Carmen Monfà: «Necesito tejedoras creativas y atrevidas»

EncontrARTE. Afincada en Oliete desde hace años, se ha propuesto que el encaje de Tenerife no desaparezca y para eso quiere transmitirlo
Publicado por Beatriz Severino el 20 de enero de 2025

Carmen Monfà Aixalà (Lérida, 1955) llegó a Oliete hace ya unos años en busca de un cambio de rutina y, sobre todo, de un lugar en el que pasar su merecida jubilación. No quería cualquier cosa, quería un pueblo que le recordase al de sus abuelos, un lugar de secano lleno de olivos y almendros. Ahí apareció la Sierra de Arcos y, desde luego, Oliete se parece mucho a su recuerdo de infancia. Comenzó yendo y viniendo con sus hijas y decidió trasladarse antes de la jubilación. Sus últimos años laborales los hizo en la Comarca Andorra-Sierra de Arcos. En cuanto se retiró sacó toda su creatividad. «He trabajado siempre, no podía estar quieta», dice. Tuvo que estarlo por obligación debido a una enfermedad rara que atacó sus dedos y sus manos hasta que comenzó a tejer hace tres años. Nunca lo había hecho, pero se topó con la lana y descubrió que le da volumen y color y se inició en el arte de tejer. «Es mi terapia», repite como un mantra mientras va mostrando sus diseños.

Vive rodeada de lanas, algodones, fieltros y mucho colorido. Sus manos y su cabeza van a mil y pierde la noción del tiempo evadiéndose de lo dolorosa que también puede ser la vida. «Estoy todo el día desde que me levanto hasta que me acuesto», explica, lo que justifica todo el stock que tiene y que crea para ella, para amistades y para vender si puede en ferias o donde se dé la ocasión. Es autodidacta y, en esa búsqueda de técnicas antiguas en internet, documentales y fuentes varias, descubrió el encaje de Tenerife. «Es una técnica preciosa pero que murió en el siglo XX porque se empleaba mucho para los encajes de las señoras del siglo XIX», explica y avanza que la pérdida no es completa, ya que «continúa en un pueblo tinerfeño y en Paraguay, sobre todo». Monfà recuerda que la expansión saltó a la península como Soles de Salamanca, y a América Latina donde resiste en Paraguay aunque con variaciones y conocido como Ñandutí. Monfà sigue con atención el canal en redes sociales de Manos Paraguayas. «Allí lo hacen sobre tela, que es dificilísimo, y a todo color. Yo lo hago con un bastidor que me busqué, me lo he hecho yo misma», sonríe.

No pierde de vista el tapete con los soles de encaje de Tenerife que adquirió por internet a alguien a quien no le importaba desprenderse de él aunque para Monfà sea mucho más que un objeto. Los diseños que tiene son los que traslada a gorros, vestidos, faldas, cortinas, pañuelos, bolsos o lo que se tercie. «Para que se use el encaje de Tenerife hay que actualizarlo y tiene muchas opciones. Con el ganchillo les meto la forma que quiero», advierte. «Hice miles para aprender», sonríe. Desde el principio su formación es autodidacta a través de tutoriales que encuentra, aunque tenía un vago recuerdo del ganchillo que veía hacer a su madre. En sus inicios está el fieltro y, entre sus creaciones hay artículos tan curiosos como jabones afieltrados, que son los que van recubiertos con una especie de envoltura en lana adherida al jabón. Sabe que su querencia por el manejo del color y el volumen le viene de su casa porque creció entre pintores. Guarda algunos cuadros que pintaron sus padres, ambos muy diestros con los pinceles. Los mira entre el cariño y la admiración y piensa en la suerte que tuvo al conocer la lana, que le ofrecía volumen y color. «Me dio la vida», dice. Ha ido aprendiendo más y más, pero todo online, e incluso han realizado talleres en Oliete o iniciativas con el Centro de Despertadores Rurales Inteligentes o con el Mas de la Llum de Arens, donde trabajan con lana muy gruesa y natural. «Conocer este centro y a gente muy inquieta que hay en esta zona fue mi salvación», apunta.

En busca de tejedoras jóvenes

Su reto ahora es la difusión para evitar que el encaje de Tenerife se pierda. «Hago un llamamiento a gente joven, a tejedoras valientes y creativas que quieran innovar con el objetivo de que no se pierda el encaje de Tenerife», pide. «Una bufanda de ganchillo la hace cualquiera, así que, vamos a meterle este encaje que admite lana, algodón… lo que quieras tanto si es con ganchillo, con dos agujas o como se prefiera porque siempre se le encuentra una aplicación», anima. De momento, acudirán un par de personas a introducirlo en el colegio. «Son la siguiente generación, pero necesitamos que se implique la actual. La tecnología está genial, pero hacer algo manual es un barco de salvación», reflexiona.

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  • Quiero aplaudir esa inciativa, que en la edad de jubilación le ha permitido exteriorizar su inquietud y transformarla en dinámica emprendedora. Muchas veces la jubilación es el inicio de tristeza y aflicción por acabar una etapa laboral, y considerar como cierto que se ha acabado la vida activa, cuando no tiene por qué serlo. Espero que Carmen pueda encontrar jóvenes que se impliquen en ese bonito proyecto.