«Mi sangre es negra y mi herencia minera»

Una crónica en primera persona de Aitana Rodríguez De Toro, estudiante de Periodismo de la Universidad de Zaragoza, que explora las raíces mineras de Andorra
Publicado por Aitana Rodríguez el 10 de abril de 2024

Una crónica en primera persona de Aitana Rodríguez De Toro, estudiante de Periodismo de la Universidad de Zaragoza*

Es viernes. Conduzco por las carreteras del Bajo Martín, dejando atrás el bullicio de la ciudad. El asfalto desgastado y el olor a campo me guían hacia un destino impregnado de historia y tradición: Andorra, un rincón de interior que ha resistido el paso del tiempo, la invisibilidad y el abandono que a menudo ha caracterizado a estos pueblos de la España vaciada. No es un viaje cualquiera, es el regreso a casa, a mi pueblo, donde las montañas parecen susurrar viejas historias de esfuerzo, donde la industria minera ha sido el corazón latente de la comunidad durante generaciones.

Este municipio, anclado en el Somontano del Sistema Ibérico Turolense, es testigo de una rica tradición carbonífera que ha moldeado el paisaje y el carácter de sus habitantes. Recuerdo las palabras de mi madre: «Hay que saber quienes somos, pero también de dónde venimos». Ser nieta, hija, sobrina y prima de mineros forma parte de mi identidad.

Vamos a adentrarnos un poco en la historia. Ya en el siglo XVIII se descubrieron importantes yacimientos de carbón en la comarca de Andorra-Sierra de Arcos. Este hallazgo marcó el comienzo de una actividad minera que transformaría de forma radical la economía de la región. Durante el siglo XIX se produjo un auge en la extracción del carbón en la zona, impulsado por la revolución industrial y la creciente demanda de combustible para la industria y el transporte. Grandes compañías mineras comenzaron a establecerse en Ariño y Andorra, como ENDESA y SAMCA.


En el siglo XVIII se descubrieron importantes yacimientos de carbón en la comarca de Andorra-Sierra de Arcos. El auge en la extracción se produjo en el siglo XIX impulsado por la revolución industrial


Es indiscutible que la minería del carbón primero y el binomio minería-electricidad más tarde, han sido elementos clave en la evolución de Andorra. Son los dos factores en torno a los cuales gira la historia de esta comarca, que, junto con Cuencas Mineras, ha concentrado la actividad minera de la provincia. Este período de expansión minera también atrajo a un gran número de trabajadores de diferentes regiones de España, en particular de Andalucía, en busca de empleo en las minas de carbón de Andorra. Estos trabajadores migrantes desempeñaron un papel fundamental en el desarrollo y la operación de la industria minera en la región, contribuyendo a su crecimiento y consolidación. Así lo explican Josefina Lerma y Gema Fabro en su libro De carbón es la luz.

Al hablar de minería, Andalucía y migración, la imagen de mi abuelo se proyecta en mi mente. Recuerdo cuando, sentada en su regazo, me contaba las travesías que enfrentó en los años 50 al escapar del momento difícil que vivía Andalucía para buscar un lugar mejor en el que vivir con su mujer y su primer hijo. Sus pasos lo llevaron a Andorra y a las minas que se alzaban como pilares de la comunidad. Este fue el comienzo de la historia minera de mi familia.

El abuelo de Aitana Rodríguez picando en la mina Santa María (Ariño)./ Archivo familiar

El camino a la mina

Mi padre, Manuel Rodríguez, creció en Andorra rodeado de los ecos de la actividad minera. Desde que nació, la sombra de la minería se cernía sobre él, y pronto se convirtió en una parte integral de su vida. A medida que sumaba años, la comunidad minera lo envolvía, y la elección de seguir los pasos de su familia se convirtió en algo inevitable.

«Recuerdo cuando le dije a mi padre que, al igual que él y mis hermanos, iba a entrar a la mina. Casi se le sale el corazón del pecho, sabía lo duro que era y no quería que su hijo pequeño, con tan solo 27 años, se metiese también en ese mundo. Pero en aquellos tiempos, las opciones de trabajo eran limitadas y se reducían a la mina o la construcción», afirma Rodríguez.

Le pregunté por qué no estudió, por qué no buscó una alternativa. Con la voz entrecortada me explicó que, con el sueldo de su padre en la mina, tenían que alimentar a cinco hijos. Era impensable poder costear la universidad. Tuvo que ponerse a trabajar de inmediato para contribuir al sustento de la familia.


