Ya está preparada. Todos los años en el corral se cuelga una caña en horizontal a una altura que no roce el suelo y ese será el perchero para las túnicas. La caña es larga, a la medida que la familia Falo Clavero merece y necesita, porque la Semana Santa en esa casa suena a tambores, pero también despierta los nervios de quien tiene que acarraear con una peana, en este caso, con tres.
Lorenzo Falo Fandos y Manuela Clavero Abadía ya no están. O sí, pero de un modo distinto. Están a través de Reyes, Ana, Lorenzo y Patricia, sus cuatro hijos; y de su legión de nietos para los que Samper de Calanda es su toma a tierra porque la familia se desparrama por Zaragoza, Monzón y Torralba de los Sisones, pero la casa de los abuelos, es la casa a la que siguen acudiendo con frecuencia. Es donde siempre encuentran su lugar y la gran puerta de madera en la que tomarse las fotografías cada Semana Santa. La familia crece, ya no solo con las parejas, para las que desde que Samper se cruzó en sus vidas ya no hay otra Semana Santa, sino también con la visita de amigos que acaban participando porque «en casa hay tambores, bombos y túnicas para todos».
«Nos gusta, lo disfrutamos. Antes con mis padres, todavía más, porque nos sentábamos aquí con dos tableros de mesa y hacíamos la vida. Esto parecía una peña», sonríe Ana en la parte del corral en la que siguen estando la mesa, y la caña. «En estos días siempre oyes tambores en la calle porque cuando unos se recogen salen otros», añade su cuñado.
El momento de túnicas es curioso, porque en la familia salen además con tres peanas. «Salen 4 ó 5 bombos, 8 ó 10 tambores y tres ropas de paso; también tenemos una ropa de Manola y un año tuvimos de alabardero, pero eso no prosperó. Y todo sin tradición, porque nuestros padres no estaban metidos en esto pero les gustaba mucho e hicieron todo lo posible porque participásemos», dice Ana. «Nuestra madre era muy religiosa y nos inculcó todo lo que tiene que ver en una época en la que también se empezaba a popularizar más salir con los tambores, porque en los tiempos de nuestros padres no salía la cantidad de gente que sale ahora», añade Lorenzo.
Recuerda que se apuntaron una cuadrilla de niños a unas clases que daban los alabarderos con los tambores que les compraron sus padres, «y no con poco esfuerzo». Calcula que el suyo tendrá unos 50 años y sigue por casa. «Le llamamos tambor de madre, porque si llevas a un niño al lado se puede agarrar. Todos estos de casa se han agarrado y alguna hasta se ha dormido», bromea Ana entre las risas de todos.
Quizá tuvo que ver el auge de los tambores con la crisis que hubo en personal para sacar las peanas. Hubo que renovar vestuario y la familia compró dos: los Azotes y la Oración. Se hicieron con lo que se conoce como «derecho a palo», aunque si se atiende bien a lo que conlleva esta adquisición, se trata más bien de un «compromiso». La familia que adquiere la ropa y un palo para empujar una peana, debe asegurarse de que siempre va a haber alguien que empuje ese palo. Por eso, en casa va rotando entre primos y siempre sale. Lorenzo lleva un palo de la Cama, por lo que también tiene su papel en el auto sacramental del Abajamiento. En este caso, lo heredó de su amigo Pedro cuando falleció.
Una noche especial para los que llevan palo es la de Jueves Santo. «Rompen la Hora en la plaza y se vienen a casa, se cambian la túnica, se toman su vino de nueces y su madalena, y se suben a la ermita antes de que vayamos los tambores para bajar las imágenes», explica Patricia, la pequeña de los hermanos, y que ha arrastrado a este universo samperino a su marido zaragozano y a sus tres hijos, que están implicados incluso con la cuadrilla de la Ruta.
Juntos sostienen unas costumbres en las calles con otras cuadrillas y también en casa, con unas labores de puestas a punto indispensables y que antaño vigilaban las abuelas, tías y vecinas. «Sin esas mujeres no hubiera habido Semana Santa, no sale, y hay que tenerlo presente», dice Cecilia, la hija de Lorenzo. «Antes estaban mis abuelos y ahora nos organizamos de otra manera. También es bonito ver que las cosas cambian pero giran en torno a algo que permanece, que es la Semana Santa. Unos ya no están y otros vienen nuevos, pero seguimos estando aquí; en Semana Santa».