«Pues mirad, allá, a lo lejos donde fina el horizonte, y veréis alzarse humilde sobre la cima de un monte, la ermita hermosa y sagrada de la Virgen de los Pueyos, donde pobres y pudientes donde ricos y plebeyos, se arrodillan a sus plantas…». Este es un pequeño fragmento de ‘Para ti, Alcañiz. Ciudad querida de mi infancia’, un poema que firma Manuel Foz Bernaldo de Quirós. Apenas han trascendido datos de esta persona que además desarrolló una faceta política que merece mención aparte. En 1905 fundó Tierra Baja, periódico que dirigió hasta 1916, y de su puño y letra salieron varias poesías. Unas las dedicó a la ciudad de Alcañiz, pero otras fueron para su esposa e hija y unas cuantas para su madre, por la que se intuye que sentía una gran admiración. El costumbrismo lo dominó como nadie y detalló escenas de entre siglos XIX y XX como pocos. Así lo considera Miguel Ibáñez y por eso lo reivindica como «personaje importante de la cultura alcañizana».
La obra de Foz estuvo publicada en su época pero no se conserva y lo que ha llegado hasta nuestros días lo custodia Ibáñez. Hace años se encontró con parte de lo que un día fue una publicación entre las cosas que guardaba su padre. El progenitor fue uno de los llamados niños de la guerra y llegó a Alcañiz como tantos otros pequeños en un tren, en este caso desde Madrid. Antes de fallecer su padre de acogida, le entregó una maleta con recuerdos entre los que se encontraban tres libros y dos de ellos eran de Foz. Consiguió rearmar ‘Risas y llantos’, el libro de poemas, y también uno de los almanaques que editó Tierra Baja. «El hombre debía de leer y tendría posibles, por eso acogió a mi padre entre otras cosas, y me encontré con parte de estos escritos que llevé a restaurar porque lo merecen», señala. Algunas hojas tienen manchas y cercos de vasos de café y otras estaban rasgadas. Ibáñez encargó la recomposición a unas monjas en un convento de Zaragoza que se dedicaban a ello para sufragar gastos de su día a día. Hicieron un trabajo fino con papel de arroz y encuadernaron ambas obras por separado. Es la prueba de la huella de Foz de Alcañiz y viceversa y el anhelo ahora es conseguir que toda la sociedad pueda disfrutar de su verso y su prosa. Ibáñez intentó encontrar editores y reunir dinero pero no lo logró. Quizá no era el momento o sí, pero no dio con la sensibilidad adecuada. Vuelve a lanzar el llamamiento para que Alcañiz conozca a uno de sus ilustres y para que al mismo tiempo, a él se le haga justicia. «Está olvidado. Ni si quiera en el callejero se le honra a él ni a otras muchas figuras», reflexiona.
Reconocer a sus ilustres
Ibáñez, librero de profesión desde hace cuatro décadas, destaca la calidad de los poemas de Foz. «Me parecieron fantásticos y hace una descripción de Alcañiz que es una maravilla. Los episodios baturros son otra genialidad porque se llevaba mucho el costumbrismo y lo borda», explica. Cabe destacar que algunos de estos poemas sí están editados, y fue a través de la Asociación Cultural Teresa Salvo El Cachirulo. «Hace años me invitaron a sus jornadas culturales y les hablé del autor y leí algunos de los poemas más aragoneses. Quedaron encantados porque son una maravilla, de verdad, y editaron algunos en un folleto», sonríe agradecido por este pequeño gran logro.
El librero se puso a indagar con la ayuda de Ignacio Micolau, entonces técnico de Cultura municipal; de Teresa Thomson que sigue al frente del archivo municipal, y de Jesús Jaime, el anterior párroco de Alcañiz, entre otras personas. Concluyeron que era hijo del alcañizano Manuel Foz y de Felipa Bernaldo de Quirós, natural de Las Navas del Marqués, provincia de Ávila, donde se casaron en 1875 y donde creen que nacieron los dos primeros hijos, uno de ellos, el escritor y político protagonista. Calculan que la familia se trasladó a Alcañiz entre 1875 y 1880 y que el escritor permaneció al menos hasta 1921, cuando su pista se pierde al ser nombrado Gobernador Civil de Navarra el 7 de septiembre de ese año. «Ya no continué, pero seguro que tirando más de los archivos salen más datos», anima Ibáñez. «Tierra Baja se fundó en plena ebullición del Humanismo, en la primera edad dorada de la cultura alcañizana con tres periódicos y la imprenta de la calle Espejo funcionando. Había mucha gente muy interesante», añade. Cólera, el belmontino Pío Membrado, o Eduardo Jesús Taboada son algunos. Los tres escriben en el más que curioso para los ojos del siglo XXI almanaque de Tierra Baja. Taboada, además, firma el epílogo de ‘Risas y llantos’.