Pilar Rocatín entra a la que durante más de siete décadas ha sido su tienda. Se pasea con la lentitud que acarrea la edad y con ojos emocionados entre las estanterías que ya han quedado vacías y, con un suspiro, deja escapar toda una vida de anécdotas y trabajo. Ella, junto al apoyo indudable de su marido Tarsicio, fue lo que ahora se conoce como «una emprendedora».
Ella misma es la encargada de contar su propia historia: «Salía del hospital y me había encargado un pijama; iba pensando que a Alcañiz le hacía falta una mercería aquí enfrente», relata señalando hacia la puerta de la tienda. El pensamiento se convirtió rápidamente en realidad y Rocatín abrió su puerta en 1968. «Fue una adelantada y, encima, lo hizo con una hija de cinco años y una bebé de nueve meses», exclama Anabel Fuster, quien fuera el bebé ya mencionado y parte de la segunda generación que continuó con el comercio.
La tienda creció con los años. Creció tanto que allí llegaron a trabajar hasta cinco personas tras los mostradores y, en ese momento, la segunda generación se hizo cargo del negocio: M.ª Pilar, la hija mayor; Anabel, la menor; y Merche Casanova, prima y la más joven de todas. Todas ellas estuvieron invitadas a formar parte de este reportaje porque todas ellas, juntas y con mucho esfuerzo, han sido las artífices de lograr que la tienda haya cumplido más de medio siglo de existencia.
La mayor fue la última en quedar al frente y, con su jubilación, se termina la historia. La falta de relevo generacional dentro de la familia y la falta de interés fuera son las causas de este cierre. «La realidad es que anunciamos el cierre, pero no pusimos ningún cartel de «se traspasa». Sabemos que es muy difícil empezar un negocio con una deuda; nos podríamos haber planteado otras fórmulas como un alquiler, pero la realidad es que nadie ha preguntado», relata la mayor de las hermanas.
Una despedida con buen sabor
M.ª Pilar asegura que está lista para afrontar la jubilación, pero reconoce que no tiene muy claro a qué va a dedicar «todo el tiempo que pasaba ahora en la tienda». Asegura que la sensación de estar en la tienda con las estanterías vacías no le causa pena; al contrario, «es una gran satisfacción porque las clientas han respondido. Si ahora tuviera que cerrar con todo lleno de productos, sí que estaría preocupada porque no sabría qué hacer», cuenta entre risas. Las propias compañeras comentan asombradas que apenas ha quedado nada. Los pocos productos que han quedado llenan «cuatro bolsas de las grandes».
Las clientas son las que también han hecho que este cierre sea especial. «Pusimos el cartel y ha pasado mucha gente que ha querido despedirse y darnos las gracias», explica M.ª Pilar. No han faltado los regalos ni los ofrecimientos de ayuda; incluso una clienta quiso comprarle una Virgen del Pilar de recuerdo. «Es muy satisfactorio saber que hay tanta gente que nos tiene cariño y que nos ha ofrecido abrirnos las puertas de su casa», añade. Reconocen que la satisfacción también está en que la clientela ha crecido con el negocio. «Primero vinieron las madres y las abuelas y luego siguieron viniendo las hijas», explica la gerente.
Adaptarse para no desaparecer
La clave que ha permitido sobrevivir casi siete décadas, crisis económicas, la aparición del comercio digital e incluso una pandemia está en «adaptarse a las necesidades de las clientas». «Los productos han ido cambiando mucho con el tiempo: pasamos de vender ropas afelpadas para ir al campo a vender estos últimos años ropa térmica. Al final es lo mismo, pero es muy diferente», explica M.ª Pilar.
En la etapa inicial, las cuatro mujeres recuerdan cómo el apoyo de su padre Tarsicio fue vital. «Había tanta gente durante el día que volvíamos después de cenar a etiquetar los productos. Él mismo atendía y sabía qué tipo de medias quería cada clienta», recuerda la fundadora.
Rocatín pone fin así a seis décadas de historia y se une a la lista de comercios históricos que han dejado huella en los vecinos de toda la comarca.