Miguel Casanova y Fernando Gil, premiados en el FIBC, reflexionan en Calanda sobre el audiovisual y proyectos
Siguen juntos y dicen que separarse es «complicado». No hay necesidad de separación porque Miguel Casanova y Fernando Gil forman un tándem que funciona como un reloj. De hecho, después del verano tienen previsto comenzar a rodar el próximo corto.
Miguel, es guionista y director y Fernando, su inseparable director de fotografía. Su última creación ha sido «Vergüenza», un cortometraje seleccionado para verse en el FIBC (y en el que también participa el calandino Andrés Conesa en el equipo). «Es una historia con un presupuesto muy pequeño para lo que después se ve en pantalla», dice Gil. «No es fácil que pueda gustar, no es sencillo en ese sentido, así que, cuando nos seleccionan y nos dan la oportunidad de mostrarlo, estamos felices», añade Casanova. «Lo mejor de los festivales es la oportunidad de llegar a la gente y que tu trabajo se vea», añade Gil. Hacen esta reflexión justo después de proyectar y, por lo tanto, aún no saben que ha sido el más votado por el público.
Para Fernando es la primera vez en Calanda. Es zaragozano, -criado en Villanueva de Gállego- residente en Madrid, igual que Miguel. Zaragozano, -criado en largas y frecuentes visitas a Valdealgorfa a ver a la familia paterna-, Casanova conoce el Bajo Aragón y también el Festival. Ya se vio otro trabajo suyo en ediciones anteriores fuera de concurso. Era «Milkshake Express», Premio Simón al Mejor Corto y con Fernando también en sus filas. «Tengo el recuerdo de venir de niño al festival y al CBC», dice. Fernando espera que esta no sea la última. «Ojalá alguna vez esta especie de sociedad que hemos montado dé una película que se pueda proyectar aquí», desea.
De momento, la sociedad Gil Casanova se reunirá de nuevo en septiembre para rodar el nuevo corto que llevará por nombre «24.7». «Va un poco en la línea de «Vergüenza» en cuanto a que es algo chiquitito y aunque no será solo en una secuencia tiene otros retos. Yo tengo muchas ganas y muchos nervios», dice Casanova.
Asegura que cada vez que rueda es como si fuera la primera vez, una sensación que cree que es positiva ya que todo lo que sea asumir retos es sinónimo de seguir aprendiendo. Este planteamiento es el que más valora Gil a la hora de lanzarse a la piscina de la mano de su colega. «Es un guionista y director de actores espectacular y en foto siempre me genera nuevos desafíos que es lo que me hacen crecer y tratar de evolucionar», reflexiona.
En este sentido, ambos trabajan en varias cosas a la vez. Miguel, cuya pasión es escribir, lo está haciendo ahora para otra gente. Dentro de poco estrenará el nuevo corto de Damià Serra, el mismo director de «En la azotea», cortometraje que quedó nominado a los Goya. En aquel y en este, el guión está escrito entre los dos. También hay un corto que ha escrito en solitario y que lo dirigirá David Goñi. «Fernando, que fue el que me lo propuso, hará la foto. Es una historia preciosa y es de lo que más contento estoy», comenta.
Gil, por su parte, enlazará el rodaje de «24.7» con otro corto en octubre mientras compagina todo con su trabajo en sala de cine como técnico de iluminación. En los últimos meses ha dejado su huella en películas como «Terminator», en la parte de Madrid, antes en «Vergüenza», «¿Qué te juegas?» y «Arde Madrid», entre otras. Esta última, dirigida por Paco León y que se estrenará en Movistar Plus en otoño.
Es en blanco y negro. «Hablando de los retos, para la foto ha sido uno brutal», dice riendo. De dirigir esta parte se ha ocupado Pau Esteve (Goya por «Caníbal»). «Es estupendo, mi trabajo me permite aprender de grandes directores de foto y seguir evolucionando, disfrutando y aplicarlo en los cortos», cuenta. «Esto es fundamental, que quien haga cortos lo compagine con incursiones en otras producciones y haciendo de todo», añade Casanova en esta tertulia improvisada acerca del sector.
Casanova también es un ejemplo de ello. Además de todos los proyectos personales, forma parte de MOD. Esta productora se ha encargado, entre otras, de «Mientras dure la guerra», la película que está rodando -o intentándolo- Alejandro Amenábar en Salamanca. En la oposición tuvo a asociaciones como la de Millán Astray.
«Que en este país cueste tanto sacar adelante una película de un director que tiene un Óscar, es muy duro y muy absurdo», dice. Dice que le apasiona este periodo y que quedan muchas historias por contar pero nunca se ha decidido. El domingo se pasó «Gurs», un documental en el que Julián Casanova aporta su parte. «Si alguna vez me animo tengo al mejor asesor en casa, para mí sería un honor y un placer trabajar con mi padre», concluye.