Amigos y familiares despiden a Michel en Zaragoza con innumerables muestras de cariño
«Cuando Michel descubrió la fragilidad de la vida, algo que nadie reconoce, tradujo esa certeza en infinidad de gestos. Fueron abrazos más largos y cálidos cada vez que nos veíamos, sonrisas más anchas y luminosas y conversaciones más profundas». Con estas palabras resumía Eva Pérez Sorribes, directora de contenidos de Radio Zaragoza, el sentir general de muchos aragoneses en un masivo adiós al periodista de Lledó Michel Vallés, que falleció el sábado a los 40 años a causa de un cáncer de pulmón. El funeral se celebró este domingo en la iglesia de San Pablo de Zaragoza y en él hubo innumerables muestras de afecto y cariño al comunicador bajoaragonés. Cientos de personas acompañaron a los padres, al hermano y a la esposa de Michel en su despedida.
Samuel Barraguer, director de informativos de Aragón TV y compañero de Michel en su etapa en la redacción de El Periódico de Aragón, ensalzó su valor y personalidad. «Su forma de ser, el amor, la pasión y el rigor en su profesión, y la manera valiente y realista con la que encaró el cáncer le suscitaron una admiración unánime, incluso entre quienes apenas le trataron», destacó. También puso en valor la lucha del periodista por la investigación contra el cáncer. Explicó que él mismo le presentó a Alberto Jiménez Schuhmacher, miembro del Instituto de Investigación Sanitaria de Aragón y uno de los mayores expertos contra el cáncer en la comunidad, con quien rápidamente Michel hizo migas y entabló una estrecha relación alimentada por un objetivo común: poner en valor la investigación científica y luchar por conseguir nuevos avances.
También habló en el funeral Pau Rubio, compañero de Universidad de Michel, quien recordó que llegó a la ciudad siendo un chico de pueblo y cómo se transformó en un fabuloso periodista a través de su capacidad lectora, además de rememorar anécdotas de su época de juventud.
Yolanda Rallo, su mejor amiga, envió una carta a La COMARCA en la que, entre otros aspectos, recuerda el último encuentro que mantuvo con Michel. «En julio de este 2018 tuvimos la oportunidad de tener un último encuentro en Beceite, junto a nuestra compañera de instituto y amiga Maria del Mar. Testigo fue Pilar Estopiñá, amiga en común y compañera de profesión de Michel. Esa tarde sabía perfectamente que se estaba despidiendo de nosotras. Estaba guapo, aspecto perfecto, humor inglés, una gran sonrisa, grandes abrazos y besos. Hubo complicidad, afecto, fue una tarde perfecta. Una tarde para recordar. Seguramente él lo había planeado así. De esa última tarde tomamos unas fotos en las que aparezco dándole un beso. Hablamos sobre su reciente viaje a Nueva York y sobre su boda. Bromeamos sobre el banquete. Parecía que la vida no se apagase para él».
Dos años contra la enfermedad
Los médicos detectaron el cáncer de pulmón de Michel, una extraña mutación, en octubre de 2016. Desde ese momento supo que era incurable y afrontó la enfermedad sin tabús ni eufemismos llamándola claramente por su nombre. «Cáncer es cáncer», escribió en una de sus columnas de opinión en El Periódico de Aragón. En ese espacio se mostró crítico con la homeopatía y falsas alternativas a la medicina, e instó a los políticos a dejar a un lado las nimiedades y centrarse en las cosas realmente importantes. La inmunoterapia le permitió alargar su vida más de dos años. «Este tratamiento dejará de funcionar, me lo dijo el doctor Artal desde el principio. Pero no sabemos cuándo. Estas pastillas me dan la vida, pero me acercan también a la muerte. Es un contrasentido», escribió tras más de un año de tratamiento.
A continuación se puede leer la carta íntegra de Yolanda Rallo.
Fui compañera de Vallés en el instituto Grande Covian de Valderrobres (ahora IES Matarraña) durante los años 1992-1996. Desde el primer día conectamos y nos hicimos grandes amigos. Supongo que el destino nos tenía que poner en el camino. Teníamos muchas cosas en común pero sobre todo curiosidad por aprender y nuestro especial sentido del humor que nos hacía diferentes del resto.
José Miguel fue premio extraordinario de Bachillerato. Nunca presumió de ello. Era un tipo humilde, muy trabajador. Apenas salía de fiesta los fines de semana. Prefería quedarse en casa estudiando. Se cuestionaba desde siempre muchas cosas. Un día recuerdo debatir el tema de la Eutanasia en clase (4º ESO) y de repente me preguntó ¿qué es para ti «lo normal»? Y empezó a darme lecciones con 16 años que apenas lograba comprender. Pero recuerdo que sus pensamientos y reflexiones despertaban en mí interés por querer conocerlo más y más. Me parecía una persona diferente, interesante, inconformista, y muy perseverante.
