Monís: «El electroformado logra que algo tan efímero como una hoja sea duradero»

EncontrARTE. El día que Emilio Monís decidió unir su pasión por la botánica con una creciente afición a la artesanía, descubrió el electroformado, una técnica que sigue mejorando en su taller en Alacón donde transforma las hojas de los árboles en colgantes o pendientes
Publicado por Beatriz Severino el 19 de enero de 2025

Con todo el cuidado y el mimo del mundo, Emilio Monís maneja las pinzas con las que mueve las hojas que atesora en su taller. Proceden del exterior y cada una es diferente aunque provenga del mismo árbol. «Solo hay que pasear por un robledal para ver la variedad que tiene incluso un mismo ejemplar», dice. «Las de olivo son muy parecidas entre sí, entonces ahí me fijo más en el tamaño», añade. Así visualiza si esa hoja será un colgante o un pendiente. Emilio es barcelonés y reside en Alacón desde hace casi un año, aunque es un vecino más de la zona desde hace más de tres y conocía el entorno desde mucho antes. Parte de su tiempo libre lo pasa en el taller separado por estancias. Y si el resultado de su obra no causa indiferencia, el proceso es para verlo. «Es vocación, disfruto mucho», sonríe, y admite que su satisfacción es «lograr que una cosa efímera se transforme en un objeto que no solo es de adorno, sino algo con valor de belleza y duradero», apunta.

La técnica que emplea es el electroformado con cobre que luego recubre con esmalte de joyería. Define el proceso de «relativamente simple» y él, que ha aprendido de forma autodidacta, ha ido mejorando a base de pruebas durante años. Lo básico es crear una superficie conductora y eso lo hace con una cuba llena con una solución de galvanoplastia. Aplicando corriente eléctrica al polo positivo y al negativo logra que a través de esa solución los iones de cobre pasen de un ánodo -que es el que entrega el metal- al cátodo -que es el que lo acepta y es la hoja que ha sumergido. «Es la hoja que he puesto para hacer sobre ella la pieza que quiero trabajar. Las hojas no son conductoras y hay que ponerles una solución de barniz con cobre y meterlas en el baño de electroformado», explica. Se dejan sumergidas y sujetas con una pinza unas cuantas horas hasta que la capa de cobre ya es gruesa. Se retira del baño y «la hoja que nos ha servido de positivo la quemamos y nos queda una hoja en negativo de cobre». Se limpia la rebaba, se pule, se le quita el óxido y en el envés se aplica una capa de contraesmalte como refuerzo. Sobre la otra cara se aplican varias capas de esmalte de colores. «Yo intento reproducir los colores naturales. Si son árboles de hoja caduca, trato de reproducir los colores en otoño porque son mucho más vistosos», dice. Al otro lado tiene una cubeta de electropulido en la que sumerge las hojas que al quemarlas se oxidan. La eficacia es rápida. En otra estancia tienen sus esmaltes y un pequeño horno en el que da el toque final.

El último paso es colocar el pendiente o colgante en pequeñas cajas con el sello Mil y una hojas que mueve en mercadillos o en redes sociales, donde también muestra fotografías de naturaleza, su otra gran pasión. «Ojalá pudiese vivir de la artesanía, pero es imposible. Por suerte, tengo un trabajo que me gusta y que me permite estar aquí», añade. Trabaja en el campo en la recuperación de olivares con Apadrinaunolivo.org y, por tanto, en contacto con el arbolado.

Prefiere la flora de la zona, pero también introduce de otros lugares como el Pirineo y que bien conoce. «Damos así más variación», sonríe. Locales tiene de olivo, olmo e higuera; y de fuera también trabaja el roble, el arce o el ginkgo, que le gusta por la forma y «por el hecho de que es un fósil viviente». Nada de lo que manipula sale de viveros, todo procede de árboles que se encuentra. «De crío salía al campo fijándome en todo, lo de coger cosas no es nuevo de ahora. La base de todo esto es mi curiosidad», sonríe.