Visibilizar y reivindicar a Fernando Palacios es el objetivo de la poblana Ana Asión Suñer y Fernando Sanz Ferreruela, investigadores de la Universidad de Zaragoza, desde que vieron que apenas había nada escrito sobre él. El resultado es el libro ‘El cine de Fernando Palacios. La sonrisa complaciente del franquismo’ (Ed. Fragua). El aragonés, nacido en 1916 en Zaragoza, firma obras que forman parte del imaginario colectivo. El grito de Pepe Isbert buscando a la desesperada a Chencho en el mercado de Navidad de Madrid forma parte de la historia del cine español. La escena pertenece a ‘La gran familia’ (1962), película que dirigió Palacios. También suyas son ‘El día de los enamorados’ (1959) o ‘Marisol rumbo a Río’ (1963), entre otras.
En sus primeros 15 años de carrera fue ayudante de dirección de autores como Florián Rey, que además era su tío. «Hasta 1947 no hubo ninguna institución en España en la que aprender cine, se aprendía haciendo películas», dice Sanz, que en la presentación del libro en el Paraninfo de la Universidad invitó a reflexionar acerca de la movilización de personal del cine comercial. «Se le suele colocar en una liga inferior y parece que está reñido con la calidad y no es así, Palacios llevaba a miles y miles de personas a las salas y era impecable con su manera tan artesanal de hacer cine», defiende. Fue precursor de las segundas partes y solía embarcarse en dos anuales, y «al estrenar en Navidad ya tenía la siguiente encaminada». Eso hizo que dejara un gran legado a pesar de morir con 47 años.
Revisitar las películas con el libro en la mano es altamente recomendable porque además aporta un contexto. «Nos parecía necesario ubicarlo en su época y entender qué espacio estaba ocupando Palacios en la cinematografía rica y variada de la época en la que él aportó su punto de vista», explica Asión. Los investigadores optan por el orden cronológico para contar su etapa de aprendizaje, que cambia con la de dirección. «Podíamos agruparlas por temáticas e incluso por ciclos vitales porque tiene obras sobre la infancia, la juventud y la madurez», apunta la poblana. «Todas tienen la moraleja final del ideal de familia y sociedad de la época, aunque -insistimos- no está reñido con la calidad que dejó», concluye.