«La chapa ya quema, ¿verdad?». Estas fueron, curiosamente, unas de las últimas palabras que se pudieron escuchar este año momentos antes de que Calanda iniciara su mítica Rompida de la Hora bajo un sol abrumador. Cada año es especial, y la estampa de los rompedores, así como los instantes previos al gran estruendo, suelen ser mágicos de por sí. Pero esta vez todo cobró un sentido todavía más especial. La pregunta de si la chapa quemaba fue lanzada al Longinos, ese personaje envuelto en una armadura, soñado por los vecinos más pequeños y pieza clave de la Semana Santa. Y es que fue él, esa figura en cambio tan asombrosa y misteriosa de cara al resto del mundo, quien protagonizó el gran momento junto a Diego Buñuel, nieto del cineasta.
Lo que se pudo ver no es lo habitual. Calanda suele elegir como rompedores a vecinos con gran implicación en su Semana Santa, pero esta era la primera vez que un personaje mítico, y envuelto en una armadura recién estrenada, rompía la Hora. Tanto es así, que a Longinos no se le pudo ver en la entrada del Ayuntamiento hasta los últimos quince minutos antes de las 12.00. Permaneció custodiado toda la mañana en una sala para no desvelar su identidad, con guardaespaldas incluido (Francisco, el técnico de Cultura del Ayuntamiento). Y cuando salió, ya metido en el papel, con seriedad y sin titubear, no hubo quien no dirigiera su mirada hacia él. Bajo su armadura realmente había un joven quinto calandino que seguramente jamás olvidará esta oportunidad.
No estuvo solo. Longinos, al cual solo se le podía ver la mirada, avanzó por la sala del Ayuntamiento junto a dos putuntunes acompañantes (la guardia romana calandina), ambos con serio semblante. No habló con nadie más que con ellos y los representantes de la cofradía del Santísimo, encargada de su retaguardia a lo largo de todo el año y protagonistas esta Semana Santa. «Recordad que tenéis que mantener las lanzas en alto, y los escudos rectos», les decían los cofrades a los tres.
En la otra esquina del ayuntamiento se encontraba Diego Buñuel, el nieto del célebre cineasta, y quien hablaba con sus hijos en una mezcla de inglés-francés con mazas y túnicas ya en mano. Esta era la primera vez que ambos, su hija Dae y su hijo Kan, visitaban la tierra de su bisabuelo, y la suya propia, para vivir este instante. «No saben muy bien cómo va a funcionar...Es la primera vez que lo viven. Yo en cambio, tengo el recuerdo de mi abuelo tocando solo en el jardín durante su exilio en México», relataba Diego.
Cuando quedaban diez minutos para salir, las conversaciones empezaban a solaparse. La ‘discusión’ de este año giraba en torno a cómo iba a ser la salida del Ayuntamiento de los putuntunes con Longinos. Ese instante, el inicio de ese gran pasillo hasta el Bombo Grande, es uno de los momentos más importantes de todo el año para el pueblo. Antonio Royo, conocido como ‘El Boti’ y quien coordina esos instantes previos, negociaba con los del Santísimo cómo iba a producirse esta vez. «¿Podrán salir de dos en dos los putuntunes? Ya sabes que van así», preguntaba uno de los representantes. «Yo creo que sí», respondía Royo. Y así fue.
El famoso pasillo fue más grande de lo habitual, igual que el silencio previo de los vecinos en señal de respeto a Longinos. Diego Buñuel se detuvo unos instantes para esperar a sus hijos, que se habían quedado atrás, y desde ahí continuaron hasta el Bombo Grande acompañados igualmente por el alcalde, Alberto Herrero, y el consejero de Turismo, Manuel Blasco. Una vez allí, los minutos parecían horas. «Ya he dicho que tres minutos de antelación es demasiado para que se mantengan callados», bromeaba Antonio Royo. Hubo tiempo para tomarse fotografías de recuerdo, así como momentos divertidos, como el instante en que Kan, el hijo de Diego, casi golpea al alcalde con uno de sus palillos del tambor.
El sol se escondía por momentos tras una tímida nube, aunque no le costaba volver a brillar con intensidad. Y por eso se le preguntó a Longinos que qué tal estaba, él y su armadura, aquella «chapa que ya casi quema». El resto de la multitud permanecía todo lo callada que pueden permanecer miles de personas, y cuando no, unos a otros se mandaban a callar con un ‘shh’. Blasco, que sí que había asistido años antes a la Rompida reconocía que su corazón «se estaba acelerando con cada minuto» con su maza de recuerdo en mano. Herrero, pese a haber vivido este instante y esa responsabilidad ya en años anteriores, tampoco podía esconder sus nervios. Y cuando Royo descontó los últimos tres...dos...y un minuto, la vara del alcalde subió, Diego Buñuel estiró sus hombros en señal de «allá vamos», Longinos preparó su maza, también el resto de calandinos, y por fin llegaron las 12.00 tras el «ya» de Royo y la vara bajada del alcalde. El estruendo sonó. El equipo de David Trueba rodaba ‘Siempre es invierno’ desde uno de los balcones, y más de medio centenar de medios de comunicación transmitían aquel gran momento (más que en años anteriores). La plaza empezó a retumbar, y el resto, como siempre, ya no se puede explicar con palabras.
Momento de la Rompida de 2025 en Calanda./ M.M.R.-C.O.T.