Empezar en el mundo de la fotografía empleando cámaras básicas de carrete curte y, sobre todo, alimenta la creatividad. No dan oportunidades como las digitales, así que, quien dispara debe hacerlo con la convicción de que esa es la foto que quiere para evitar gastar película. Así aprendió Leticia Piazuelo Peralta (Caspe, 1993) en su más tierna infancia cuando ya mostró interés por la imagen. «En los viajes familiares o con amigos sacaba mi camarita», dice. Siguió indagando de una manera muy autodidacta y ya con el digital se metió de lleno con la edición, campo que le apasiona. «Al principio no tenía los medios y conseguía el resultado que quería a base de truquillos manuales», ríe.
La fotografía fue ganando terreno a la pintura y el dibujo que practicaba desde niña y encaminó sus pasos primero al grado de Gráfica Publicitaria en Zaragoza, y luego al superior de Fotografía en Huesca. Para entonces ya exponía, de 2009 a 2020 no paró de hacerlo. Ese año le cambió la perspectiva, porque hacía fotografía de bodas especialmente y todas se cancelaron. El confinamiento le pilló recién instalada en Campo (Huesca) y allí recibió la propuesta de hacer fotografías de la práctica del rafting, uno de sus principales trabajos en verano en el río Ésera. «Me encanta porque estoy en movimiento y con la naturaleza», dice. En invierno cruza a Lleida para trabajar en las pistas del Vall de Boí pero no como fotógrafa. «A veces hay que desconectar», dice.
No hace ni un mes que se ha ido a vivir a un pequeño pueblo del municipio de Montanuy en Huesca, en medio de sus dos áreas de trabajo de verano e invierno. «Estoy cumpliendo un sueño, vivir en un pueblo pequeñito y trabajar en la naturaleza», dice. Sus primeras fotos ya eran de naturaleza, de los paisajes de Caspe que capturaba con la cámara cuando necesitaba desfogarse. «Hay rincones muy bonitos y me iba un rato, hacía mis pruebas y volvía», recuerda. En su carrera hay mucho autorretrato también, ya que «si alguien está disponible siempre, es uno mismo». Emplea la fotografía como modo de expresión, y cuando siente la necesidad de contar algo o una emoción y no hay nadie dispuesto, cae un autorretrato. Aparcó las bodas en cuanto comenzó con el rafting. Además de que el tiempo no le daba para más, le faltaba algo y ese algo era la naturaleza. Despliega un estilo u otro según el tema. En fotografía social como pueden ser las bodas, las sesiones son luminosas y muestran la esencia de los protagonistas contado una historia; mientras que en su vertiente artística se recrea en la edición dando vida a mundos fantásticos. «Son todo lo contrario, la oscuridad manda», ríe. «Lo oscuro no es negativo, sin ello no habría luz», argumenta. De todo su trabajo hay buena parte de muestra en su Instagram.
A la caspolina le ha cundido el tiempo. Tanto, que incluso fue ayudante de dirección en un rodaje. «El vídeo me interesó ya estudiando, está despegando fuerte ahora y a veces lo piden», dice. A bandas de música, además de las fotos, les ha hecho un pequeño teaser de presentación; y también es su aportación a la Senda Amarilla, una caminata solidaria que anualmente une Oliván y Ainielle. Comenzó colaborando haciendo fotos y luego el vídeo. Es parte de su implicación con la despoblación, ya que defiende los pueblos para vivir en lugar de que las casas o se caigan del abandono o se destinen todas al turismo. Ella ha vivido la agonía de no encontrar vivienda fácilmente.
En 2015 ganó el segundo concurso de Eboca para diseñar los vasos de café. Eso le llevó al IX Concurso Internacional de Ilustración y Diseño de Albarracín, y al Seminario de Fotoperiodismo con Gervasio Sánchez en la misma localidad. En ambos hay que superar una selección según el trabajo. El libro ‘La lluvia amarilla’ le marcó, y también las historias de su abuela sobre su infancia en las inmediaciones de Mas de la Punta, por lo que enfocó el Trabajo final del grado a la despoblación. En 2018 pudo implicarse más con una beca de la AECT Espacio Portalet para dar vida a los pueblos olvidados del Pirineo. Apostar por la montaña implica no ver tanto a la familia o perder contacto con amigos. «El trabajo físico me da vida. En casa leo o dibujo, y si empleo la tecnología es lo justo, no subí al Pirineo a mirar pantallas. Mi oficina es un privilegio», sonríe.