Ha sido ahora que ya peina canas cuando Manuel Valle Barrios (Andorra, 1955) ha sentido que era el momento de poner negro sobre blanco y hablar sobre vivencias del tiempo que pasó enrolado en diferentes buques en sus años de marino. «No es lo mismo que marinero», advierte. Han pasado décadas desde entonces y ha echado mano de sus recuerdos para dar forma a ‘Por la borda muere el pez’ (Ed. Rubric, 2024), la novela en la que relata experiencias tanto propias como vividas por compañeros cercanos. «Cada vez que publicaba libro, la gente me preguntaba que para cuando uno hablando de los barcos. Les sorprendía que habiendo sido marino no escribía sobre ello pero buscando en la sentina de mi memoria yo no me encontraba preparado», dice. Si ha sido ahora es porque tenía que ser así. «Una vez han fallecido mis padres decidí volverme a vivir a la casa familiar a Andorra y sí que era el momento idóneo de preparar este libro», reflexiona. Echa mano de los recuerdos que atesoró en los siete años de su vida que estuvo navegando. Se echó a la mar muy joven porque con 17 años entró en el ejército y fue cabo de máquinas. Le tocó un tiempo marcado por episodios históricos como la Marcha Verde o las muertes de Carrero Blanco y Franco, entre otros. Con 20 años recién cumplidos se licenció pero se quedó con ganas de más. «Yo tenía una energía de juventud que debía explotar por algún lado y necesitaba ver más mundo», sonríe.
Siguió embarcado, pero desde entonces como marino mercante y ahí comenzó una serie de travesías por África, América, Australia, Europa y Asia. Surcando mares permaneció cuatro años y vio «de todo». Cuenta con cierta satisfacción que supo parar y bajarse del barco a tiempo. «Lo peor que te puede pasar es convertirte en carne de barco y le pasa a mucha gente. Llega un momento en que estás mejor navegando que en casa porque pasas tanto tiempo fuera que al volver ya no te reconoce nadie. Supe parar y me bajé antes», explica. El título del libro hace alusión al sistema de pesca que empleaban de arrastre. Se quedaban con la mercancía autorizada pero los peces que subían que eran pequeños o de otra especie, los devolvían al mar arrojándolos por la borda. «Con esto se entiende que la forma más fácil de acabar con los problemas era ese, saltar por la borda», apunta.
Valle presentó el libro a finales de noviembre en la Casa de Cultura de Andorra acompañado de algunos vecinos que escucharon con mucha atención su relato y que también le lanzaron preguntas. Sus historias sobre un mundo tan ajeno y alejado del secano andorrano no dejan a nadie indiferente. «Creo que me ha quedado un libro bastante conseguido y también un alter ego bastante en el aire porque unas veces hablo en primera, otras en segunda y otras veces en tercera persona», se sincera. Explicó que en su época de marino la situación obligaba muchas veces a ignorar con quien se navegabas y la ubicación del barco. «No se establecían vínculos afectivos, no sabíamos ni los nombres más allá de los apodos. Si había que tomar decisiones dolorosas en caso una emergencia era mejor no tener lazos de ningún tipo con nadie», añade. Define su libro como una «realidad revestida de ficción» porque se ha cuidado de no dar nombres ni excesivos detalles. Aunque ha tirado de memoria para hilar las historias, en los ratos de navegación que podía iba escribiendo sus cosas. «El barco es una cárcel sin carceleros. A tu alrededor solo hay agua y convives muchos días 24 horas con las mismas 20 personas. Una de las cosas que empecé en tanto tiempo de reclusión fue la escritura», dice.
Autor de sus obras
Al bajar del barco comenzó a trabajar en una fábrica pero nunca dejó de escribir. A ‘Por la borda muere el pez’ le precedieron los libros ‘Tú, no…’; ‘Ley del punto final’ y ‘Piratas en el fútbol’, donde hay referencias al mundo marino. Tener un bagaje de cuatro libros no le hace considerarse escritor. Para él, toda persona que ha ido a la escuela ya desde la niñez y escribe lo es. «Yo soy autor de mis obras», añade y recuerda que tampoco cuenta con formación en ello, aunque eso nunca le ha frenado. «En aquella España había dos formas de aprender: en el seminario o en el ejército; y si no, a golpe de talonario», dice. En casa «pagar una formación privilegiada no podía ser», así que, optó por el ejército y después, de todo lo que le ofreció el día a día. «He aprendido de las experiencias que me ha puesto la vida por delante», concluye.