«Recuerdo cuando le dije a mi padre que, al igual que él y mis hermanos, iba a entrar a la mina. Casi se le sale el corazón del pecho, sabía lo duro que era y no quería ese mundo para su hijo pequeño»


La expresión «entrar en la mina» significaba pasar a formar parte de la plantilla. Durante la época en la que el nivel de mecanización no era alto, al minero no se le exigía ninguna formación anterior. La única limitación era física, de hecho, la revisión médica previa a la admisión constituía uno de los pocos requisitos oficiales. El trabajador se incorporaba al proceso productivo desde el escalón más bajo: ayudante de minero. Para muchos en Andorra, la minería no era solo un trabajo, sino una forma de vida arraigada en la historia y la identidad colectiva del pueblo. Mi padre, al igual que muchos otros jóvenes de su generación, se vio atraído hacia este camino por una combinación de tradición familiar y oportunidades laborales limitadas en la región.

«La mina es un lugar de trabajo que no se parece a ningún otro» -decía mi abuelo- «es un laberinto subterráneo revestido de peligro». Aunque hay otras características que contribuyen a la singularidad de este oficio, como la oscuridad, el polvo y la dureza física de la tarea. En los años sesenta, los salarios eran muy bajos y las condiciones en las que se extraía el carbón, muy difíciles. «Los trabajadores acudían a las explotaciones de la Val de Ariño, casi siempre a pie, incluso desde otros pueblos, el encargado anotaba los nombres y entregaba la ración de carburo (que debía pagar el minero) y la rudimentaria herramienta a cada minero, que dejaba su ropa en un cuarto y bajaba al lugar de trabajo». Esto marcaba el paso de su día a día.

El arranque del mineral se hacía a golpe de pico y con ayuda de la explosión de barrenos de dinamita, para, a continuación, afrontar la labor de sacar el carbón al exterior en vagonetas. Las pequeñas heridas se cubrían con el polvo del carbón. Es evidente, ya lo decían Lerma y Fabro, que la modernización de la extracción del carbón de las décadas siguientes no iba a repercutir sólo en una mayor producción y rentabilidad empresarial, sino que significaría un cambio muy importante en las condiciones de trabajo (e incluso en la consideración social) de los mineros.


La única limitación para trabajar en la mina era física, de hecho, la revisión médica previa a la admisión constituía uno de los pocos requisitos oficiales


Mi padre solía contarme que, a pesar del agotamiento físico, cada jornada en la mina era un desafío que abordaba con determinación y coraje, entró queriendo aportar dinero a sus padres, y salió con su hija y su mujer al lado. 20 años bajo tierra, con carbón hasta en las pestañas y con el orgullo de haber labrado un futuro mejor para los suyos.

Recuerdo sus relatos sobre cómo se adentraba en las profundidades de la tierra, equipado con su casco y su lámpara, listo para enfrentar otra jornada más. «No hay nada como el silencio sepulcral que experimentas una vez que desciendes al corazón de la mina», solía decir. «Es como entrar en otro mundo, un mundo donde el tiempo parece detenerse y solo la tarea encomendada ese día importa». También compartía anécdotas sobre los momentos de risas que vivía con sus compañeros -que no eran muchos-. «En la oscuridad de la mina, la risa se convierte en nuestro mejor aliado», solía afirmar. «Nos reímos juntos, compartimos historias de la vida fuera de la mina y nos apoyamos en los momentos difíciles. Al fin y al cabo, los compañeros también se vuelven familia».

Siempre recordaré la primera vez que vi a mi padre llorar. Le tocaba turno de noche. Todo parecía normal. Una jornada más de trabajo, hasta que un chirriante ruido retumbó por las calles de la mina. Las vagonetas habían descarrilado, produciéndose el fallecimiento de uno de sus compañeros. «La mina es un lugar de sorpresas. Nunca sabes lo que puede pasar. Mi compañero era de Polonia, tuvimos que pagar entre los compañeros el funeral. Su familia no tenía dinero para la repatriación», declaraba Rodríguez.

Las huellas del carbón nunca se borran. Sales de la mina recubierto de negro, un negro que se adhiere a tu piel, a tu ropa, a tu ser. Y así como el carbón se aferra a ti, también se aferra a tu familia. Aquello que ha sostenido tu hogar durante tantos años se convierte en parte de tus raíces.


