Antonio Bascones asumió el reto que tenía ante sí con responsabilidad, mucho agradecimiento y también con una sonrisa que no se le borró del rostro en ningún momento. Desde que supo que iba a ser el pregonero de la Semana Santa de su querido Alcañiz, se puso a ello y en apenas un par de días puso negro sobre blanco lo que quería expresar, lo que salió de dentro. A partir de ahí, fue modelando y dando forma al texto, dotando a las ideas de una estructura, y dejándolas reposar de cuando en cuando. Recibió la llamada del alcalde un domingo mientras trabajaba en su despacho, "como tantos días desde bien temprano en la madrugada", y tras escuchar sus palabras y su petición, comenzó a rebuscar en su interior.
No le resultó complicado porque Alcañiz habita en él todo el tiempo, aunque físicamente se vean en contadas ocasiones durante el año, aunque esas contadas son frecuentes. "Me gusta conducir, así que, no tengo problema en ponerme en viaje muchas veces", decía tras firmar en el Libro de Honor del Ayuntamiento antes de salir al escenario del teatro. Lo tiene todo Alcañiz, entonces como buen amante del motor.
Antonio Bascones reside en Madrid, y en su armario guarda la túnica y el primer tambor que tuvo, "un tambor, tambor, que era de Alejos", añade. En el pregón le dedicó muchas palabras a ese tambor, y a esa túnica, y a las horas en las calles en procesiones o compartiendo toques desde niño. También le dedicó muchas palabras palabras a sus padres y a sus tías, artífices de la túnica. Habló de la historia de Alcañiz como clave en el devenir de Aragón, y se detuvo en tratar de explicar qué conexión hay entre hombres y tambores que hace que cada primavera, todos busquen reunirse con los suyos y viajan desde donde estén. Al doctor le bastaron apenas quince minutos para expresarse, optó por un pregón no muy largo pero no exento de nostalgia y de recuerdos en los que cualquier alcañizano puede reconocerse.
"Desde niño, cada Semana Santa de Alcañiz salía a tocar el tambor, era un deseo irrefrenable de fundirme con el pueblo, de caminar con él y de sentir su latido, aún conservo la túnica de mi infancia que duerme en el armario de la vida, donde se guardan tantos afectos y recuerdos", se sinceró el pregonero, que pasó su infancia en la calle Blasco.
"Los redobles del tambor elevándose al cielo en las procesiones no son solo sonidos, son arpegios sencillos y hondos cargados de emoción que los alcanizados llevamos grabados en lo más profundo del corazón. Por eso año tras año muchos regresan a su ciudad para reencontrarse con algo que no se olvida, la memoria, la fe y el sentimiento de pertenencia", expuso.
Son días los que empiezan de cuidar la tradición y el legado, y días en los que "los mayores miran con añoranza, recuerdan cuando ellos siendo jóvenes paseaban su tambor por estas mismas calles. Hoy lo hacen sus hijos y mañana lo harán los hijos de sus hijos porque las tradiciones superan los años y los tiempos para permanecer imperecederas", añadió.
"Soy testigo del esmero, de las horas de trabajo, de la dedicación"
El párroco, Juan Esteban Montoya, abrió el acto del pregón en el que pidió a Dios "que el tiempo nos acompañe" y en el que deseó "con toda la fuerza" de su corazón que todo el mundo viva una Semana Santa muy alegre. Para el párroco, son días que "deben mover algo en el interior de nuestro corazón". La Semana Santa "no puede ser un mero folclor, sino la vivencia plena de una fe que nos llama a ser mejores creyentes, más auténticos, más coherentes, mejores personas". Aludió a todo el trabajo que hay detrás. "Soy testigo del esmero, la dedicación, de las horas de trabajo y del esfuerzo que ponéis para que todo salga de la forma más exquisita. Eso solo se logra con un corazón apasionado, un corazón amante que vibre y que sienta la Semana Santa, con sus procesiones, sus tambores, sus peanas, su liturgia, sus trajes, en fin, con todo lo que ella nos trae. En el fondo de algunos corazones podría estar la percepción de que todos estos actos son sólo sentimentalismo de un momento puntual. Estoy convencido de que no es así. Creo firmemente que en la conciencia de cada persona, de cada cofrade, que es capaz de llevar sobre sus hombros una peana o en sus brazos una vela, no sólo hay ilusión sino también una fe que solo Dios puede entender", apuntó.
"Es una manera de entender quiénes somos"
El alcalde, Miguel Ángel Estevan, tomó el testigo en el turno de palabra y comenzó refiriéndose al relevo generacional. "La Semana Santa de Alcañiz no es únicamente un calendario de procesiones, es una manera de entender quiénes somos", dijo. Para el alcalde, "es el sonido de los tambores que nos acompaña desde la infancia, el recuerdo de quienes nos enseñaron a vestir la túnica por primera vez, la emoción compartida en familia y la memoria viva de generaciones enteras que han transmitido esta tradición hasta hacerla inseparable de nuestra ciudad". "Nuestra Semana Santa, declarada fiesta de interés turístico internacional, es una de las expresiones más profundas de nuestra historia colectiva. Pero lo verdaderamente importante no es el reconocimiento exterior, lo verdaderamente importante es lo que significa para nosotros, lo que significa para cada familia, para cada cofrade, para cada tamborilero y para cada niño que espera con ilusión el momento de volver a escuchar el primer redoble", reflexionó.
Para expresar este sentimiento, Estevan citó unos pasajes de la columna de opinión de la directora de La COMARCA, Eva Defior, 'Entrar en el círculo' al hilo de Miércoles de Ceniza: "No hay épica en la organización, ni silencio solemne, hay cierto caos, palillos que se buscan, huecos que se negocian, niños que preguntan, mayores que recolocan tambores. La plaza de España de Alcañiz respira desorden cotidiano y de pronto el latido arranca. En medio de ese aparente desconcierto, alguien marca, otro responde y lo que era dispersión, se convierte en pulso. En el acto impulsado por la Escuela del Tambor, en la cuna de la Ruta del Tambor y Bombo del Bajo Aragón, no hace falta solemnidad para que algo profundo suceda, solo se necesita escucha, el primer compás que es una invitación y ahí se ve lo más valioso. Los que saben no se colocan delante, se sitúan detrás de los novatos, literalmente detrás, sosteniendo el ritmo cuando titubea, ajustando medio segundo sin hacer ruido, sin señalar, sin juzgar, solo acompañando".