«No teníamos educación ni salud y pasábamos mucha hambre. Cuando conocí a Sebastián Álvaro le pedí ayuda, pero no para mí, sino para mi aldea». 25 años después, el deseo de Little Karim, histórico porteador del Karakórum y vecino de Hushé (Pakistán), que falleció en 2022, se ha hecho realidad. Esta aldea, situada a más de 3.000 metros de altitud, en un valle rodeado por algunas de las montañas más espectaculares del mundo, ha reducido su mortalidad, mejorado el acceso a la educación e impulsado una agricultura adaptada a las condiciones de su entorno. Un cambio que no habría sido posible sin Sebastián Álvaro, periodista, creador de Al filo de lo imposible y escritor, y sin la Fundación Sarabastall de Caspe.
Una conferencia de Sebastián en la Ciudad del Compromiso y la complicidad casi inmediata que surgió entre él y los miembros de la asociación Sarabastall, dedicada principalmente a organizar campamentos de montaña para jóvenes, fueron la semilla de un proyecto que germinó en 2001 con la creación de la Fundación. La iniciativa de cooperación llegó al valle de Hushé hace un cuarto de siglo con la ilusión y la vocación de ayudar a un pueblo que, pese a las diferencias sociales y culturales, se ha convertido en familia, tal y como se demostró en la gala conmemorativa del aniversario, celebrada en el Teatro Goya de Caspe, el pasado viernes, y en la que colaboraron el Coro Ciudad de Caspe, la pianista Irene Latre y la artista Lorena Villegas.
Para Sebastián, el trabajo realizado y los resultados obtenidos son motivo de felicidad y orgullo. «Felicidad por darme cuenta de lo que hemos sido capaces de hacer un grupo de gente maravilloso, y orgullo porque es lo mejor que está haciendo España en Asia Central, de una forma práctica y sin ningún tipo de ayuda institucional del Gobierno central. Solamente nos ha apoyado el Ayuntamiento de Caspe y un poquito el Gobierno de Aragón», destacó. Por su parte, la presidenta de la Fundación, María Pilar Lasheras, recalcó el agradecimiento de la entidad a todos los que han hecho posible el proyecto.
Los kilómetros que separan Caspe de Hushé, que son muchos, no han impedido que ambas localidades hayan construido un vínculo inquebrantable. Los viajes de los miembros de la Fundación a la aldea, pero también las visitas de algunos de sus habitantes a la Ciudad del Compromiso, han unido a varias generaciones que esperan con ilusión el siguiente encuentro para volver a reunirse.
La gala del 25 aniversario se celebró en el Teatro Goya y contó con varios de los voluntarios que participan activamente en el proyecto de cooperación./ S.F.
Sanidad, educación y alimentación para transformar Hushé
En el ámbito sanitario, la Fundación ha trabajado para mejorar las condiciones higiénicas, formar al personal sanitario local y atender directamente a la población de Hushé y de las aldeas cercanas con un equipo de atención primaria se desplaza hasta la zona una vez al año.
La cirujana vascular y angióloga Cristina Puigdellívol ha sido una de las profesionales que ha atendido urgencias de todo tipo durante sus estancias en la aldea. Entre ellas, recuerda especialmente un parto muy complicado. «De no ser por la comadrona que me acompañaba, no habría sabido qué hacer. Es increíble cómo ha cambiado el papel de la mujer en los 16 años que llevo viajando a Hushé. Ahora están más empoderadas, estudian, saben leer y guían a sus hijos e hijas de forma distinta. Esto me emociona», explicó durante la gala.
La educación es otro de los pilares del proyecto. La Fundación ha impulsado un programa de becas, una de sus actuaciones más importantes, gracias a las cuales 5 personas han llegado a la universidad; y la formación de maestros y maestras del valle. Además, ha construido un refugio-hotel que permite disponer de un espacio para celebrar jornadas y actividades formativas; y ha ayudado en la reconstrucción del colegio de Ghorse, después de que lo destruyeran las inundaciones del año pasado, gracias a lo recaudado también en La Invernal de Motorland.
