«De oficio, pintor de casas». Así se presenta Alfredo Layel Fillola (Caspe, 1952) cuando busca el origen de su amor por pintar. En la escuela ya apuntaba maneras con sus dibujos, aunque no fue hasta su jubilación hace poco más de una década cuando comenzó a pintar con pincel fino. Cambió las paredes por los lienzos y cumplió lo que solía comentarle a su esposa Rosa García. «Cuando me retire empezaré a pintar cuadros», le decía. «Y así fue y no ha parado», ríe ella, una mujer que vive con la misma pasión que su marido cada cuadro que pinta. Conoce la historia de cada uno.
Y es que Alfredo pinta en casa, en la entrada. Se ha acondicionado un lugar acogedor, muy luminoso y a pie de calle. «Todos los días me pongo un rato, voy haciendo. Hay mucha prueba y error», dice. «A veces desde arriba lo oigo protestar porque no le sale algo», añade riendo la mujer. Para alcanzar sus resultados, en el camino hay alegrías, decepciones y algún paseo en busca de despejar las ideas. «Cuando algo no sale, lo dejo y vuelvo y acaba saliendo por algún sitio. Es lo mejor si te atascas», recomienda.
Layel llevaba dentro el arte y la inquietud por la pintura. Suele visitar museos y durante toda su vida profesional también hizo algún dibujo por encargo en alguna pared infantil, aunque «casos muy puntuales». Cuando se retiró de las brochas, acudió un curso a la casa de cultura en Caspe donde se dejó guiar por María Piazuelo. A partir de ahí, toda su producción sale de su trabajo en solitario y también de algunos tutoriales en internet.
De hecho, emplea la técnica que llama pinceladas, que es la que dio nombre a la exposición que montó hace unas semanas en la sala de la calle Mayor de Caspe. «Vi que lo hacían unas mujeres para pintar ropa y me llamó mucho la atención, así que, probé con los lienzos, me gustó y la aplico», explica. Consiste en impregnar dos colores en un pincel ancho y pintar. Así ha dado vida a muchas hojas de árboles, porque la naturaleza es su motivo preferido y el que más repite en su obra.
Hay algo de acrílico pero suele pintar al óleo y también aplica pistola si la puntura lo requiere. Los paisajes predominan y se ha centrado últimamente en estampas de Canadá. Montañas nevadas con riachuelos o lagos, además de grandes áreas verdes que se funden con el cielo y el agua abundan entre sus cuadros. «Ahora quiero empezar a pintar nuestro paisaje, el pino negro que es tan característico», avanza. También se inspira en lo que le va sugiriendo la propia pintura según va pintando y donde pensaba colocar un prado acaba por añadirle un estanque de agua que parece que está en movimiento si la pintura se mira desde una distancia determinada.
Todos sus cuadros tienen tantas vidas como miradas se posan en ellos y la prueba es una pintura grande en la que aparece un rincón malagueño, pero que a muchos caspolinos los traslada a su niñez. «Es casualidad grande que se parezca mucho a una calle que lleva a San Indalecio aquí en Caspe y mucha gente se queda pensativa», apunta. Lo mismo sucede con otro cuadro en el que reproduce un pasaje de Zaragoza junto al Mercado Central que ya ca cambiando de aspecto según se cierran las tiendas. Es una manera de que sus nietos y generaciones venideras tengan un reflejo de que lo era la ciudad en un tiempo.
Además de que también se fabrica las lonas de los lienzos, su arte es para todos los públicos y gustos. En otro cuadro reproduce el mármol y el estuco, algo que tantas veces trabajó en su oficio; y entre los jóvenes, en la exposición gustó una ciudad que pintó suspendida en el aire. Aunque, como mucha gente le ha sugerido en alguna ocasión a probar, él no se ve pintando murales en Caspe «porque hay que subir muy alto», jugando con el aire también se siente cómodo porque entre los cuadros guarda varios aviones en pequeña escala que se construye él y funcionan. Esta afición es compartida y es el presidente de la Asociación de Aeromodelismo. «No me aburro ni una gota», sonríe.
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Genuino Layel. Sigue así de bien !
yo tengo ese cuadro
yo tengo ese cuadro pintado por vilamajo sabe usted algo