Carlos Martín nació en la localidad vallisoletana de Olmedo en 1959 pero apenas siete años después se trasladó a Alcañiz cuando su padre Luis Martín fue nombrado director del Parador en una época en la que «todavía era hostería». Aunque hubo más destinos, la familia ya no se movió y en la capital bajoaragonesa echó raíces. «Uno es de donde hace el Bachillerato, decía Max Aub», sonríe Martín. Su padre fue una gran influencia en muchos ámbitos, ya que también era pintor y músico. De él adquirió el gusto por el Arte y por pintar y la imagen que tiene de sí mismo es dibujando siempre. «Mi padre era acuarelista y en casa siempre había pinturas. De hecho, somos seis hermanos y todos pintamos salvo uno», dice. El progenitor además era violinista y los hermanos también practican música. «Todos salvo uno y en este caso ese uno soy yo», dice riendo.
Esta afición que adquirió en casa se fue reforzando fuera, en una ciudad con un ambiente cultural potente. Martín recuerda las exposiciones en la avenida Aragón en fiestas y los concursos de pintura rápida dirigidos a niños. «Era una iniciativa muy buena que se dejó de hacer pero un año era en la plaza, otro en el castillo, en San Francisco… Había varias categorías, técnicas y edades y participábamos bastantes críos», recuerda. En el colegio en Escolapios no tenían tan claro que su futuro sería artístico. «Me acuerdo bien, sobre todo, de los suspensos del profesor de Dibujo», ríe. En el barrio de San José ubica el taller de un pintor al que se asomaba cuando pasaba montando en bici. Enrique Trullenque ha estado presente en su círculo familiar, así como el ceramista Andrés Galdeano o el acuarelista José Manuel Colado, su antecesor en EncontrARTE, además. Todo lo que ha ido aprendiendo a lo largo de los años ha sido de forma autodidacta.
También emplea acuarela, aunque sobre todo para bocetar, porque lo que más usa es el acrílico. «No tengo paciencia para que se seque el óleo y para el tipo de trabajo que realizo es lo más adecuado y si algo no cuadra se lija», dice. Realiza trabajos por encargo «de todo tipo». Pinta desde paredes, hasta cuadros para decorar apartamentos e incluso muebles, pasando por recuerdos para regalos. También ha pintado bares, estaciones de esquí o casas particulares en toda la geografía. «Lo que sea, cuando decides dedicarte a esto o eres muy reconocido, o vivir de la pintura es dificilísimo y más si llega una etapa como la pandemia. La otra opción es diversificarse y es la que he tomado yo, que aunque hago mis cosas y mis cuadros, he aplicado la pintura hacia la decoración», señala.
No guarda fotos de sus trabajos porque una vez hechos, parte van a las tiendas de decoración de dos de sus hermanas en Zaragoza, y la otra parte a sus destinos y tampoco hay fronteras. También en Alcañiz, sin ir más lejos, una de las paredes de la cafetería del Hotel Guadalope está pintada por él. «Todo lo que se pueda pintar, se pinta», ríe. Una de las ventajas que extrae de su modo de trabajo es el constante aprendizaje. «Salvo la plaza de Alcañiz, que la tengo pintada de todas formas y ángulos, siempre estoy con algo nuevo», añade divertido. Además, cada trabajo requiere de documentación, especialmente si requiere reflejar tiempos pasados.
Arraigado a una tierra
Tiene toda la vida y los amigos en Alcañiz, una ciudad de la que se ha impregnado de sus tradiciones y pasiones: es inseparable de su moto y no falla con su tambor en Semana Santa. A estas fechas ha dedicado buena parte de su arte confeccionando el cartel anunciador. Aunque esta vez no se presentó, la última vez que una propuesta suya fue elegida fue en 2019 y llevaba por título «Gris». «Han sido unos cuantos, de fiestas no he ganado y no ganaré porque no me presentaré», dice y argumenta su decisión. «La manera de elección no me parece justa y creo que va en contra de la calidad, y una ciudad como Alcañiz con tradición pictórica se merece más», reflexiona. De su estudio ha salido también cartelería por encargo para eventos variados.
Parte del arraigo a esta tierra la debe, una vez más, a su padre. Con él, los hermanos recorrían los pueblos en un Renault 8. «Íbamos a dibujar, era una persona muy curiosa y le gustaban los castillos, las iglesias y hacíamos apuntes, tenía interés por su entorno y la gente», añade.
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Tengo la suerte de ser su amigo desde la adolescencia,un artista,una persona peculiar,que siempre miró detrás de las cortinas,nunca trago ni con convencionalismos ni con lo correcto por imposición, algo muy difícil dentro de este rebaño teledirigido, que no sabe donde le llevan,buena gente,tiene criterio propio,algo que hoy en día,es casi un delito.