La presidenta de la Fundación destacó que el refugio «nació como una apuesta valiente para generar oportunidades económicas vinculadas al turismo de montaña, que se ha convertido en una herramienta fundamental para el desarrollo local. Más allá del edificio, representa una idea poderosa: la capacidad que tiene una comunidad para generar recursos propios y construir oportunidades de futuro».
La lucha contra el hambre también ha sido una prioridad y se ha articulado, principalmente, a través de la agricultura. Entre las iniciativas desarrolladas figuran los microcréditos, el establecimiento de protocolos de siembra y cultivo, el proyecto Familia a Familia —que permite complementar la alimentación con los productos obtenidos de los árboles frutales— y la instalación de invernaderos.
Imágenes del viaje realizado en 2017 por parte de la entidad./ Fundación Sarabastall
La montaña como medio de vida
En el valle, uno de los principales medios de vida es el trabajo como guía de montaña. Su ubicación, a los pies de cumbres de más de 7.000 y 8.000 metros, lo convierte en un punto de partida estratégico para expediciones de alpinistas de todo el mundo. Por ello, la Fundación, con la colaboración de voluntarios como el ochomilista Juanjo San Sebastián y Óscar Cardo, bombero de Albacete y alpinista, que se han involucrado en el programa de formación de guías de montaña.
Los hitos alcanzados son numerosos, pero uno de los más emotivos ha sido la creación del primer grupo de mujeres alpinistas. En 2018, las tres primeras mujeres de la aldea en ascender un seismil fueron las nietas de Little Karim: «Me abrazaron y me sorprendió mucho porque las mujeres musulmanas jamás lo hacen. Fue muy especial para mí», recordó Cardo.
Precisamente, aquel fue el último año que Juanjo San Sebastián viajó a Pakistán con su hijo. Allí se reencontró con Karim, su hijo y sus nietas. «Tuve la certeza de que había mucha profundidad en esta relación, con tres generaciones unidas en un proyecto que posiblemente no termine nunca», compartió.
Una red de solidaridad que traspasa fronteras
La red de voluntarios ha sido imprescindible para que el proyecto de cooperación traspase fronteras y se dé a conocer. Entre quienes tuvieron claro que querían aportar su granito de arena está Mari Carmen Albiac, que comenzó como usuaria de los campamentos de verano, después fue monitora y llegó a coordinar los anuarios de la entidad hasta 2017. «Formar parte de esta red que crea tantos puentes es muy importante. Con Sarabastall aprendí la importancia de la solidaridad y tantos otros valores, que son los que han movido mi vida», subrayó la caspolina.
La Fundación también mantiene una relación especial con la asociación Grupo Bienvenida —vinculada a la antigua CAI—, que realiza una donación anual al proyecto. «Cada uno aporta un euro de su nómina que se destina a este proyecto de cooperación. Cada año pregunto a qué se ha destinado porque nos gusta sentirnos parte de este proceso y saber en qué hemos colaborado», señaló Adolfo Crespo, impulsor de la asociación.
La aldea de Hushé poco tiene que ver con la de hace 25 años. La visión y el compromiso de un grupo de caspolinos, de la mano de Sebastián Álvaro, han contribuido a mejorar la calidad de vida de sus habitantes y a transformar sus oportunidades de futuro. Al inicio, difícilmente se habrían podido imaginar los resultados alcanzados un cuarto de siglo después. Sin embargo, más allá de todo lo conseguido, la presidenta de la Fundación insiste en que lo más importante es que las iniciativas puestas en marcha «siguen vivas y creciendo». El siguiente reto, apuntó, es que el resto de las aldeas del valle sigan el ejemplo de Hushé, que hace 25 años era una de las más pobres y que hoy se ha convertido en la más próspera.
Último viaje realizado a Hushé, organizado este 2026./ Fundación Sarabastall
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