Puertomingalvo, una villa medieval para perderse en la Sierra de Gúdar

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Recomendaciones ‘Plan C’ en Puertomingalvo

  • Pasea por uno de los ‘Pueblos más bonitos de España’
  • Visita el horno y degusta la repostería tradicional
  • Cena de camping en la sierra de Gúdar

Las mochilas, el cajón con el menaje de cocina, la nevera portátil, la mesa y las sillas plegables. Teníamos todo a falta de lo más importante: un recambio de gas para el hornillo de camping. Kenya nos observaba desde los asientos traseros, algo mareada sin todavía haber empezado el viaje y con algún que otro ladrido advirtiendo de que se nos hacía tarde. La desesperación era palpable porque, aunque podíamos haber cenado una ensalada, no queríamos renunciar a las brochetas de pollo. El camino a la victoria gastronómica nos lo allanaron Fernando y su mujer, un matrimonio zaragozano que había venido a Alcañiz a desconectar de su rutina de trabajo en el centro de día Nazaret. No dudaron ni un segundo en regalarnos su cartucho de gas, y las vueltas sin rumbo derivaron, al fin, en la carretera que nos conduciría hasta Puertomingalvo.

Primera vez en la comarca de Gúdar-Javalambre. Nos fiamos de que era verano y fuimos culpables, con excusa, del fresco que nos caló hasta el tuétano de los huesos. Íbamos en la furgoneta de manga corta y pronto apagamos el aire acondicionado. Estábamos en pleno Parque Cultural del Maestrazgo, entre montes y llanuras que exhibían las cicatrices de la cosecha de cereal, a más de 1.450 metros de altura. Los pinares se intercalaban con vacas, pacas de paja y ciclistas a los que recitamos palabras de aliento para amenizar aquellas cuestas kilométricas.

A lo alto, el mismo castillo que vigila la complicada red de calles que tejen Puertomingalvo, nos avisó de que habíamos llegado a uno de los pueblos más bonitos de España. Su historia se remonta a la época de los íberos, que más tarde fueron absorbidos con la romanización, aunque el inicio del pueblo como tal no se presume hasta los musulmanes. En el año 1181 fue reconquistado y hasta el 1202 no vio la luz el acta fundacional de la villa.

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  • Time-lapse de la carretera de entrada a Puertomingalvo
  • Paseo entre pacas y vacas
  • Vistas panorámicas a la sierra

El clima de la sierra ha forjado el carácter de sus vecinos y también, el de las casas de piedras. En las calles, junto a las fachadas, aguardan maceteros con flores de colores y bancos de madera desde los que descubrimos las perspectivas ocultas. Las repisas de los balcones, en su cara opuesta, estaban cubiertas por coloridas baldosas de motivos variopintos. Más arriba, sonreían los aleros labrados en madera.

Kenya nos abrió paso por las calles, cruzando arcos y escaleras, mientras rozábamos la tímida hiedra que bajaba por las paredes. La bandera de Puertomingalvo, blanca, partida por una cruz roja y con un escudo en el centro, adornaba balcones y ventanas y era el tema de conversación en los portales. En algunas puertas como en la casa ‘Llorens’, palaciega aunque reñida entre la sobriedad y la elegancia renacentista, pendían tiradores faliformes, que siglos atrás llamaron a la fertilidad.

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  • Tour canino por Puertomingalvo
  • Rincones y detalles con encanto

Caminamos extramuros hasta descubrir primero el ‘Portalico’ -sencillo, pequeño y en un lugar estratégico en el lienzo meridional de la muralla- y después, el ‘Portalón’. Un ejemplo de torre-puerta, cuyo arco señorial en la parte exterior robaba el protagonismo a su homónimo, mucho más sencillo, en el interior. Solo una torre, la de la iglesia parroquial de la Asunción y San Blas, se atisbaba a lo lejos, aunque tuvimos que sortear fachadas a un lado y a otro para poder verla entera. Estábamos ensimismadas con aquel patrimonio, declarado con mucho acierto conjunto histórico y Bien de Interés Cultural, cuando una larga fila en la calle Baja acaparó, sin marcha atrás, toda nuestra atención.

La hilera de personas apuntaba en dirección al ‘Horno de Puertomingalvo’. La curiosidad nos adentró escaleras abajo hasta conocer a Amparo Gil, escultora desde hace 35 años de pan de espelta, encañaos, testamentos rellenos de multisabores, magdalenas y almendraos, entre otros tesoros dulces y salados. Sus ojos brillaban mientras nos enseñaba las masas que esperaban su turno en el horno, los panes que ya giraban dentro esperando cocerse y los manjares en bandejas y cestas ya listos para vestir las estanterías. “No quiero que se pierda el gremio. Me gustaría que se valorara la labor del artesano, porque tristemente estamos yendo a lo industrial que quita puestos de trabajo”, nos contó. Frente a las máquinas, en su panadería son las manos las que dan vida a la harina. Todo lo que probamos nos quitó el aliento y calmó nuestros estómagos a la hora de la comida.

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  • Elaboración de dulces en el horno

Ya estábamos en la furgoneta rumbo a nuestra próxima parada cuando a la salida del pueblo nos cruzamos con la ermita de Santa Bárbara. Las vistas panorámicas a un imponente paisaje montañoso nos invitaron a continuar por esa carretera para inmortalizar aquel regalo para los ojos. Repetimos el trayecto hasta tres veces y no faltó la Guardia Civil, que nos paró para preguntarnos si nos habíamos perdido. Eran las seis de la tarde, la hora en que los vecinos del pueblo, enfundados en sus chaquetas, salieron a caminar y nosotras nos fuimos.

Carretera rumbo a Mosqueruela y a pocos kilómetros antes de llegar a la localidad, descargamos nuestros bártulos en el merendero ‘Fuente de la Huerta’ para hacer la cena. Entre los pinos y la hierba se encontraban las mesas de madera. Había asadores, que no usamos en honor a nuestro hornillo de gas, y una fuente que rezaba “prohibido lavar coches y paellas”. A su alrededor, un trajín de personas llegaban a rellenar garrafas.

Era un remanso de paz, donde el color verde impregnaba cada rincón, con perdón del cielo y la casas de Mosqueruela que se veían a lo lejos. El pantalón largo y la sudadera fueron buenos compañeros de combate, aunque no lo suficientemente fuertes para ganarle la batalla al frío. Menos cuando el viento comenzó a soplar y peor aún cuando se hizo de noche. Ahora bien, los pelos del flequillo bailando sobre nuestras caras no impidieron que cocinásemos las brochetas ni que preparáramos la ensalada. El vino fue un buen aliado para calmar el tiriteo y el queso, como siempre, un educado acompañante. Disfrutamos de la cena a salvo de las prisas y el estrés que dominan nuestro día a día. La supuesta tormenta que iba a empaparnos hasta las cejas nos dio tregua y tuvimos hasta tiempo para saborear la sandía.

En un lugar de Gúdar-Javalambre de cuyo nombre ni la una ni la otra quiere acordarse, vimos las estrellas antes de afrontar una de las noches más frías en nuestra memoria. Ahora sabemos que por aquellas tierras, el pijama largo es mejor que el corto y que el colchón hinchable con sábanas puede irse a escaparrar a favor de un buen saco de invierno. Nos reímos de nosotras mismas y, mejor aún, el subconsciente animal de supervivencia no nos dejó pensar en otra cosa que en el ‘ahora’. Fuimos a desconectar y no cabe duda de que la misión se completó con éxito.

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  • Merendero ‘Fuente de la Huerta’ en Mosqueruela
  • Cena de camping en la naturaleza

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