Las reivindicaciones del campo tienen respuestas políticas porque exigen, desde la sociedad civil, cambios legislativos que permitan a los agricultores y ganaderos vivir de su oficio con dignidad, no sólo sobrevivir o malvivir. Todo es política, dado que los cambios legales deben venir motivados desde las instituciones que gobiernan representantes de partidos políticos con ideologías muy concretas. El sindicalismo también es política a veces, hay sindicatos conservadores y progresistas, pero con intereses muy concretos y militantes de partidos políticos también en algunos de ellos, al igual que su importancia es clave para reivindicar y ser voz colectiva. Esto no es nuevo, ni al ciudadano se le puede manipular para hacerle creer que lo que está sucediendo ahora no se vivió en tiempos pasados, con gobiernos de todo signo político. Sin embargo, no es lo mismo la política que la politización. Es decir, tratar de arrimarse las reivindicaciones del sector primario para fines propios o, al revés, denunciarlas queriendo hacer creer que están arengadas por un partido político rival, es irritante y genera un hartazgo social todavía mayor. Es muy difícil no compartir y entender las exigencias de los profesionales de la agricultura y la ganadería y, quien no las comprenda, sólo debe acercarse a la realidad diaria de los pequeños agricultores para ser conscientes de la inviabilidad de sus producciones, la burocratización, la competencia desleal y las dificultades de relevo generacional. Bien es cierto que, entre los más de setecientos mil profesionales del sector primario en España, hay quienes apuestan por innovar, invertir y hacer evolucionar sus empresas, y quienes no, queriendo vivir de rentas. Estos últimos sin embargo no son la mayoría de los que estamos viendo en las carreteras estos días subidos en sus tractores.

Tras una semana de duras protestas lideradas por la sensatez, pese a que han afectado también a los ciudadanos en su día a día con serios trastornos, especialmente en servicios educativos y sanitarios, cabe reflexionar acerca de dónde se quiere llegar exactamente, cuáles son los objetivos mínimos a conseguir y quiénes serán los interlocutores de estas protestas en las que, de fondo, no hay una organización clara, lo que redunda en momentos de desconcierto, descoordinación y divisiones. Urge que los partidos políticos dejen de enfrentarse se alineen a favor de las mejoras que estén en sus manos, que la interlocución a través de los sindicatos agrarios sea ejemplar e inminente, y, sobre todo, que se tomen medidas económicas, legales y sociales que redignifiquen al sector primario como servicio esencial, protegido a tal fin, siempre respaldando la labor de aquellos profesionales que lo están haciendo bien.

Editorial.