para golpear fuerte todo lo solucionaba. Han pasado años y la tecnología ha sustituido el talento natural y la habilidad manual que tenían aquellos artesanos que con alicates y alambre arreglaban desde relojes hasta los enseres y muebles domésticos. Sigue habiendo instrumentos inmateriales que arreglan también muchos descosidos. Me refiero a la sonrisa y a la paciencia. Se guardan en un estuche que se llama talante, y seguro que su utilización da tan buenos resultados para arreglar conflictos como el mazo y la aceitera para el tío Cavila.
Me carga tanta foto de móvil, tanto selfi, pero hay que agradecer que el móvil como cámara fotográfica es un generador de sonrisas. Gracias al móvil se sonríe más porque la gente quiere trasmitir un estado de felicidad que piensa que va conservarse en el tiempo. ¡ilusos! No hay sonrisa más efímera, ni foto con más corta fecha de caducidad que las capturadas con el móvil.

La sonrisa rejuvenece, se puede dar gratis, y tiene un efecto boomerang. Hay veces que la alegria es fuente de tu sonrisa, pero otras muchas la sonrisa es el principio de la alegría. La sonrisa, como la música es un idioma que se entiende en todo el mundo. Una sonrisa es un arma poderosa, como el mazo del tío Cavila, puede romper el hielo en las relaciones difíciles y puede derrotar a un adversario ante un negocio. La sonrisa es rentable. Una sonrisa sincera desarma cualquier iniciativa perversa. De joven leí con mucho interés un libro que se hizo famoso en los cincuenta de Dale Carnegie que se titulaba «Como ganar amigos». Recuerdo una lista de recomendaciones comentadas, pero un punto no tenía ninguna explicación. Solo ponía «sonría». Mi abuela me decía «la sonrisa es una llave que abre casi todo». A veces, como aquí y ahora, la sonrisa cierra… una columna.

Miguel Caballú