Ser o no ser

Alfredo Grañena. Cofrade de La Columna.
Mi primer pensamiento, al sentarme esta vez delante del temido folio en blanco, va dirigido a las 11 personas (10 adultos y un niño) que tal día como hoy, 10 de abril, pero hace setenta años
Publicado por La COMARCA el 13 de octubre de 2022

Alfredo Grañena

Cofrade de La Columna


Mi primer pensamiento, al sentarme esta vez delante del temido folio en blanco, va dirigido a las 11 personas (10 adultos y un niño) que tal día como hoy, 10 de abril, pero hace setenta años, procesionaban con una nueva imagen, la de Jesús atado a la Columna, la última en incorporarse a la Semana Santa caspolina, cubriendo un episodio importante en la Pasión de Cristo: la de su flagelación y posterior condena a muerte. En cierto modo, y quizá sin pretenderlo, el nuevo paso procesional, que se completaría en 1961 con sendas imágenes de un centurión romano y un sayón judío, evocaba a otro, conocido como «la Sentencia», que representaba la escena del lavatorio de manos por parte de Pilatos. Guadalupe Feitó tenía siete años cuando lo vio arder, en julio del 36, en la plaza Soberanía Nacional.

Alguno de los mejores momentos que he vivido como cofrade, durante estos ya largos 32 años, han tenido lugar durante esta procesión. El más emotivo, sin duda, el que me transporta a aquel 22 de marzo de 1998, primera procesión de «La Sentencia».Apostado en la puerta del Ayuntamiento, Antonio Ralfas Cester, uno de los dos cofrades fundadores que por entonces aún vivían, observa con sorpresa y emoción en qué se ha convertido lo que un día, junto a su hermano y ocho amigos, vio nacer. Más de un centenar de cofrades acompañan a esa imagen que él cargó tantas veces.

Recuerdo también al bueno de Antonio Flecha, párroco de Caspe allá por el 2008, que en la prédica de dicha procesión, ante un silencio sepulcral, nos sacudió a todos preguntándose cuán importante es la verdad y cuánto la esquivamos. Por miedo, por comodidad, por pereza, por orgullo o por qué Dios sabes qué cambalaches (esa fue la palabra exacta que empleó). Y recuerdo, más recientemente, a nuestro actual párroco, Samuel, invitándonos a reflexionar hasta qué punto no ejercemos nosotros también, en nuestra vida cotidiana, de modo consciente o inconsciente, de inquisidores, juzgando, sin ningún derecho, al inmigrante, al distinto, al que no viste como nosotros, ni piensa como nosotros, ni reza como nosotros.

Cuántas veces hacemos de Pilatos y colocamos sobre hombros inocentes pesadas cruces que no les corresponden cargar. Nuestra mundo, tan competitivo, tan veloz, tan global, es demasiadas veces una cárcel sin barrotes. Queremos ser tan grandes, tan exitosos, que, en el empeño, nos olvidamos de, simplemente, ser.Creo sinceramente que el mundo sería mucho mejor si nos preocupásemos menos por lo que nos falta y más por lo que mucha gente no tiene.

La Semana Santa no es-no debería ser- únicamente unos cuántos días de vacaciones o unos redobles de tambor. Muy al contrario, siempre he percibido estos días como los más apropiados para reflexionar, contemplar, tomar aliento, reconocer errores y darme una nueva oportunidad. Quien espera la Semana Santa para demostrar al mundo que su cofradía es la más poderosa, su túnica la más impoluta y su trompeta la más brillante, no ha entendido absolutamente nada de la Pasión de Jesús, ni de la doctrina franciscana ni, desde luego, de las enseñanzas del Sermón de la Montaña.

El tambor, la corneta, el bombo, la vela, el hombro, son herramientas para llevar a cabo esa meditación imprescindible que, día tras día, posponemos para más adelante. Siempre he pensado que una persona a la que no le conmueva el andar triste y pesado del Nazareno, no es de fiar. No porque le falte Fe, sino por su manifiesta incapacidad para apreciar una imagen que simboliza el sacrificio, el apoyo mutuo, la confianza, la solidaridad, el Amor más grande del mundo, que es el de una madre a su hijo.

Por eso me gusta la Semana Santa de Caspe. Por sus ruidos pero, quizá más, por sus silencios. Y por eso, puestos a decir verdades, me sigue chirriando que, por ejemplo, el pasacalles previo al Pregón acabe con el castrense «toque de retreta»; o que el Jueves Santo, en el que la tradición cristiana evoca la las últimas horas de Jesús, el silencio se rompa con bandas sonoras de superproducciones hollywoodienses y marchas cuartelarias, que más que a la reflexión invitan al sonrojo.

Llegados a este punto, con las bandas de tambores mermadas por las crisis habituales de participación que afectan a todos los órdenes caspolinos, es momento de sentar, de un modo serio y definitivo, las bases de la Semana Santa del siglo XXI. Es el momento de decidir qué Semana Santa queremos, si la del Cristo del Madero o la de Juego de Tronos. Y actuar en consecuencia.