Teníamos ambos una rivalidad sana por sacar las mejores notas pero yo ya sabía que no podía competir con él. Desde 1º de Bachillerato ya demostraba dotes para el periodismo. Le gustaban mucho las asignaturas de lengua, historia contemporánea o la filosofía. En general le fascinaba leer. Se le daban muy bien las redacciones. Eran impecables, sin faltas de ortografía y con una riqueza léxica fuera de lo corriente.
Recuerdo perfectamente cómo el profesor de Historia Contemporánea, Antonio, nos mandó hacer a los dos un trabajo en equipo sobre la Guerra de Bosnia. Creo que ese trabajo sobre la antigua Yugoslavia despertó el periodista que llevaba dentro. Con 17 años íbamos durante los recreos a la Librería Serret de Valderrobres a comprar el periódico El Mundo y El País. Así fue como empezamos a leer las páginas de la sección internacional para así poder hacer el trabajo sobre el conflicto.
A raíz de comprar durante todos los días ambos periódicos, los dos nos aficionamos a leer la prensa. Y ahora que lo pienso resulta raro ver a dos adolescentes comprando y leyendo el periódico durante los recreos. Lo que me parecía normal en aquel momento puede resultar un tanto extraño hoy en día. No sé yo si la gente de hoy en día lee la prensa diaria con 17 años y menos en papel.
Empezamos con ese trabajo a forjar nuestro espíritu crítico; a intercambiar impresiones sobre lo que nos gustaría estudiar, sobre cómo entendíamos la sociedad o la educación. Nos hicimos inseparables. En ocasiones, al terminar las clases, cogía el autobús de Ferrero que iba a Lledó y me iba a comer a su casa. Por la tarde nos encerrábamos a hacer los deberes. Los padres de Vallés y los abuelos (vivían todos en la misma casa) me recibían encantados. Comía como una mas de la familia.
Cuando empezamos la universidad en 1996 seguimos vidas pararelas. Él se marchó a la Universidad Autónoma de Barcelona para estudiar Periodismo y yo a Zaragoza para estudiar Economía. Teníamos suerte pues los dos nos habíamos matriculado en la carrera que queríamos.
En seguida retomamos contacto cuando finalizó la carrera y regresó al Bajo Aragón. Me comunicó que empezaba a trabajar en el Grupo de Comunicación La Comarca, en la sección de Deportes.
En 2002 regresé de Zaragoza a mi pueblo natal, Beceite, y empecé a trabajar en Alcañiz. Allí pudimos coincidir pero en escasas ocasiones. Su pasión por el trabajo y su cargo como director en La Comarca eran incompatibles con mis horarios.
El tiempo iba pasando pero cuando nos encontrábamos era como si el reloj se detuviera. Cualquier sitio y momento era bueno para hablar un rato, tomar un café y volver a intercambiar sensaciones, puntos de vista. Con Vallés podíamos hablar de todo: política, educación, sexo, problemas.... nos entendíamos a la perfección. Nunca nos quejábamos de nada. Solo nos alegrábamos de compartir nuestros éxitos personales y profesionales. Bueno, sí que hacíamos bastante crítica política. Nos gustaba.
Hace un par de veranos, a finales de agosto, teníamos pendiente un encuentro. Habíamos cerrado la fecha pero nunca se produjo. Unos días mas tarde me comunicó que le habían detectado un cáncer con metástasis. Él me explicó todo, la situación y la gravedad del problema. Me habló de que en esta sociedad no se nos educa para afrontar la muerte. Me dio a entender que en esta vida estamos de paso, unos más tiempo y otros menos, pero todos de paso.
Hablamos mucho de cómo se sentía, de su pareja. Me enseñó a ver la vida desde otro punto de vista.
Me dijo que a pesar de estar de baja por su enfermedad seguiría escribiendo en su columna de El Periódico. Y yo le dije que le seguiría.
En uno de los últimos encuentros recuerdo hablar con el sobre la problemática de la concertada, de la cual escribió un artículo, y también sobre la despoblación. Ambos compartíamos el mismo punto de vista.
En julio de este 2018 tuvimos la oportunidad de tener un último encuentro en Beceite, junto a nuestra compañera de instituto y amiga Maria del Mar. Testigo fue Pilar Estopiñá, amiga en común y compañera de profesión de Michel.
Esa tarde sabía perfectamente que se estaba despidiendo de nosotras. Estaba guapo, aspecto perfecto, humor inglés, una gran sonrisa, grandes abrazos y besos. Hubo complicidad, afecto, fue una tarde perfecta. Una tarde para recordar. Seguramente él lo había planeado así. De esa última tarde tomamos unas fotos en las que aparezco dándole un beso.
Hablamos sobre su reciente viaje a Nueva York y sobre su boda. Bromeamos sobre el banquete. Parecía que la vida no se apagase para él.
En la ceremonia de despedida pude comprobar lo Grande que era. Grande sin aparecer en portadas. Una persona discreta, sencilla, tan diferente al resto. Qué suerte he tenido de ser su amiga. Me he alegrado siempre de verlo llegar tan lejos y ser un referente en su profesión y en otros aspectos de la vida. A mi me ha enseñado mucho. Por eso solo me queda agradecerle a la vida haberlo conocido.
Hasta siempre. Yolanda Rallo.