Siempre recordaré la primera vez que vi a mi padre llorar. Las vagonetas habían descarrilado, produciéndose el fallecimiento de uno de sus compañeros


Las huellas del carbón

Mi abuelo, un hombre valiente y decidido, emigró desde Andalucía en busca de oportunidades laborales en las minas de Teruel. Fue él quien, con su espíritu pionero, inició nuestra conexión con la minería de esta región. Siguiendo sus pasos, mi padre, Manuel Rodríguez, se sumergió en el mundo subterráneo desde una edad temprana y asumió la responsabilidad de mantener a la familia. Y así, la tradición minera se transmitió de generación en generación, con hermanos y tíos que siguieron el ejemplo de mi abuelo, forjando su propio camino marcado de negro. Este legado muestra el valor de la perseverancia, del trabajo duro y del compañerismo. Cada relato de mi abuelo, cada marca de las heridas de mi padre, me recuerdan quién soy y de dónde vengo.

Aún recuerdo cuando anunciaron el recorte al sector de la minería y su posterior cierre en 2012. Con tan solo 10 años, los cánticos de Santa Bárbara bendita y el canto a la libertad de Labordeta ya me erizaban la piel -a día de hoy lo siguen haciendo-. Cientos de manifestaciones marcaron mi niñez. En mi memoria guardo momentos como la entrada de «la marea negra» a Madrid. Llevaba semanas sin ver a mi padre y me agarraba del brazo de mi abuela observando con determinación la televisión para ver si lo encontraba entre la multitud. O el momento en el que echaron a mi madre (Emilia De Toro) y a otras «mujeres del carbón» del Congreso de los Diputados por revelarse cuando aprobaron ese recorte al sector. El papel de las mujeres ha sido, es y será crucial en la historia minera, como recuerda Berta J. Luesma en El tajo fuera de escena.


En mi memoria guardo momentos como la entrada de «la marea negra» a Madrid. O cuando echaron a mi madre y a otras «mujeres del carbón» del Congreso de los Diputados por revelarse


Era pequeña, sí, pero viví la angustia -a pesar de que mi madre disimulaba muy bien- de no saber qué iba a pasar con nuestro futuro.

-«Tuvimos suerte, me prejubilaron», afirma Manuel Rodríguez.

Manuel Rodríguez alzando el puño en una de las multitudinarias manifestaciones./ Archivo familiar

El dolor del declive

El cierre de las minas era algo inevitable. En 2019 Ariño clausuró sus últimas minas. En 2020 la Central Térmica de Andorra cerró sus puertas al no poder cumplir los requisitos ambientales que marca la Unión Europea; ya en 2022 se produjo el desmantelamiento. Un pueblo marcado por el polvo del carbón no se convertía en nada más que en eso. Polvo.

«Ahora queda esperar que los planes de transición justa del ministerio se cumplan. Hay rumores de nuevas empresas que quieren trasladarse a nuestra comarca, pero como siempre, solo son rumores», afirma Emilia De Toro.

Demolición de la chimenea de la Central Térmica de Andorra en febrero de 2023./ Aitana Rodríguez De Toro

El cierre de las minas y el colapso de la central eléctrica señalaron el fin de una era en Andorra. El impacto de este declive económico marcó un antes y un después en las familias mineras, que se vieron bajo la incertidumbre y el dolor de perder no solo sus medios de subsistencia, sino también una parte fundamental de su identidad. A medida que la región se enfrenta a esta nueva realidad, surgen preguntas sobre el futuro y las perspectivas de desarrollo. ¿Cómo se adaptará la comunidad a estos cambios? ¿Qué proyectos y esperanzas impulsarán el renacimiento de la región?


El cierre de las minas y el colapso de la central eléctrica señalaron el fin de una era en Andorra. ¿Qué proyectos y esperanzas impulsarán ahora el renacimiento de la región?


En la actualidad, los vecinos de Andorra seguimos esperando alternativas. Son muchas las promesas y pocos los hechos. En un momento de transición y cambio, es importante recordar nuestras raíces y mirar hacia el futuro con esperanza y determinación. Si mi abuelo levantara la cabeza, alzaría la voz y me diría: «pase lo que pase, recuerda quien eres. Tu sangre es negra y tu herencia minera».


Crónica periodística, un género que narra un acontecimiento real directamente vivido por el periodista. A pesar de ser la impresión visual del autor (e incluso usar la primera persona), mantiene la objetividad de los hechos.

Ver comentarios (1)

  • Emocionante artículo, Aitana. Ojalá tu esfuerzo dé frutos pronto. Mucho ánimo