El 15 de octubre de 1955 el Ministerio de Obras Públicas concedió a la empresa pública ENHER el aprovechamiento hidroeléctrico de un tramo del río Ebro constituido por dos grandes embalses, los de Ribaroja y Mequinenza; y que justo coincidía con la ubicación en la que se encontraban las casas o torres de los vecinos de La Herradura.
La noticia no tardó en llegar a las 500 vecinos de esta zona agrícola perteneciente al término municipal de Caspe y que se dedicaban prácticamente al cultivo de sus 4.000 hectáreas. La inundación de sus tierras supuso un antes y un después en la historia de sus vidas, ya que se vieron obligados a irse sin otra opción y dejar el trabajo. «Años antes ya anunciaron que iban a inundar las tierras y, poco a poco, la gente se fue marchando. En nuestro caso, lo hicimos pronto, pero hubo familias que aguantaron hasta el final. Recuerdo cómo mientras vivíamos allí venían a medir las tierras. Nadie se creía que eso sucedería, pero así fue», relata Josefina Rufau, quién tenía ocho años cuando tuvo que irse junto a su familia a vivir a Caspe en los años 60.
Fueron épocas complicadas pero, que a la vez, «marcaron mucho a los vecinos y que hoy en día siguen recordando juntos». En La Herradura vivían sin agua corriente ni luz eléctrica y bajaban a la acequia para fregar y lavar la ropa. «En la escuela había una cisterna y los padres eran los que subían el agua con las caballerías y, según los hijos que tenían llevaban más o menos agua», recuerda. «Por la noche íbamos con el candil de un lado para otro para poder ver algo entre la oscuridad», añade.
Pueden parecer no ser las mejores condiciones de vida, pero aquello era lo que tenían y con lo que día a día les servía para salir adelante. «Mi padre trabajaba a medias con otra persona; la mitad de la producción era para los dueños de las fincas y la otra mitad para nuestra familia». Las clases de la escuela también eran muy diferentes. Solo había una maestra, doña Norberta, y «tenía que enseñar a todos los niveles, ya que los alumnos eran de todas las edades». «Había veces que los mayores enseñaban a los pequeños porque sino no daba a basto», explica. Por la mañana era cuando tocaba estudiar y por la tarde las mujeres se dedicaban a las labores y los hombres dibujaban. Además, Rufau recuerda jugar mucho al escondite en el tiempo libre. «Lo teníamos muy bien porque había muchas torres y sitios donde esconderse a lo largo de todo el monte», comenta entre risas.
Tuvieron que marcharse en 1965, pero en cuanto el agua bajaba eran los primeros en ir hasta allí para ver cómo había quedado todo. «Fuimos a verlo y siempre lo hacemos. Lo tenemos muy presente, aunque fuéramos muy pequeños. «Quedan cuatro piedras, pero pasear de torre en torre nos provoca una nostalgia muy grande». De todo aquello queda la escuela y cuando baja el agua aprovechan para subir piedras de las torres y les ponen el nombre de la persona que habitaba ahí. «Al final es como un pequeño museo y en los alrededores de la escuela es donde se puede todo», explica. La misma se arregló hace aproximadamente 15 años y dentro se puede encontrar parte de los recuerdos de aquellos niños. El día de la matanza del cerdo era «como una fiesta» y se hacía coincidir con el uno de junio. Al arreglar la escuela se volvió a impulsar celebrarlo ahí y ahora se organiza una romería y, después comen todos juntos.
Rufau escribió hasta un libro sobre todas sus vivencias y este 2024 se cumplen 15 años. «Un día no tenía nada que hacer y decidí escribir». Después lo pasé a ordenador y cada noche escribía más y más hasta que al final se publicó un libro en 2009», sonríe. Se han editado tres ediciones, que se suman a los otros impulsados por otros caspolinos.
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Muy completo el reportaje!!! Yo tengo el libro y es sencillamente evocador nostálgico y da mucha información acerca de como se vivía allí antes. La autora hizo muy bien escribiéndolo