No hay épica en la organización. Ni silencio solemne. Hay cierto caos. Palillos que se buscan, huecos que se negocian, niños que preguntan, mayores que recolocan tambores. La plaza de España de Alcañiz respira desorden cotidiano. Y, de pronto, el latido arranca.

En medio de ese aparente desconcierto, alguien marca. Otro responde. Y lo que era dispersión se convierte en pulso. En el acto impulsado por la Escuela de Tambor, en la cuna de la Ruta del Tambor y Bombo del Bajo Aragón, no hace falta solemnidad para que algo profundo suceda. Solo se necesita escucha. El primer compás es una invitación. Y ahí se ve lo más valioso: los que saben no se colocan delante. Se sitúan detrás de los novatos. Literalmente detrás. Sosteniendo el ritmo cuando titubea. Ajustando medio segundo sin hacer ruido. Sin señalar, sin juzgar. Solo acompañando.

En tiempos donde todo parece examen y escaparate, ese gesto es casi subversivo. Nadie corrige desde la superioridad. Nadie exhibe destreza para imponerse. Aquí tocar mejor implica una responsabilidad silenciosa, la de cuidar el ritmo del otro.

Al principio hay vacilaciones. Algún golpe se adelanta, otro llega tarde. Pero el oído colectivo actúa como red. Si alguien se descuadra, el conjunto lo envuelve. El respaldo no humilla, sino que arropa. Y esa diferencia se nota en el conjunto, en la atmósfera cómplice.

Poco a poco el ritmo se asienta. Las muñecas encuentran su cadencia. Hacemos un círculo infinito, sin fisuras. Como el propio tambor que sostenemos entre las manos: redondo, cerrado, sin principio ni final visible. No es casualidad. El cerebro deja de dispersarse. Golpe tras golpe, el pensamiento se ordena. Hay algo profundamente introspectivo y a la vez catártico en esa repetición compartida, en esa concentración que no aísla sino que une. Los órganos vitales conectan exterior e interior, vibrando al mismo tiempo que el tambor.

Muchos miran y no tocan. Cada año son menos, es cierto, pero todavía hay quien prefiere el margen. ¿Por qué no se suman? ¿Miedo a equivocarse? ¿A no estar a la altura? ¿A que el primer golpe suene torpe? ¿A exponerse? Tal vez lo que falta no es voluntad, sino confianza. Aun así están ahí, respaldando la idea de que cuando el latido del toque se consolida desaparece la conciencia individual.

No importa si el toque es perfecto. Importa que esté dentro y se refleje en el otro. Que forme parte. Que contribuya a ese cuerpo sonoro que avanza como uno, entre la multitud sin prejuicios. Esa armonía no nació de la perfección, sino del desorden inicial; de ese aparente caos donde nadie parecía saber muy bien dónde colocarse.

Tras 45 minutos, llega la vuelta a casa. La noche cerrada. Las muñecas cansadas y la cabeza alineada. Sin grandes discursos, sin alaracas. Con los oídos pitando en un miércoles cualquiera de febrero en el que solo queda el eco vibrando por dentro y una extraña sensación de orden.

Entre tanto ruido superficial, de soluciones sencillas a problemas complejos, lo más valiente es atreverse a entrar en el círculo y dejar de mirar desde fuera, formando parte, construyendo sin más. Ahí reside lo verdaderamente valioso, en una sociedad que sabe mirarse sin destruir y que no exige perfección para dejarte entrar. Que no juzga tu primer golpe. Que coloca a alguien detrás para que no te pierdas. Así es, al menos, la familia del tambor. Larga vida.

Eva Defior. Sexto Sentido