Hipólita Costea nació un 7 de diciembre de 1923, en una masía entre Calaceite y Cretas pero ha pasado media vida en Maella, localidad a la que llegó junto a su primer marido y gran amor, el marqués Rafael de Alburquerque. De gran carácter, generosa y valiente, la ahora maellana ha celebrado su centenario con una fiesta organizada por el Ayuntamiento y su sobrina Paquita, en el que no faltó la Rondalla de la localidad para cantarle unas jotas en su honor.
"Nos encantan las jotas, es más, Hipólita cantaba jotas de maravilla y, hoy en día, aún la oigo canturrear por casa", destaca Paquita quien también reconoce haber cantado jotas "muy bien" antaño porque ahora, "con 70 años el cuerpo ya no es igual y no puedo".
Desde hace cinco años, Paquita se encarga y cuida de Hipólita "para que no le falte nada". Solo se separa de ella para irse a su casa en el municipio de Caseras a cenar con su hijo, el menor, y descansar. "Está a unos 37 kilómetros y yo vuelvo todos los días por la mañana a cuidar de ella, a veces incluso llego antes de que se levante", apunta la sobrina.
A sus cien años, Hipólita aprecia mucho la compañía de su sobrina puesto que las amistades que tuvo durante todos estos años en la localidad o ya no están o no pueden salir de casa a visitarla. Y ella, pese a haber disfrutado de una buena salud y condición física hasta hace unos años, tampoco puede recorrer ya las empinadas calles maellanas. "Con noventa años, ella cogía el carro de la compra y metía una garrafa para equilibrarse y salir por el pueblo, decía que aún no era lo bastante mayor como para tener que usar bastón", recuerda Paquita.
Al preguntarle por la etapa más importante de su vida, Hipólita respira hondo y narra emocionada: "Lo más importante fue mi matrimonio con Rafael, fueron unos años de gloria los que viví con él, los mejores porque nos los pasábamos muy bien".
Ambos vivían en la costa catalana cuando Rafael comenzó a tener problemas de salud. "El médico nos recomendó mudarnos a un sitio con menos humedad y con aire limpio, así llegamos a Maella", explica la centenaria desde su cómodo sofá de flores del piso inferior de su casa, donde también nos acompaña el murmullo de la televisión.
Dos felices matrimonios
Tras enviudar, Hipólita se centró en sus quehaceres pero, con el tiempo, se abrió de nuevo al amor con el maellano Blas Turó, más conocido en el pueblo como "El guapo", con quien se casó con 60 años. "Yo le puse mis condiciones y él las aceptó, nos hicimos mucha compañía y nos quisimos. La verdad es que tanto Blas como Rafael me respetaron y me quisieron mucho", recalca Hipólita.
Para Hipólita el respeto ha sido muy importante a lo largo de su vida, no solo en lo amoroso sino también en lo laboral. "Trabajé bordando en un taller y también en una charcutería en Barcelona", explica. En Maella ayudó en el campo recogiendo almendras, en la huerta y en una pequeña granja que tenía su segundo marido. Aunque lo que recuerda con una gran sonrisa son las tardes "con las chicas jugando al bingo y a las cartas".
Ahora, cuando Hipólita se encuentra bien le gusta salir a la calle con una de sus sillas a tomar el sol. "Es increíble lo que le gusta, yo me tengo que poner a la sombra o entrar a casa pero ella no se cansa, puede estar horas", apunta su sobrina. De hecho, uno de los aspectos que más llaman la atención de Paquita es el tono bronceado intenso de su piel frente al de la mayoría de personas que estamos más blancas que el papel en pleno diciembre.
¿Cuál es el secreto para llegar a los 100 años?
Si tuviera que elegir una razón serían las sopas de pan escaldado con tomillo que me recomendó el médico cuando me quitaron la leche y tuve que pensar un nuevo almuerzo. Eso y vivir en un lugar con aire limpio como aquí.
Hipólita es la única que este 2023 ha celebrado su 100 cumpleaños pero en la localidad hay otros centenarios que como ella han superado las tres cifras. "Los más mayores tendrán como 105 o 106 años", indica Paquita.
"La soledad es lo peor que me puede pasar", destaca Hipólita, volviendo a agradecer a su sobrina la ayuda y la compañía que le hace. La verdad es que no todos llegaremos a los cien años pero lleguemos hasta donde lleguemos, que nunca nos falte el amor y el cariño de los nuestros, como no le falta ningún día a Hipólita.