‘El Manzanas’: el Rompedor de Calanda capaz de enseñar a decenas de generaciones

El calandino Joaquín Lahoz romperá este año la Hora el Viernes Santo junto al actor Antonio Resines
Publicado por Camila Ortiz Tomaselli el 6 de abril de 2026

No es fácil enseñar a alguien desde la cercanía. El carisma se tiene o no se tiene. Y en Calanda, uno de esos maestros inconfundibles es Joaquín Lahoz, más bien conocido como ‘El Manzanas’. «En el colegio no era muy buen elemento. Un día me llamaron así, y desde entonces…hasta ahora», cuenta entre risas.

Pero el apodo no es lo único llamativo de este calandino. A pesar de haber enseñado durante años a cientos de vecinos a tocar el tambor, la tradición no le vino dada, sino que la encontró. Fue él, a sus pocos años de edad, cuando insistió a su padre con las palabras mágicas que marcaron el inicio de todo: «Le dije ‘Papá, yo quiero tocar el tambor’. Y desde entonces, jamás lo he dejado», cuenta ahora mientras sujeta una fotografía en blanco y negro de aquel entonces.

Echando la vista atrás, ¿quién le diría a ese niño que este año va a ser el encargado de uno de los momentos más importantes de la Semana Santa Calandina, en esta ocasión, junto al actor Antonio Resines? Cuando su familia «lo engañó» para decirle que iba a romper la Hora, la gracia espontánea que le caracteriza no tardó en aparecer: «Pensé, ¡vaya, qué viejo estoy si me lo ofrecen a mí!», bromea. Pero poco después, reconoce, también llegó la emoción. Tanta, que no le resulta fácil hablar de ello sin que afloren las lágrimas. «Uno no se imagina que lo van a elegir. Tengo mucha ilusión».

A lo largo de toda su vida ha dedicado años a mantener la tradición dando clases de tambor a los niños y jóvenes de la Cofradía del Cristo Crucificado, la que él mismo impulsó junto a otros calandinos que formaban parte del AMPA. «Hubo gente que se empezó a ir a otras cofradías, y yo me quedé junto a otros padres para enseñar a los niños. Como ya eramos bastantes, dijimos, ¿por qué no creamos una nosotros?», explica.

Desde entonces, ha visto crecer a sus alumnos, e incluso enseñado a los hijos de varios de ellos. También ha sido el encargado de inculcar a sus hijos y nietos la importancia de la Semana Santa. «Siempre les he dicho: ‘hasta que no aprendas el cataclac, no tocarás’», cuenta. Hoy, ya retirado, no puede evitar seguir asistiendo a los ensayos de la cofradía.

En el pueblo, son muchos los que recuerdan las clases con él, y el calandino también guarda consigo unas cuantas historias. El orgullo que siente por todos se le nota sin esfuerzo: «Un año, en la procesión de la Soledad, llovía a mares, y la única cofradía que logró hacer el recorrido completo fue la nuestra. Había vecinos que les decían a los niños ‘venid, que os estáis mojando mucho’, pero todos siguieron hasta el final, comprometidos. Lo hicieron mejor que nunca».

Todo lo que ha hecho, cuenta, ha sido para intentar aportar. En la exhibición del Domingo de Ramos, por ejemplo, ha introducido diferentes detalles en los toques para ir mejorando con los años. También le ha tocado ejercer como un profesor de colegio entre los niños del Cristo, aunque su relación con ellos la define como la de una familia.

Y el afecto le ha sido devuelto porque el aprendizaje, confiesa, ha sido mutuo. «De ellos me llevo muchísimas cosas», reconoce con los ojos vidriosos. «Solo con ir por la calle, y que me sigan saludando… Eso para mí lo es todo».

Lahoz ha viajado a varios lugares para representar a Calanda, entre ellos Japón. Varios locales quedaron encantados y visitaron el pueblo años después / Archivo personal

El tambor, sin más ni menos, se lo ha dado todo: desde la gratitud de compartir y conocer a sus vecinos, hasta la oportunidad de viajar por varios lugares representando a Calanda, entre ellos Venecia, o Japón. En 2005, por ejemplo, hizo sonar su tambor junto a otros vecinos en la Exposición Universal de Aichi, de la que recuerda el asombro de los presentes. Allí, a miles de kilómetros de su pueblo, llegó a hacer amigos locales que más tarde viajaron hasta Calanda para conocer de cerca la tierra del tambor, y con quienes todavía mantiene el contacto. Todo gracias al tambor: «de otra manera, alguien de pueblo de toda la vida como yo, jamás lo hubiese hecho».

Es el regalo de la tradición, y en lo que seguramente piense este Viernes Santo al romper la Hora. «Lo recordaré toda mi vida».