Tomás Redondo Mercadal, (Huesa del Común, 1951). Ejerció como profesor en Calanda durante siete años y de allí se llevó el cariño de los calandinos y vínculos que todavía pertenecen. Es el Mantenedor de las fiestas del Pilar, un cargo que lleva «con mucho orgullo».
Tomás Redondo, Mantenedor de las fiestas: «El vínculo que creé de maestro en Calanda fue muy fuerte tras 7 años especiales para mí»
Redondo en la puerta del colegio. Fue maestro hasta los 60 años. /Cedida
¿Cómo recibe la propuesta de ser el Mantenedor de estas fiestas?
Hace dos años Alberto Herrero, el alcalde, que fue alumno mío, me dijo que había pensado en mí para ser el Mantenedor de las fiestas. Le dije que hacía mucho que nos habíamos ido de allí y que me daba apuro porque es una responsabilidad, a pesar de que mi familia me insistía. Este año nos encontramos casualmente en una excursión y volvió a proponerlo. Al final me lié la manta a la cabeza y dije que sí.
Llega después el momento de sentarse a escribir.
A los pocos días de decidir que sí, me metí en la habitación en la que tengo todas mis cosas y en media hora me salió todo lo que quería transmitir. Después le di más forma y arreglé algunas cosas, pero el pregón en sí salió en menos de media hora, tal como soy yo: de impulsos y de corazón.
¿Qué quería transmitir en su discurso?
Primero, un agradecimiento total y absoluto al Ayuntamiento, al alcalde y a todos los que apoyaron la propuesta. Para mí ha sido un honor enorme que, después de 35 años, volvieran a pensar en mí. Quería destacar el valor de la figura del maestro, porque es importantísima en la sociedad. También dirigirme a la juventud e invitarles a que se diviertan sanamente y sepan qué celebran y por qué.
Llegó a Calanda en 1984 y usted mismo decía que era para volver a su tierra porque nació en Huesa del Común. En Calanda ejerció como profesor durante siete años, que fueron de lo más especiales. ¿Qué recuerda?
Había oído siempre hablar muy bien de Calanda. Mi madre había vivido allí con su familia durante seis años y tengo allí enterrada a una tía, que murió con 18 años. Cuando llegamos a Calanda lo hice con muchísima ilusión. Incluso, cuando llevé allí a mi madre, todavía se encontró con amigas de infancia. Llegué sintiendo que volvía a mi tierra y a mis raíces familiares. El vínculo que se creó fue muy fuerte y todavía pertenece con mis antiguos alumnos y los vecinos del pueblo.
Su mujer también era maestra. ¿Cómo fueron aquellos años en Calanda para la familia?
Llegamos con una niña de tres meses. Mi mujer durante aquellos siete años se sacrificó al cuidado de nuestras hijas. Fueron unos años que recordamos mucho.
¿Qué relación conserva con los alumnos de Calanda?
Mis alumnos son todos, pero especialmente recuerdo al grupo al que llevé durante cinco años: cuarto, quinto, sexto, séptimo y octavo. De hecho, para que vean el cariño que me han tenido, cuando me jubilé con 60 años en Zaragoza, al año siguiente se enteraron y, en secreto con mi mujer, me prepararon en Calanda una segunda jubilación. Sigo teniendo contacto con ellos y no solo con los alumnos, también con mucha gente de Calanda. Mi mujer pertenece a una de las cofradías y siempre que vamos a Calanda, me gusta tener contacto con todo el mundo.
En el pregón reivindicó la figura del maestro. ¿Por qué considera que se ha degradado?
Mi experiencia ha sido siempre en la educación, durante 39 años, y también estuve unos años en la Dirección Provincial. Entiendo que se ha degradado la figura del maestro porque no se valora su labor. También creo que la sociedad ha cambiado muchísimo. En Calanda me encontré con alumnos muy trabajadores y sanos, y los padres colaboraban extraordinariamente con lo que decía el maestro. Creo que eso se ha perdido en buena parte. A los jóvenes ya no los veo con la ilusión con la que teníamos nosotros con 21 años cuando empezamos. En ese momento, tenía la misma idea que cuando me jubilé. La vocación es fundamental.
¿Qué diferencias notó entre impartir clases en Calanda a hacerlo en la capital?
Seguía siendo el mismo, tanto en Calanda como antes en Barcelona y después en Zaragoza. Pero las facilidades y la conexión con las familias que tuve en Calanda no las volví a sentir igual. En Zaragoza también tuve una relación muy cercana con los alumnos, pero no era lo mismo.
¿Cómo eran sus clases?
Ante todo, respeto y puntualidad. He sido exigente, muy exigente, pero los alumnos siempre me respondieron muy bien. Intentaba que las clases fueran amenas. Cuando daba Lengua, todavía se acuerdan de muchas cosas que hacíamos. Después, al llegar al instituto, pasé a dar Educación Física. Esa asignatura también permitía que los alumnos que tenían problemas se acercaran y te los contaran. Me gustaba organizar salidas y excursiones y he de decir que he tenido mucha suerte porque solo tuvimos que atender una luxación de hombro y una rotura de rodilla. Siempre he estado pendiente de todo lo que sucedía.
¿Cómo era la relación con sus alumnos?
El tratarlos de tú a tú me servía para tenerlos todavía más cerca y a mi lado, además de que tuviesen mayor confianza. El respeto era mutuo.
Al terminar los estudios, entre otras cosas, impartió clases de alfabetización. ¿Cómo recuerda aquella experiencia?
Fue una experiencia inolvidable. En aquella época parecía imposible encontrarte con chicos de 20, 21 ó 22 años que no sabían leer. Para mí fue una satisfacción muy grande. Después, cuando llegué a Huesca, también estuve unos años dando clases de alfabetización.
Se jubiló a los 60 años en un colegio de Zaragoza. ¿Fue difícil dejar la enseñanza?
Sí, me costó mucho. En esa decisión también influyeron mi mujer y mis hijas. Yo había perdido a un hermano con 32 años y mis padres se quedaron solo conmigo. En el último año vi que mi padre me necesitaba, porque había que llevarlo al médico y decidí dar el paso. Era muy feliz todavía con mis alumnos y ellos conmigo. Fue duro dejar la enseñanza, pero dije que no volvería a impartir clases y así fue, aunque tengo que confesar que a mis nietos sí les ayudo con sus cosas.
Es otra de las etapas que explica está afrontando ahora, el cuidar y disfrutar de sus nietos y tener profesores jubilados en casa siempre ayuda.
Sí, todos los días les ayudó con los deberes. Mis hijas siempre me dicen que tengo que hacer con ellos lo mismo que hacía cuando ellas eran pequeñas. Es curioso porque los cuatro abuelos somos maestros. A mí me toca Lengua, Ciencias y manualidades. Con ellos también me lo paso muy bien y eso es lo que toca hacer ahora.
Donde también le tocará disfrutar será en las fiestas de Calanda. ¿Qué les desea a todos ellos?
A los calandinos tengo que agradecerles infinitamente todo lo que hicieron por nosotros, no solo por mí, sino por toda mi familia. El cariño que nos demostraron no lo puedo llegar a entender, porque yo hice cosas, pero ninguna extraordinaria. Si por mí hubiera sido, no me habría movido de Calanda, pero mi mujer había sido muy generosa conmigo y tenía el mismo derecho a dar clases que yo. También había que dar un futuro a nuestras hijas y en Zaragoza teníamos familia. A los calandinos siempre los llevo en mi pensamiento y en mi corazón.