La imagen ha sido y es su vida, aunque es realmente complicado que se ponga delante del objetivo. Huye de protagonismos pero hace una excepción para hablar de su pasión: la fotografía y, especialmente, si se trata de captar un país asiático. Rafa Galve Peguero (Andorra, 1955) hizo de la imagen su profesión desde que se compró su primera réflex en Ceuta en la mili y fue aprendiendo a base de prueba y error. «Ojalá hubiera tenido a alguien que me enseñase», dice. «Anda que no se me ha hecho veces de día revelando fotos en blanco y negro, me pasaba muchas madrugadas así en casa de mis padres», apunta con una media sonrisa pensando en «lo flojas que son viéndolas ahora». A nivel técnico puede que lo sean porque los años y la pericia se notan en su trabajo.
Basta ver cualquiera de sus series sobre La India, país que ha visitado cuatro veces y al que siempre quiere volver. El color define a este gran territorio, su favorito si tiene que elegir entre los países asiáticos, pero él consigue que no se eche de menos ninguna gama cromática en sus imágenes en blanco y negro, la técnica con la que más se identifica. En el balneario de Ariño hay una muestra y, de vez en cuando, hace algunas exposiciones en Andorra. Lleva muchas fotos en una tablet y pronto las encuentra porque La India lo inunda todo. Allí toma miles de fotos de las que luego hace una selección. De casi todas recuerda la historia del personaje o del momento. «Este hombre era un campesino y tomé la foto según se iba acercando: ‘taca-taca-taca’», relata emulando el sonido de la ráfaga de disparos. La definición del rostro y sus manos es tal que se le distingue cada pelo de la barba. «Y fíjate en esta, la chica sonríe mientras las de detrás miran con mucho interés por el cristal de la ventana. No suelo hacer posados, esto es el momento», dice. Le gusta callejear, transitar lugares no turísticos, y consigue capturas más cerca del fotoperiodismo que de la foto preparada que solo busca la belleza. Retrata las miserias cotidianas y también las alegrías. Las encuentra en gestos espontáneos y también en las aulas de las escuelas de la Fundación Vicente Ferrer donde ha estado varias veces y que incluso colaboró en un libro. «A algunos los he vuelto a ver de una vez para otra, a muchos los tengo fotografiados», dice.
Tras una primera incursión en el país hace años con su mujer en un viaje en grupo para hacer turismo, solo viaja en expediciones para fotografiar. Puede volver con 4.000 ó 5.000 de las que hace selección severa. Muchas requieren de un tiempo que los viajes en grupo y con horario no permiten. Algunas son resultado de varios acercamientos porque la estampa cambia según la hora y el clima. Tener una capacidad de atención extra hace que saque la cámara en un mercado y sepa retratar lo que se sale de lo típico al tiempo que sabe transmitir la esencia de un lugar que desborda estímulos. Parte de estos trabajos los ha expuesto y algunos los muestra en redes en Instagram.
Un olfato especial
Siempre ha tenido cierta intuición y eso le llevó a aprender a hacer fotos y a probar todos los aparatos a su alcance. Cuando supo que existía una ampliadora que revelaba, se compró una que aprendió a manejar, y lo mismo sucedió con el dron o las máquinas de revelado en una hora a comienzos de los 90. Fue el primero en trabajar con Hasselblad, marca puntera. «Invertía constantemente en equipos. Ahora es una maravilla porque el tutorial está en internet, pero antes se aprendía comprando manuales», sonríe.
Con 27 años abrió su tienda y estudio de fotografía en Andorra y de allí han salido reportajes incluso volando en helicóptero para cumplir con encargos de fotografía aérea. «He hecho trabajos por los que yo hubiera pagado», ríe. Tenía cámaras de vídeo y recibió el encargo municipal de arrancar la Televisión Local de Andorra. Cubría eventos, y montaba y emitía las piezas hasta que se hizo insostenible la continuidad de no aumentar personal. Galve siguió con su estudio y sus reportajes entre viajes hasta que se jubiló hace cuatro años. Además de seguir igual o más implicado si cabe con la fotografía, ha retomado otra faceta que aparcó como es la pintura y ha iniciado las clases en la Casa de Cultura, aunque en esto también aprendió por intuición y a base de prueba y error.