Los tambores, bombos y cornetas han dicho adiós este Sábado Santo en los pueblos de la Ruta hasta 2026 en multitudinarios actos. El Cese marcó por todo lo alto el fin de los redobles en municipios como La Puebla de Híjar -los últimos en acabar a las diez de la noche-, Calanda -los primeros a las dos de la tarde-, Albalate, Andorra, Alcorisa, Samper, Urrea y Alcañiz.
Las cornetas del Encuentro sonaron en diferentes balcones de la plaza de Calanda a falta de quince minutos para las dos de la tarde. Abajo, cientos de personas volvieron a llenar el espacio como el Viernes Santo para la Rompida, pero esta vez, para "echar la última". Eso lleva diciendo diez años Tomás Ballestero, pero como él mismo dice, "esto me encanta, me gusta mucho". Lo decía mirando a su corneta, la misma con la que casi dos horas antes esperaba paciente dentro del ayuntamiento a salir al balcón. Con 76 años camina a su ritmo, pero reconoce que no puede pasar sin estar en La Parada tocando y el grupo se lo agradece y bromean con él sobre su retirada. En un balcón, concretamente en el de la casa de la que un día fue de su abuelo, comenzó el acto Diego Buñuel y lo terminó abajo con todos los demás, con su túnica morada y batiendo maza sin parar sobre un bombo que se colgó al hombro. Acabó de esta forma su Semana Santa más especial y en la que él fue invitado de excepción en la Rompida, la del 125 aniversario del nacimiento de su abuelo.
En Alcañiz, el cese del toque comenzó como acto oficialmente en 2023 y cada año va cogiendo más fuerza. Se celebra el Sábado Santo a las ocho de la tarde en la plaza de España aunque este año las obras lo han trasladado delante de la iglesia Santa María la Mayor, el mismo lugar donde el día antes se pronunció el "suenen los tambores". Allí se concentró la marea azul alcañizana para dar los últimos toques a sus tambores.
Es el prior del Santo Entierro el encargado de levantar el cetrillo para, un minuto después, bajarlo para que los tambores de Alcañiz cesen su toque a la vez. En esta ocasión lo ha hecho José Vicente Marijuan, hijo de la priora, Manolina Alejos.
A las ocho de la tarde también acabaron los toques en Urrea de Gaén, donde el silencio se hizo cuando la alcaldesa lo marcó. Esta vez hubo una novedad, ya que empleó una banqueta para hacerse más visible para todos desde el centro de la plaza de la Iglesia. Desde ahí, a falta de un minuto para la hora se subió y se quitó el pañuelo blanco que lleva anudado como parte de la indumentaria. A en punto levantó la mano y lo agitó para que el ruido ensordecedor diera paso a abrazos y vítores. "Cada alcalde busca un poco el sitio desde el que se siente cómodo, el año pasado lo hice desde la barandilla pero a mí lo que me gusta es terminar este momento con mi cuadrilla dentro de la plaza, y pensamos en esto", dijo Silvia Blasco. Y así fue porque su peña la arropó en todo momento: le colocó la mesa/banqueta y la ayudó a subir mientras todos tenían un ojo en el reloj de la torre de la iglesia. Todo salió perfecto, incluso el clima se contuvo porque media hora antes llovía con mucha intensidad, pero diez minutos bastaron para escampar y dejar terminar la fiesta en paz.
Fue media hora después, a las ocho y media, en Andorra donde se marcaron el fin de los redobles. Una cita que volvió a ser otro éxito de convocatoria y seguimiento. Lo mismo que en Alcorisa, en Albalate el Arzobispo y en Samper de Calanda. Las cornetas desde el balcón marcaron el final samperino, que dejaba atrás una tarde de procesión y de rondas por las calles de grandes y pequeños. Mientras, en Híjar acababa la procesión de subida de imágenes, la que sirve para poner el broche a los redobles.
Con la noche cerrada solo quedaba La Puebla de Híjar por echar el cierre y eso pasó, como siempre, a las diez de la noche. Una vez más volvió a ser un cese impecable, en seco y sin titubeos. Media hora antes ya se congregaron las cuadrillas en la plaza, que esta vez llenan de negro, ya que Jueves Santo Rompen la Hora de calle en ese mismo lugar. En esa misma plaza empezó y terminó todo y acabó con todo el recinto lleno y con el ojo pendiente del alcalde. Pedro Bello volvió a arengar a la masa desde el cajón al que se sube para que todo el mundo lo vea. Mientras llega la hora, él provoca a los tamborileros pidiendo "más" y ellos responden acelerando el toque a tal punto que el ruido es un barullo ensordecedor. Y de repente, rasga el aire con los palillos que sujeta en una mano y rompe el silencio total revestido de gritos de alegría y palillazos al aire como aplauso. De la ovación se pasa al abrazo y al llanto incluso porque para el año que viene todavía queda mucho, aunque a La Puebla de Híjar se le pasará rápido pues ya está en la cuenta atrás en su estreno como sede de la Tamborada Nacional de 2026.
Horas y horas en las calles y también en Noche de Tambores
Los ceses ponen el broche a horas y horas de toques sin tregua en las calles. En unos pueblos acaban dos días de estar en las calles compartiendo marchas y redobles, piques sanos entre cuadrillas a ver cuál es la que contagia su toque a la otra, y noches enteras de rondas. En localidades como Alcañiz, es la madrugada de Viernes Santo a Sábado Santo cuando se desquitan con el toque libre. Lo volvieron a hacer en la llamada Noche de Tambores calentando manos sin túnicas y con muchas ganas de compartir. Desde el Viernes Santo cuando se exclamó el: "Suenen los tambores" el redoblar de los palillos no se dejó de escuchar en ningún momento en Alcañiz, donde decenas y decenas de personas hicieron retumbar sus tambores en la noche más ruidosa de la ciudad hasta altas horas de la madrugada. Con el sol en el cielo, y la ciudad despertándose, los tambores aún seguían resonando de manera aleatoria y dispersa por algunos rincones de Alcañiz ya en Sábado Santo. Diferentes a los que se escucharon la noche anterior, donde la plaza de España, las puertas de la iglesia y la plaza del Mercado se llenaron de centenares de tamborileros. Grupos de amigos, grupos de familias, aficionados y expertos, y algún que otro que tocaba el tambor por primera vez. No importó quién acudía a la cita, solo se necesitaban dos cosas: un tambor y ganas de tocar hasta el cese de las ocho de la tarde.