La familia Gracia, primos con sólida unión fraternal con Samper como centro

LA FAMILIA DEL TAMBOR. En Samper se fraguó la pasión por la Semana Santa de la familia Gracia. En Casa Cachano, cuatro hermanos supieron transmitir a sus nueve descendientes el valor de sus costumbres y que en el pueblo está su raíz
Publicado por Beatriz Severino el 14 de abril de 2022

Basta con presenciar una reunión de primos para comprender todo lo que les une. Comparten el apellido Gracia y toda una vida de recuerdos en torno a la Semana Santa. Evocan esas vivencias al unísono, tal es la compenetración, que se van completando las frases entre ellos porque la Semana Santa de uno es la de todos y cuando alguien se arranca con una anécdota, el resto ya sonríe porque saber perfectamente cómo va a seguir.

«Samper es casa», dicen. Helena, Juan Luis, Ángel, Raquel, José Luis, Susana, Ángel «alias Nino», Xavi (o Javier) y Marta son los nueve primos que están repartidos entre Aragón -Zaragoza y Alcorisa- y Cataluña. Siempre regresan a las calles y la casa en la que empezó todo, una casa en la que su abuelo Luis Gracia Almolda regentaba una de las tantas tabernas que tenía Samper. Como «Casa Cachano» era conocida, aunque ellos ya no la vieron en funcionamiento, sí recuerdan el cartel repintado.

En esa taberna se criaron José Luis, Carmen, Ángel y Emilia, los Gracia de los que proceden los nueve primos. Los cuatro hermanos fallecieron sin haber envejecido pero habiendo dejado a sus hijos el amor por sus costumbres y una unión de familia en la que poco importa la distancia mientras se pueda regresa a Samper, al menos por Semana Santa. «En Jueves Santo no se falta, aunque sea venimos a Romper la Hora y nos volvemos», dicen. «Nuestros padres lo han hecho, salir de trabajar y venir aunque fuera ya por la tarde, nosotros también incluso sabiendo que no llegas a Romper la Hora. Vienes, te pones el tambor y te unes, no importa cuando llegues pero estás y ves a todos», añaden. «Esa noche todos vamos sonriendo porque tienes que saludar con la cabeza, aunque hables no te escuchas», ríen con el detalle. Un año, José Luis llegó a tomar un vuelo desde Milán donde vivía entonces, llegar a Zaragoza, Romper la Hora en Samper y al día siguiente de vuelta. «Esto ya sí que tiene mérito, con avión y todo para venir a Samper, eso es otro nivel», comentan entre risas.

Es la tónica entre ellos, hablar de los suyos con una sonrisa, recordando a quienes les han precedido desde los buenos momentos. Los tíos José Luis y Ángel fueron los entusiastas de los tambores y este último fue alabardero también. «Muy buen corneta» dicen. Entre los primos alguno más siguió en el cuerpo con la corneta y también hubo lanceros. «Entonces nadie te preguntaba si querías o no, te vestían de lo que tocara en ese momento y salías a la procesión», añaden.

En Samper tienen todo el instrumental que ha ido pasando de unos a otros. En su más tierna infancia, los primos eran inconfundibles porque el tío Ángel les construyó unos bombos pequeños de color crema con un punto negro en el centro. «En las fotos que hay se nos ve a todos seguidos uno detrás de otro», comentan. Y así es, hay documentación gráfica de los bombos que con cuidado el tío fue haciendo uno a uno con sus manos poniendo a remojo las maderas para que se arquearan en una pila superviviente todavía de la taberna ya cerrada hacía años.

Todo esto sigue intacto y sigue pasando entre ellos y ya entre los nietos de aquellos cuatro hermanos. Son Adriana, Mayra, Roger y Valentina, que tienen entre 11 y 4 años y que nunca faltan a la cita con Samper. En el caso de las dos primeras, hijas de Raquel y el alcorisano Abraham Formento, se reparten con Alcorisa, donde viven. «No pasa nada, hay tiempo para todo», ríen.

Han pasado tres años desde la última Semana Santa y dos desde que se reunieron para tomar la fotografía para apoyar a estas líneas, momento en el que compartieron estas vivencias sin poder saber nadie que la espera iba a ser tan larga. Jueves Santo vuelve a estar en el horizonte porque siempre será la noche más especial, es la noche del reencuentro, y este año será más especial si cabe.

«Esa noche está todo el mundo nervioso, esperas a que llegue el momento debajo del balcón, Rompes la Hora y ves que toda la gente está con una sonrisa, con el pecho bien hueco y disfrutando del momento y si ves que los pequeños siguen, ya es maravilloso», cuentan y reflexionan: «También se llora, cada uno explota como lo siente. Lo bonito es estar y vernos; no hace falta hablar porque solo con eso sabemos que estamos bien porque estamos juntos».