Que la casa se llene de gente es lo habitual en ocasiones especiales. El que llega de lejos siempre trae un aperitivo y en la mesa, los recuerdos y las anécdotas no tardan en llegar. Ocurre en Navidad, cumpleaños…Pero que se llene de vida…eso solo pasa en Semana Santa.
Lo saben bien en la casa de los calandinos Joaquín Lahoz y Joaquina Leal. Al entrar en ella cualquier mes del invierno, el largo pasillo se mantiene silencioso, las puertas de las habitaciones cerradas. Uno puede bajar y subir las escaleras con calma, pero todo ello es muy diferente cuando todos vuelven para Semana Santa. «De la calma pasamos al estruendo», explica Joaquina. Justo como ocurre cada Viernes Santo a las 12.00 en Calanda: del silencio total, al estruendo compartido.
Su casa, llena de tambores y túnicas de todos los tamaños, es el punto de encuentro donde su familia se reúne para esta época del año: el largo pasilo y las habitaciones se llenan de hijos y nietos, las risas e historias quedan selladas de un año a otro y siempre se guarda un hueco para una buena comida familiar. «Los días de antes lo dejan todo preparado. La abuela se encarga de las túnicas y el abuelo de los tambores. Sin ellos sería imposible», cuentan sus tres hijos, María Pilar, José Manuel y Joaquín.
No hay Semana Santa que no recuerden entre estas paredes, ni ellos ni sus hijos, todos vinculados a la Cofradía del Cristo Crucificado desde bien pequeños. Solo han fallado, y por causas mayores, el año de la pandemia. «¡Pero rompimos la hora desde distintos puntos e hicimos videollamada!», ríen.
Incluso sin vivir algunos en Calanda de forma continua, el sentimiento que comparten es el mismo. José Manuel y sus hijos Alejandro, Diego y José Manuel, por ejemplo, residen en Zaragoza pero vuelven siempre a casa de los abuelos. «Nunca nos lo perdemos (…) Cuando era joven, recuerdo sacar al Longinos, también mi hermano e incluso mi abuelo…Es una implicación que viene de generaciones y generaciones atrás», cuenta el segundo de los hijos de Joaquín y Joaquina, José Manuel.
María Pilar y su hija Sofía también estuvieron viviendo fuera de Calanda durante varios años, en Cuenca. Pero aun así, casi 300 kilómetros de por medio, ambas buscaban la manera de mantenerse cerca de su pueblo. «Cuando hablaba con mis abuelos por teléfono mientras estaban en los ensayos recuerdo que escuchaba los toques de los tambores para después aprendérmelos», cuenta Sofía. Regresaron hace años, pero mientras vivían allí, lo mejor era contarles a los demás su lugar de origen: «Cuando nombrábamos Calanda todo el mundo me decía: ‘¡Ah!, el pueblo de los tambores. Eso para mí es el mayor orgullo», afirma María Pilar.
El hermano más pequeño, Joaquín, y sus hijos Vera y Miguel viven en Calanda, también muy ligados a la tradición. El pequeño, de hecho, ya destaca por su concentración a la hora de tocar el tambor.
Todos ellos han aprendido a tocar gracias al abuelo Joaquín, ‘El Manzanas’, quien este año tendrá el honor de ser el Rompedor de la Hora el Viernes Santo, todo un orgullo para su familia. «Si el abuelo te tenía que decir algo del toque, te lo decía. También nos ha dicho siempre: ‘cuando estéis en la procesión, hay que estar concentrados, sin saludar’. Pero eso a veces no lo hemos cumplido», cuentan entre risas sus nietos. La única de la familia que siempre ha tocado el bombo es la abuela Joaquina, encargada de que no falte nunca una túnica, una correa o unos palillos.
La familia ha estado ligada desde siempre a la cofradía del Cristo Crucificado, en la que el abuelo Joaquín se ha encargado durante años de enseñar a los pequeños a tocar el tambor / Archivo Familiar
En cuanto a recuerdos a reseñar, los Lahoz Leal tienen miles. Al ubicarse la casa de los abuelos relativamente lejos de la plaza de España, normalmente intentan salir con previsión. Una vez, sin embargo, se les fue la hora y llegaron 30 minutos después de que la procesión del Pregón hubiese empezado. «Se nos fue el tiempo mientras comíamos», recuerdan risueños. Cuando están juntos, también suelen acordarse de otras historias, como cuando José Manuel, de pequeño, salió a la procesión con las zapatillas al revés. «¡No paraba de caerse en todo el recorrido!», recuerda su hermana María Pilar.
Este 2026 seguramente sea otro de esos años que les resulte difícil de olvidar por el papel que tendrá que ocupar el abuelo Joaquín. Normalmente, en la Rompida, no suelen colocarse en el centro de la plaza, pero esta vez «habrá que hacer hueco» para situarse cerca del bombo grande. Porque para ellos, sobre todo, lo mejor es vivir estos días juntos. «Lo más importante es estar en familia. Somos muy afortunados», señala Sofía.
Explicar qué significa la Semana Santa más allá de eso les resulta complicado. «Es un sentimiento difícil de definir con palabras. Hay que vivirla». Pero María Pilar lo ha intentado. Con motivo de este reportaje, en varias hojas de una libreta y con palabras subrayadas, intentó resumir la historia de su familia, la cual a su vez comparte con todo un pueblo: «Lo vivimos como un legado emocional y familia que se transmite de generación en generación (…) Mientras el tambor suene, Calanda seguirá viva».