Hace unos días pensaba que este año, 2020, transformado en alfabeto se parecería, por lo menos en lo formal a la palabra “zozo”, el inicio de “zozobra”, esto es, una suerte de estado de agitación, crisis e inestabilidad previo a un posible hundimiento.

Y es lo que ha sido y es esta fecha, por azares del destino, presunta bioingeniería de los chinos o designios del Nuevo Orden Mundial: un año de auténtica zozobra sanitaria, económica, política,social y psicológica. Sostenida y sujeta en el tiempo, además…

“Bra”, por cierto, en inglés significa sostén o sujetador. 2020 sostenido… es igual a zozobra. Curioso cuando menos.

Un año de aislamiento, o muchos meses, para encontrarnos a nosotros mismos. Para volver a ser lo que éramos de verdad, antes de estar contaminados por la inercia y la falta de perspectiva y perspectivas.

Un año de superación del dolor, que también lo ha habido. Doce meses, que aún no han terminado y por ahora son siete, casi ocho, de un aprendizaje duro, que en ocasiones juzgamos innecesario, pero que si está ahí es por algo. Y unos tiempos raros, extraños, que ni siquiera los abuelos que sobrevivieron a una guerra habían visto, ni mucho menos vivido.

¿Y esto era el futuro? Cuando nos cuentan que hay futuro siempre nos insuflan esperanza. Pero cuando llegamos sólo encontramos un presente que, dentro de todo lo malo, pronto se convierte en un pasado que duele menos. Al menos ésta es la parte positiva.

Mascarillas que remedan bozales para no morder. Para contenerse. Estúpidos que pese a oír las mismas advertencias una y otra vez caen en el descuido y piensan que a ellos no les va a ocurrir. Y contagian. Y gentes que pese a todas las precauciones, pese a sus incontables aciertos, si fallan una vez son contagiados y pasan a ser los nuevos apestados de esta época.

Qué injusta es a veces la vida. Ni bonita que cantaba Dani Martín ni gaitas. Y perdónenme la expresión. La vida a veces es profundamente cruel, y dura, e insultante. Que se lo digan a quienes han perdido a alguien por el virus. Que se lo digan a quienes se quedan con secuelas. Que se lo digan a los que sin respeto arriesgan su salud y las de los otros por socializar en grupos de treinta y tantas personas o más y desprecian las más elementales normas de seguridad por chulería. Porque se creen inmunes. Por su ignorancia manifiesta de lo vulnerables que son en verdad, de lo vulnerables que somos todos.

Ya no sé si es que con los años me vuelvo cascarrabias o al contrario, es la prudencia, la consabida prudencia, la que habla por mi boca. Pero me irrito profundamente cuando las peñas, aunque está prohibida su reunión, se reúnen en patios particulares, o en campos, e ignoran a sabiendas mascarillas y precauciones.

Me insulta cuando hay gente que en los bares se apiña y no respeta las distancias, ni se cubre la cara ninguneando el esfuerzo de los demás que se protegen y con ello protegen al resto. De nada sirve que unos llevemos mascarillas, que nos desinfectemos continuamente, que salgamos únicamente a comprar la pitanza, si ese grupo de inconscientes hace lo que le da la gana en pleno alarde de inconsciencia y estupidez.

Y lo grave es que esa gente de la que hablamos tiene cara y nombre. Y están entre nosotros. Son gente a la que conocemos. Son quienes ya durante el confinamiento se saltaban todas las instrucciones sanitarias y hacían uso de una picaresca que haría palidecer de envidia a Lázaro de Tormes o al buscón llamado don Pablos. Quienes salían a dar una vuelta porque sí, por chulería, o no tenían reparo en saltarse el confinamiento y reunirse con familia, amigos o clientes. Como si los demás no lo hiciéramos por capricho. O fuéramos más tontos por no hacerlo. Deplorable.
En fin. Así son las cosas, y ésa es nuestra visión de las mismas. No hay culpables ni buenos ni malos, pero sí inconscientes muy estúpidos y víctimas que a veces son inocentes. Reflexionemos. Y a ser posible, pese a este ex-abrupto que pasen una feliz semana. A más ver.

Álvaro Clavero