«Dicen que no recordamos siempre lo que se oye, pero sí cómo este sonido acaricia nuestra alma». Y es que, ¿qué alcorisano no lleva dentro los sonidos propios de su querida Semana Santa?. La entrada en la iglesia de los guardias romanos cada Jueves Santo, golpeando sus lanzas contra el suelo; las matracas que llaman a la procesión de El Encuentro o el Santo Entierro, e incluso el propio silencio respetuoso que reina en el Drama de la Cruz son algunos de ellos. Han sido escuchados por los vecinos prácticamente desde su nacimiento y los llevan «guardados en lo más profundo del alma». Podrían reconocerlos desde cualquier parte del mundo. Muchos como Sonia Nuez incluso los recuerdan detalladamente a kilómetros de distancia y durante el resto del año, cuando descuenta los días para volver a escucharlos. Y por ello mismo la joven, para quien este pueblo siempre será su casa pese a no vivir en él, quiso recordarlos este sábado en un pregón con el que, sobre todo, realizó un solemne homenaje a su padre, Mariano Nuez, con quien comparte desde niña el amor por esta tradición.
No fue difícil para ella subirse al escenario frente a una Sala Alcor 81 completamente repleta. Este primer acto de la Semana Santa es cada año uno de los más concurridos, muestra de las ganas que los vecinos tienen por empezar estos días, pero Nuez no estaba nerviosa, sino dispuesta a hacer llegar con sus palabras a su pueblo.
Quizás por su vocación como magistrada, o quizás porque eran palabras que sentía de verdad, pero la joven logró ofrecer un discurso digno de comunicadora profesional, con entonaciones y silencios que emulaban la emoción de cada uno de los sonidos que iba recordando. Llegó incluso a transportar a los vecinos a la plaza del pueblo en la medianoche del Jueves Santo, cuando el silencio y el estruendo son a su vez protagonistas. «Dice la canción que la vida es eterna en cinco minutos. Seguramente lo sea para nosotros en los primeros del Viernes Santo, cuando después de un toque de corneta y un silencio sobrecogedor, respetuoso y tenso se da paso a la emoción hecha sonido, el toque de la Rompida de la Hora», describió durante el pregón.
Desde abajo y en primera fila la escuchaban con atención sus hijas pequeñas, su marido, y también su gran compañero de la noche, Joaquín Ballestero, alcorisano cofrade de El Nazareno nombrado Tambor de Honor. La entrega de su reconocimiento llegó momentos antes de las palabras de Sonia, y a él, en cambio, sí se le pudo ver más nervioso. Subió acompañado al escenario de su mujer, María Formento, y allí leyó un discurso que preparó con su familia en el que animó, sobre todo, a colaborar con el cuidado del Calvario, «lugar fundamental». «Este reconocimiento es un orgullo para mí», afirmó.
Aunque no juntos en el escenario, ambos compartieron una noche que no olvidarán. Joaquín agradeció a su familia y a sus compañeros de cofradía. «Gracias a todos por colaborar para que esta tradición siga creciendo», dijo. Y mientras tanto, Sonia recordó a su abuela Rosita y a sus padres, todo ello sin dejar de nombrar también al Tambor de Honor, quien en mitad del discurso le respondió un «muchas gracias» que pudo escucharse entre el silencio de la sala y despertó la risa de todos los presentes.
El acto del pregón contó igualmente con la intervención del presidente de la Sangre de Cristo y miembro de la Junta Local de Semana Santa, Sixto del Río, quien aprovechó la ocasión para dar a conocer el hermanamiento que Alcorisa ha formalizado con la Hermandad del Sagrado Descendimiento de Jesús de la Cruz y María Santísima de las Angustias de Teruel. «Es un logro que hará que nuestra Semana Santa siga creciendo», dijo.
Al público de la Sala Alcor 81 y al propio pueblo en sí también dedicó unas palabras su alcalde, Miguel Iranzo, quien no dudó en afirmar que la Semana Santa de Alcorisa «es la mejor del mundo». «Somos nosotros, cofrades, vecinos del pueblo y alcorisanos de corazón los que seguimos manteniendo viva nuestra historia, quienes hacemos actual y moderna esta tradición. Se habla de muchas procesiones a lo largo de toda España, pero ninguna tiene la emoción de las nuestras», celebró.
Lo último que pudo escucharse, como no podía ser de otra forma, fueron los toques de los tambores y bombos locales, un grupo que no dejó indiferente a nadie y que hizo vibrar-literalmente-la sala Alcor. Y es que su sonido y la emoción entre sus miembros fue tan fuerte que las dos baquetas de un tambor que posaba sobre el escenario se desplazaron hasta caer desde allí al suelo, muestra de una pasión que ahora solo acaba de empezar sus días grandes.















