El Curso Nacional de Periodismo de Alcañiz puso fin a su octava edición tras reunir a cerca de 200 personas y 104 alumnos matriculados y alrededor de 80 asistentes a las ponencias abiertas. " El balance es muy bueno y demuestra que fuera de las grandes ciudades también surgen proyectos muy potentes como este" señala la directora del curso, Eva Defior. Las jornadas han confirmado que las emergencias han dejado de ser situaciones excepcionales y exigen estructuras, profesionales y ciudadanos preparados para afrontarlas. "Ha sido un curso de grandes aprendizajes. Queremos que los que vengan aquí se lleven algo del territorio, añadió Defior en los micrófonos de Radio La Comarca.
Representantes de Bomberos, Protección Civil, Agentes para la Protección de la Naturaleza y GREIM pusieron sobre la mesa la necesidad de reforzar efectivos y recursos, avanzar hacia una coordinación común que permita actuar como un único operativo y mejorar la formación ante emergencias cada vez más complejas y técnicas. También reclamaron una verdadera cultura de la prevención, con planes de protección y emergencia en el ámbito local que preparen a la población antes de que llegue la catástrofe. "Hemos hablado de cuestiones que nos afecta a todos y que nos preocupan. Ha habido mucho debate que ha permitido reflexionar", defiende.
Aragón cuenta con una experiencia y una capacidad de respuesta valoradas por sus profesionales, pero episodios como la DANA, los grandes incendios o las riadas demuestran que anticiparse, coordinarse y formar a la sociedad civil será cada vez más importante. En el ámbito periodístico, el curso ha supuesto una profunda reivindicación del oficio y, especialmente, del periodismo sobre el terreno. Manuel Marlasca lo resumió al defender que ante un suceso hay que «ir, ver y oír. Pero sobre todo ir».
En este sentido, Carlos Quílez recordó que el periodista necesita pisar la calle porque allí aparecen los detalles, las fuentes y las historias que ninguna búsqueda desde una redacción puede sustituir. Cruz Morcillo, Antonio Pampliega, Joaquín Castellón y el resto de profesionales coincidieron en principios que atraviesan todo buen periodismo de sucesos e investigación, construir y cuidar las fuentes durante años, contrastar cada dato, acceder siempre que sea posible a los documentos originales, utilizar un lenguaje preciso, mantener la presunción de inocencia y comprender que publicar una información implica también asumir sus consecuencias.
La fascinación social por el mal y el crecimiento del true crime abrieron además un debate constante sobre los límites. Entrevistar a delincuentes puede aportar conocimiento y ayudar a comprender un crimen, siempre que comprender jamás se convierta en justificar y que el relato preserve el lugar central de las víctimas. El respeto, el rigor y la responsabilidad aparecieron como las grandes líneas rojas frente al morbo y el infoentretenimiento. Tere Vilas recordó que detrás de los llamados «casos» hay personas que cuentan su historia en el peor momento de su vida; Carlos Quílez reivindicó a la víctima como parte indispensable del relato; y Carmen Corazzini incidió en el riesgo de la revictimización. Incluso saber cuándo una información debe esperar porque puede perjudicar una investigación forma parte de esa responsabilidad.
El riesgo de los bulos y la desinformación atravesó igualmente buena parte del curso, en un momento en el que la inteligencia artificial permite generar textos, imágenes y contenidos de apariencia periodística con enorme rapidez. Frente a ello, los profesionales reivindicaron un periodismo que pisa la calle, observa, pregunta, contrasta y mantiene contacto directo con las fuentes y con la realidad. El trabajo sobre el terreno se convierte así en una de las principales herramientas para combatir la desinformación y diferenciar el periodismo de los contenidos y reportajes generados mediante inteligencia artificial.
La tecnología puede transformar las herramientas y acelerar los procesos, pero la credibilidad sigue construyéndose a partir de fuentes reales, documentos, comprobación y presencia allí donde ocurren los hechos. Queda también una reflexión sobre quienes cuentan estas historias. El periodista de sucesos convive durante años con el dolor, la violencia y la tragedia y necesita aprender a protegerse para poder seguir ejerciendo.
Frente a la velocidad de las redes, los bulos y la obsesión por llegar primero, Alcañiz ha reivindicado durante tres días algo mucho más elemental: comprobar, preguntar, escuchar, desconfiar, contrastar y estar allí. Como señaló Joaquín Castellón, la información nos hace más libres y el periodista, más que poder, tiene responsabilidad. Para finalizar, fueron varios los ponentes que insistieron en que cuanto más al límite se encuentra una sociedad, más necesita un periodismo riguroso, humano y pegado al terreno. "Los alumnos se han llevado la necesidad de salir a la calle y conocer a la gente que hay detrás de un suceso o algo que acaba de suceder", concluye Defior.
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