135 Quintos de Alcañiz vuelven a encontrarse gracias a Pueyos

Miguel Comín es el prior de este año. Su labor principal se centra en la mejora de la casa de la ermitaña, y empezarán las obras después de las fiestas
Publicado por Beatriz Lecha el 8 de septiembre de 2026

La cantidad de coches aparcados en los alrededores del Santuario de la Virgen de los Pueyos ya presagiaba que aquel no era un martes cualquiera. Eran casi las diez de la mañana, pero dentro y fuera del recinto el trabajo llevaba tiempo en marcha. Unos podaban árboles y arrastraban carretillas cargadas de ramas; otros repasaban los jardines con la sopladora, limpiaban malas hierbas o comprobaban el sistema de riego. Dentro de la casa, otro grupo se afanaba escoba en mano para dejar cada rincón limpio. Y, mientras tanto, desde las cocinas comenzaba a llegar un olor que distraía a cualquiera.

Así son los martes desde finales de abril para buena parte de la quinta de los nacidos en 1960. Este año son 135 las personas que forman parte del grupo, con Miguel Comín como prior. Empezaron a subir después del Día del Voto, celebrado el 19 de abril, y desde entonces la cita semanal comienza alrededor de las ocho de la mañana. Aquel día, había más de 50 quintos dispuestos a trabajar.

Y faena no les falta. Entre todos van realizando pequeñas labores para que Pueyos llegue en las mejores condiciones posibles al 9 de septiembre. La principal actuación se concentra en la antigua casa de la ermitaña, una vivienda que llevaba mucho tiempo sin una intervención de importancia. Antes de las fiestas, se han dedicado a vaciar muebles y limpiar el espacio. Está previsto sustituir la antigua bañera por un plato de ducha y pintar la vivienda de arriba abajo.

Todo lo necesario para Pueyos

A tres semanas del día grande, los jardines, la iglesia, los accesos o la zona de la cruz recibían una atención constante. Allí, mientras quitaban las malas hierbas, alguno todavía encontraba tiempo para bromear. «Esto es de última tecnología, le das a un botón y hace la faena sola», decían entre risas mientras empuñaban las azadas.

Las mujeres de la quinta se organizan para participar y coincidir, en principio, una vez al mes. Aquella mañana eran numerosas, y buena parte de ellas estaba volcada en la limpieza de la iglesia. Escaleras abajo, alguna seguía con la escoba levantada intentando alcanzar hasta la última telaraña del techo. Su presencia cambia por completo las jornadas, según reconoce el propio prior con humor: si ellas no vienen, dice, aquello parece «una película en blanco y negro» y cuando llegan «se pone de color».

Más que una mañana de labor

«Esto va a ser un año inolvidable», resume Miguel Comín. La junta se muestra satisfecha, y en el ambiente las bromas aparecen a cada paso. Personas que hasta hace unos meses podían cruzarse por Alcañiz con poco más que un saludo, ahora se paran, hablan y recuerdan historias juntos. El reencuentro es todavía más evidente entre quienes ya no viven en Alcañiz. Apuntarse a la quinta ha significado volver a encontrarse con compañeros que conocían desde niños, pero de los que habían perdido el contacto. «Está bien para recordar viejos tiempos», resumía uno de ellos.

Poco antes de las 10.00, el trabajo ya está terminado. En la cocina, dos largas mesas esperan preparadas, con las sillas colocadas y las bebidas servidas. Entonces suena la campana. Los quintos se sientan y los cocineros reparten el almuerzo: sardinas fritas, lomo, patatas fritas y pimientos del piquillo. El trabajo deja paso a la charla, las bromas, las fotos antiguas y las anécdotas. Después llegan el café y los postres. Antes de volver a casa, todavía queda tiempo para una partida de guiñote.

Dentro de poco, cambiarán las herramientas por sus mejores galas y todo el trabajo realizado quedará a la vista de los cientos de alcañizanos que volverán a subir al santuario. Han cuidado Pueyos, sí, pero el camino también ha hecho algo por ellos: volver a juntarlos.