Diego Ráfales: «Quise devolverle al mundo lo que por suerte la vida me había regalado cuando era niño»
El nonaspino Diego Ráfales es coordinador de proyectos en contextos de emergencia en Médicos Sin Fronteras. /Archivo
Me llama la atención que estudiaste Economía en la Universidad de Zaragoza, pero enseguida te decantaste por un máster de Cooperación Internacional en Desarrollo en Madrid. ¿Hay algún momento que te marca para dar este giro profesional radical?
Fue un proceso que duro unos años y que culminó en el trabajo que ahora realizo. Durante este tiempo, me he sensibilizado bastante de lo que pasa en el mundo y he tenido la suerte de poder viajar y ver otras realidades. Todo eso, de alguna manera, acabó en un sentimiento de injusticia y casi de obligación moral de dar al mundo parte de lo que la vida, por suerte, me había regalado.
¿Fue inmediato desde que terminaste la carrera hasta que empezaste a realizar misiones de cooperación?
Mientras estudiaba ya hice algunos voluntarios internacionales. Estuve en India, Guinea Ecuatorial y Haití. Todos tenían unas obras muy concretas, un marco temporal muy pequeño y poco profesionalizado. Como fue durante la carrera, eso formó parte de este proceso, e inmediatamente al terminar me especialicé con el máster.
¿Qué recuerdas de esos primeros años cuando llegabas a los sitios? Eras un joven estudiante economía pero, compaginando en pequeñas estancias voluntariado.
Era bastante menos reflexivo de lo que soy ahora. El comienzo fue emocional y creo que de forma manera errónea piensas que estás haciendo una gran labor o ayudando a que el mundo funcione mejor cuando realmente el impacto que tenemos muchas veces a nivel individual es muy pequeño, aunque, a nivel colectivo, sí que podemos cambiar algunas cosas. Fue una oportunidad para conocer otras realidades ver lo complicado y complejo que es el mundo y ser un poco más prudentes frente a la vida y cómo enfrentarla.
¿Cómo fue la primera misión oficial?
Dura y de aprendizaje continuo. Fue en Líbano y estuve allí 15 meses trabajando en los campos de refugiados y asentamientos en la frontera libanesa por la guerra siria.
¿A qué os dedicáis cuando llegáis a un lugar que normalmente tiene una situación geopolítica muy compleja?
En Médicos Sin Fronteras nuestro campo de dominio es la salud. Nuestras actividades se basan en ello con el componente humanitario poniendo foco en las personas más vulnerables. Intervenimos muchas veces conjuntamente con los ministerios de salud del país donde trabajamos ayudando en el apoyo de hospitales, centros de salud, organizando clínicas móviles en zonas de difícil acceso. Hacemos campañas de vacunación y también intentamos cubrir otras necesidades que no están cubiertas por el propio país como los trabajos relacionados directamente con el agua, saneamiento o distribución de alimentos.
¿Cómo os reciben cuando llegáis?
No me gustaría generalizar. Cuando trabajamos en este tipo de contextos muchas veces somos los de las primeras organizaciones en llegar en una fase muy temprana, y debido a ello, el nivel de aceptación de la población suele ser elevado. No obstante, trabajamos también en contextos muy crónicos y complejos y la población está cansada de ver como año tras año la comunidad humanitaria internacional fracasa debido a la brecha entre los recursos disponibles y las necesidades.
Has estado en conflictos bélicos, como la guerra de Ucrania o Gaza. ¿Os preparáis mentalmente para afrontarlo?
Después de tantos años en el sector creamos nuestra pequeña coraza. Normalizamos cosas que no deberían ser así. Efectivamente, dentro de la organización tenemos muchas fases de formación para poder estar preparados para responder a este tipo de emergencias. Se pasa por procesos de reclutamiento previos donde hay un filtro y nos aseguramos que la gente que va a trabajar en estos contextos puede hacerlo.
¿Has sentido miedo alguna vez?
Nos encontramos continuamente con situaciones delicadas. Somos conscientes de que estamos expuestos y, en mi caso, al ser responsable de grandes equipos hace que deba asumir la responsabilidad, no solamente sobre mí, sino sobre más gente.
¿Cómo ha ido evolucionado tu trayectoria a lo largo de los años?
Al principio estuve como responsable de logística, que implica todo lo que tiene que ver con la cadena de suministro y gestión de los medios de transporte al terreno, la cadena de frío de medicamentos, vacunas, saneamiento de agua y parte de la gestión de seguridad. Después de esto, desde hace cuatro años soy coordinador de proyectos en contextos de emergencia en Médicos Sin Fronteras. Trabajamos en zonas de conflicto armado, de violencia o desastres naturales y nuestro objetivo es salvar vidas y aliviar el sufrimiento de la población dentro de estos contextos.
Después de más de 10 años dentro de este mundo. ¿Qué mensaje le dirías a ese joven con tantas aspiraciones que compaginaba los estudios con labores de voluntariado?
Que lo que hace no es tan importante y, que lamentablemente, no somos tan relevantes como nos pensamos. Es mi conclusión después de tanto tiempo, pero eso no quita que hay que seguir trabajando porque sí podemos ayudar a que la gente viva un poco mejor.
¿Hay alguna misión que te ha marcado más que otra?
La guerra de Gaza, donde estuve trabajando en la fase más activa y se cruzaron líneas rojas como nunca antes a nivel de violación sistemática de los derechos humanos, civiles, de niños, niñas o mujeres. Hemos visto directamente cómo se ha privado a la población palestina de alimentos. Otro que me marcó fue la guerra de Tigray, en el norte de Etiopía. Fue una guerra muy silenciada sin prácticamente ninguna repercusión mediática y con muchos problemas de acceso a la población civil. Hubo mucha frustración por el hecho de saber que existían unas necesidades enormes y no se poder acceder.
En lo personal, ¿cómo ha influido el apoyo de tu familia?
La ayuda más grande que me han dado mis padres es la posibilidad de realizar esos primeros viajes. Este primer impulso es necesario porque probablemente no estaría donde estoy. Como familia estoy seguro de que les ha pesado tanto tiempo fuera y agradezco que no me hayan condicionado.