Bien, vamos con otro clasicón, con otra maravilla que forma parte de los «imprescindibles» y que, perfectamente, puede ocupar un lugar de honor en la futura lista a los Reyes Magos; ya que la editorial Alba lo acaba de reeditar en una preciosa edición que incluye las ilustraciones originales del autor. Me estoy refiriendo a la inolvidable «LA FERIA DE LAS VANIDADES», del hijo del imperio británico WILLIAM M. THACKERAY (Calcuta, 1811). Ha habido y hay muchos lectores que no sé si por el título, por el grosor o por el primer vistazo a la trama han huido de esta obra como gato escaldado; o, también, la han considerado como segundona, en comparación con su «monstruoso» coetáneo y rival Charles Dickens; perdiéndose así una novela maravillosa e increíblemente divertida que, además, logra hacernos reflexionar sobre las sombras que existen en el alma humana y en todo lo que el hombre construye. No en vano THACKERAY la intituló «Novela sin héroe», una declaración de intenciones que advertía de la mirada crítica que se disponía a lanzar a su alrededor. En efecto, en «LA FERIA DE LAS VANIDADES» no hay héroes -tampoco villanos-, hay hombres y mujeres que tratan de conseguir un poco de felicidad y que, en cuanto seres humanos, tienen más vicios que virtudes.
El 15 de junio de 1812 dos jóvenes , Amelia Sedley y Rebecca Sharp, terminan su educación en una escuela de señoritas y reciben como regalo de despedida un ejemplar del «Diccionario» de Samuel Johnson. Lo primero que hace Rebecca es tirarlo por la ventanilla del coche que ha ido a recogerlas, para escándalo de su amiga. Y queda así esbozado desde el principio, el carácter de ambas: Amelia, de buena familia, dulce, modosa, conforme con su destino; Rebecca, de origen humilde, arisca, con pocos miramientos, nunca conforme con nada.
De esa confrontación de carácteres femeninos no debe hacerse una lectura moralista. Lo cierto es que la fortuna de ambas mujeres variará a lo largo de la narración y, de hecho, cuando a una le vaya bien, casi siempre le irá mal a la otra.. Por el contrario, el narrador omnisciente de la obra (uno de los más espectaculares y divertidos de la historia de la novela universal), trata con idéntica ironía a todos sus personajes y, en concreto, suele referirse con conmiseración a las mujeres que reúnen esas cualidades que se suponen femeninas: abnegación, paciencia, sumisión, etc., porque las convierten en víctimas.
En general, THACKERAY hace una corrosiva crítica a la sociedad de su época donde los yerros y culpas de la nobleza, el clero y la burguesía son jocosamente señalados. Una sociedad demasiado preocupada por las apariencias -no tan diferente, por tanto, de la nuestra- y guiada por el egoísmo. Sirviéndose, para ello, de unos personajes profundamente humanos, resaltando sus sombras más que sus luces como prueba de lo débil, mezquino y vanidoso que puede ser el hombre.
Y es que, señores, entramos en «LA FERIA DE LAS VANIDADES», la auténtica, la verdadera. Y lo hacemos de la mano de un autor que, como afirmó Charlotte Brontë: «es único. No puedo decir más, no diré más».