Se cumplen 365 días desde el gran apagón del 28 de abril de 2025, un hecho insólito que afectó a prácticamente toda la península ibérica y dejó sin luz a 36 millones de consumidores. Un suceso que, durante horas, puso en jaque una forma de vida que damos por sentada. Doce meses después, la pregunta es inevitable: ¿qué hemos aprendido realmente?
El apagón se vivió con incertidumbre, y reflejó las fortalezas pero también debilidades del medio rural. Aquel día no solo se apagaron las luces. También lo hicieron los datáfonos, recetas electrónicas, historiales médicos, comunicaciones y buena parte de las certezas cotidianas. Las incidencias no pasaron de largo por nuestros pueblos, y lo que parecía superado —el efectivo, papel, linternas o radios a pilas— volvió a ser imprescindible.
El territorio respondió como mejor sabe hacerlo: con cercanía, solidaridad y capacidad de adaptación. Las farmacias atendieron con linternas, los comercios fiaron a sus vecinos, sanitarios apuntaron a mano las urgencias... Se supo demostrar que la mayor fortaleza del medio rural sigue siendo la red humana que lo sostiene.
Pero en algunos casos no fue suficiente. El gran apagón también dejó la muerte de una vecina en Tronchón. La mujer, de 82 años, falleció tras caer por la escalera y no poder alertar al servicio de teleasistencia del que era usuaria. Al no tener luz, el botón de aviso que portaba colgado del cuello no funcionaba.
Aquel apagón obligó a replantear prioridades. Durante unas horas, lo urgente desplazó a lo accesorio. Se agotaron linternas y cocinas de gas, se recuperó el valor del dinero en metálico y se redescubrió la importancia de contar con recursos básicos en casa. Sin embargo, un año después, cabe preguntarse si esas enseñanzas han calado o si han quedado diluidas en la vuelta a la normalidad. Quizá la lección más importante no tenga que ver con acumular pilas o guardar efectivo, sino con no olvidar.
Editorial.

