Durante unos minutos y hace unos pocos días nos conmovimos ante un espectacular eclipse total de sol, que impactó en todos los privilegiados que lo pudimos disfrutar. Imagen irrepetible de tipo natural, que nos hace reflexionar sobre el mundo y el universo. Pocos días antes el éxtasis llegó con la bendición del templo dedicado a la Sagrada Familia en Barcelona: un espectáculo arquitectónico, combinado con el uso de la música, la electricidad y la electrónica. Todo ello creaciones humanas.
La naturaleza y el universo son bellos. La armonía de los sistemas solares y de las galaxias solo se pueden explicar por mor de la casualidad o por la intervención de un ser o unos seres muy superiores a cualquier capacidad humana imaginable (al menos hasta hoy). Siendo cada uno de nosotros quienes debamos interpretar esa disyuntiva.
A su vez, el mundo es bello por sí mismo: un arcoíris, unas grandes cataratas, unas formaciones rocosas de una belleza trascendente como las del Torcal, unos acantilados de vértigo, unas cuevas repletas de formaciones geológicas, un bosque, un tubo volcánico, un simple campo de girasoles, el agua del mar rompiendo contra las rocas, la lluvia de estrellas, una aurora boreal, incluso la combinación de luz y sonido de una tormenta, la nieve cubriéndolo todo, un cañón recortado por un río, un mar de nubes, la lava corriendo, los estratos multicolor de la lava petrificada, un fósil y mil cosas más. Todo sin intervención humana.
Por su parte, el ser humano desde el momento en que puede definirse como tal, asume la trascendencia y eso le hace ser consciente de la belleza y también intenta crearla, alcanzando cotas elevadísimas, pero muy inferiores al valor del cosmos y de la naturaleza. Y, a veces, incluso parece tener la voluntad de destruir esa belleza y armonía naturales. A pesar de todo, qué decir de unos fuegos artificiales, de un espectáculo de drones, de un juego armónico de sonido, luz y color, de una creación literaria como «El Quijote», de «Las Cuatro Estaciones» de Vivaldi, de «Las Meninas», de «El Moisés» de Miguel Ángel o de un templo como la Sagrada Familia.
Somos herederos de un ingente patrimonio natural y cultural y nuestro deber, como en la parábola de los talentos, es conservarlo y mejorarlo.
Manuel Siurana

