«No me da miedo el papeleo… Ninguno», dice mientras ordena unos cuantos documentos que ha extendido sobre la mesa tras revisarlos. Santiago Martínez Ferrer (Alcañiz, 1978) es el motor del Centro Integral para el Desarrollo del Alabastro en Albalate del Arzobispo, el CIDA. La zona de oficina es la sala de máquinas que hace funcionar al resto de la instalación y él, como buen gestor siempre está atento de que no falte combustible. Por eso mover los papeles es tan importante. Es esencial para que el CIDA siga creciendo y sea lugar de trabajo, investigación y formación de cada vez más personas -en el último año pasaron más de 140 artistas en una docena de acciones formativas-, y buena parte lo que sucede se ve en su Instagram de Alabaster Spain, en un trabajo de difusión importante. «No diré que es divertido, pero disfruto con la burocracia. Mi trabajo consiste en proyectar y si quieres hacer cosas necesitas acceder a determinadas líneas de ayudas, fondos e inversiones. Llevo los bolsillos llenos de ideas y sé que si ahora no sale una, es que no es su momento, pero la guardo; no creo que haga trabajo en balde», explica. Destaca que el proyecto ya está porque es el propio alabastro, así que, no hay que inventar pero sí dirigirlo. Hace casi una década de su llegada al CIDA y no oculta que le sorprendió el interés que ya suscitaba el mineral. «El proyecto ya estaba conformado, no me lo he inventado. Yo respondo a la demanda que había mucho antes. El centro ya estaba para acciones puntuales como los simposios», dice.
El CIDA es un espacio municipal y dentro entran muchos tipos de colaboración con otras instituciones, personas o agrupaciones que van a realizar sus proyectos. Todo el movimiento repercute en el pueblo, donde suelen alojarse y hacer sus compras los artistas de paso, que solo tienen buenas palabras para él. Es la persona que les ayuda, asesora y echa la mano si hay que mover un gran bolo de alabastro que seguir esculpiendo. El «conseguidor» es para muchos, pero Martínez rehúye de todo elogio y admite que la cercanía es un factor que ayuda a la llegada de artistas. «Se crea un ambiente especial entre todos. Es gente motivada porque viene porque quiere y con ansias de descubrir y ganas de aprovechar la oportunidad». Buena parte de su trabajo está en la oficina porque es consciente de su lugar. «Está aquí entre papeles para que lo de allí funcione», advierte desde su mesa señalando con la cabeza la zona de herramientas. No en pocas ocasiones esa burocracia la hace fuera de la oficina porque en sus mañanas en el CIDA es uno más del taller. «Yo siempre digo que soy un historiador del Arte de trinchera», ríe. Y lo es.
Un territorio «con buen futuro»
Estudió la carrera en Zaragoza y el último año lo cursó en Italia. Lo de establecerse en el territorio no era un plan previsto, ha sido su vida laboral la que le ha llevado a ello. Pronto encontró trabajo y fue enlazando uno con otro. Parte de su experiencia está ligada a Escuelas de Taller, especialmente a la de Alcañiz durante cuatro años, y Talleres de Empleo varios. Todos estuvieron encaminados al Patrimonio y, además de conocer mejor su entorno, le abrieron las puertas de iniciativas como la del centro albalatino. «Ahora no estoy viajando, pero lo bueno de este sitio es que el mundo viene aquí, pasa gente de muchos lugares», sonríe.
También es vicedirector del Instituto de Estudios Turolenses (IET), donde crearon un comité científico de jóvenes. «Se presentó mucha gente a la convocatoria y eso es una alegría tremenda», dice. No es para menos, porque ve que va dando frutos una de las obsesiones por las que trabaja: captar a jóvenes creadores e historiadores y vincularlos con su territorio. «Puede que hace años no pensara igual, pero creo que hay buen futuro en la zona y en la provincia con gente joven que está haciendo cosas muy interesantes. Hay mucha actividad cultural y, además, muy buena».








Fuera de Motorland también hay vida.
¡Enhorabuena, Santiago!
Eres un crack. Falta gente como tu