«Un poco en todo lo que nos rodea, el mundo está lleno de cosas maravillosas pero hay que verlas y muchas veces no las vemos». Álvaro Clavero Cebrián (Caspe, 1978) responde así a la pregunta sobre qué puede ser para él objeto de inspiración. «El día a día puede ser inspiración», añade. Solo hay que echar un vistazo a su obra para ver que cualquier cosa, momento o estímulo puede sugerir algo. «Incluso un diálogo entre dos personas te puede mover algo que no sabes por qué te llama la atención pero el caso es que te toca resortes muy profundos de las emociones. Una textura o el brillo de un coche en el que se reflejen escenas cotidianas», explica.
De estos tiene unos cuántos cuadros. Se encuentra cómodo en el hiperrealismo y se mueve con soltura en él hasta el punto de darle una vuelta de tuerca buscando ese detalle de ese momento concreto que le ha llamado la atención. De una botella puede centrarse en las gotas que se escurren en el vidrio, y de una taza de café justo en os pliegues entre la cucharilla y el plato. El resultado es una obra abstracta de estampas tan reales y cotidianas como pocas. Trata de ver las cosas de otra manera por muy obvias que parezcan. «Intento cuestionarme lo que veo y me gusta mucho esa filosofía que hay detrás y que no es llegar y pintar unas flores porque son muy bonitas y me decoran bien. No. Creo que es algo más profundo y a la vez, más sencillo que todo eso», apunta.
Atreverse pero siempre con humildad es su mantra. Incide en esto y reconoce que encontrar el equilibrio entre ambas no es fácil en un sector como el artístico que va sobrado de egos crecidos. «Creo que lo importante en esto y en todo es la humildad y tener como meta el reconocimiento y el triunfo está muy bien, pero no debe ser el único objetivo ni estar por delante de todo. Se trata de disfrutar con lo que uno hace, aprendiendo y mejorando cada día», señala.
Clavero dibuja y pinta desde niño. Sus primeros protagonistas fueron paisajes y animales gracias al influjo que ejerció sobre él Félix Rodríguez de la Fuente en una reposición en televisión de ‘El Hombre y la Tierra’. Entiende la pintura como una búsqueda de la belleza en su concepto más allá de los cánones, de intentar captar un momento efímero y darle eternidad. Luego, cada mirada le dará un sentido y su propio valor. «Es algo que cobra vida», dice.
Creció en una casa con un padre también entregado a la pintura y que sigue creando, entre otras cosas, pirograbados. Siempre encontró el apoyo en su madre y sus abuelos maternos que, aunque no cogieron un pincel, fueron sus mayores críticos y motivadores. «Me concentro más y mejor de noche y mi abuela se quedaba viéndome pintar hasta la madrugada», sonríe. Además del soporte familiar, con su padre como consejero, las primeras clases las dio en la escuela municipal de pintura con José Suñé, una persona de la que cree que no se le ha valorado lo suficiente. «Aprendí mucho con él y cosas que luego me han servido en mi vida», apunta.
Esto refuerza su rechazo a la expresión de ser una persona «hechas a sí misma» porque «siempre hay alguien» y matiza esa etiqueta de que el trabajo de artista es muy solitario. «Lo dijo Arnold Schwarzenegger en un discurso en una universidad y creo que es cierto. Contaba que para salir de Austria y ser culturista se fijó en los que ya lo eran, luego en Estados Unidos encontró alojamiento y alguien le dio trabajo… Aunque no queramos, siempre dependemos de lo que han hecho otros, de quien nos inspira y de lo que nos inspira. Siempre partimos de una realidad aunque luego la transformemos», asegura.
La docencia, otra de sus vocaciones
El caspolino reparte su tiempo entre las clases y sus obras. Estudió Historia del Arte en Zaragoza, «también algo muy vocacional», y de vuelta a Caspe en 2002 comenzó a impartir clases con su escuela de pintura. Muchos alumnos de entonces ahora ya adultos lo recuerdan con la misma gratitud que él valora a su maestro. «Estoy agradecido por ello y dar clase me gusta mucho, al final es reconocer que los demás pueden hacer un trabajo muy bueno del cual puedes aprender tú también», apunta.
Tras unos años realizando otros trabajos, también en la administración, desde hace ocho imparte clase en Indavi. En el centro de formación caspolino da clases de pintura, que están abiertas a todas las edades, aunque últimamente se enfocan especialmente a niños de entre 6 y 15 años aproximadamente. «Estoy muy satisfecho porque, además de la artística, también doy clase en más áreas. No solo ves que los alumnos sacan adelante las enseñanzas sino que sacan mucho del talento que llevan dentro en pintura. La docencia me encanta, es muy reconfortante», considera.