El Bajo Aragón Histórico vuelve a quedarse descubierto y sin ojos que vigilen el desencadenamiento de posibles fuegos en los montes. Las últimas torres de vigilancia activas han cerrado esta misma semana después de un verano que ha sido intenso y, sobre todo, un mes de septiembre y octubre en el que todavía se han seguido registrando alertas naranjas por posibles incendios. Ante ello, sus trabajadores reclaman cambios para futuras campañas, con un modelo que empiece antes y termine más tarde. «El cambio climático no se va a detener y nuestros montes son auténticas bombas de relojería», denuncian.
La labor de las torres de vigilancia resulta fundamental porque son los primeros en dar el aviso cuando se trata de la llegada de conatos o incendios. Su papel fue crucial, por ejemplo, para localizar el fuego de Peñarroya de Tastavins y evitar que fuera a más. No obstante, de las 15 torres que hay en el territorio bajoaragonés, la gran mayoría no se activaron hasta mediados de junio, después de un mes de mayo en el que ya se superaron los 30º grados y con riesgo de incendios.
El grueso de ellas, además, solo se han mantenido activas hasta mediados de septiembre. Concretamente, entre los días 20 y 30 del mes pasado cerraron 10 puestos: Montalbán, Cañada de Benatanduz, Castellote, Ejulve, Villarluengo, Muniesa, Calaceite, Caspe, Nonaspe y uno de los dos que hay en término de Monroyo.
Y a estos se unen los otros 5 que cierran ahora, un mes en el que comienza el periodo de quemas y en el que «es muy probable que haya más de un conato que pueda hacerse grande porque no habrá nadie vigilando». «Este mismo martes rozamos los 30 grados al sol en el puesto de vigilancia. Ni el monte, que está muy seco porque no hemos tenido lluvias, ni el clima están para que ahora el territorio se quede a su suerte», cuenta R. D., una de las trabajadoras de una torre de vigilancia.
Sin ir más lejos, el pasado jueves 8 de octubre, cuando la mayor parte de las torres ya no estaba en funcionamiento, se activó la alerta amarilla a lo largo del Bajo Ebro forestal, «con posibilidad de incendios de baja intensidad, pero sin descartar alguno puntual de media-alta intensidad».
Una campaña que debería arrancar antes
El verano se alarga, pero también parece llegar antes. Por ello el sector también defiende que su trabajo debería comenzar antes. Este año, solo 5 de las torres empezaron a funcionar a mediados de abril: La Picosa (en término municipal de Valderrobres), Peña del Gato (Andorra), Las Ventas del Valdealgorfa (Valdealgorfa), Cruz de San Vicente (Caspe), y El Yugo (Nonaspe).
Otras dos también se adelantaron, en este caso a mayo: el otro puesto de Monroyo y el de Palomar de Arroyos, aunque no resulta suficiente. «Urge que la administración tenga en cuenta que las condiciones climatológicas ya no son las mismas que hace años. Deben adecuar los calendarios de las torres a la realidad del terreno y a la realidad meteorológica que tenemos. », afirman.
Además, solo 5 de las torres bajoaragonesas se mantienen activas durante 6 meses, periodo que el sector considera «idóneo» para poder desarrollar de forma correcta su trabajo.
La situación se traslada a lo largo de todo Aragón y cada año también supone un recorte del personal destinado a las torres de vigilancia, quienes dejan de trabajar una vez concluye la campaña. De los 80 puestos de vigilancia a lo largo de toda la Comunidad, 58 cerraron a mediados de septiembre y el resto lo ha hecho ya este mes. «No somos el único sector que se ve reducido. También se baja en número de autobombas. El cambio de personal y recursos es notable», explica R. D.
Por su parte, fuentes de la consejería de Medio Ambiente de DGA se limitan al Plan Anual de Incendios 2026 que limita cada periodo de activación. Además, además, que octubre no suele haber grandes incendios y que la temporada de peligro «ya ha terminado».
A 40º grados y sin baños
Además de las reivindicaciones para que la campaña se adecúe a los tiempos que corren, el sector también denuncia tener que trabajar en infraestructuras y con herramientas «completamente obsoletas». Algunos de ellos, por ejemplo, defienden tener que llevarse sus propios prismáticos a la torre porque los que se les proporcionan no dejan ver el monte de forma correcta. También operan con mapas de gran antigüedad.
Muchos de los puestos son realmente torres de metal o casetas de obra que están en puntos prominentes, y que son «un auténtico imán para los rayos», según señalan. «Es cierto que tenemos pararrayos, pero no tenemos un protocolo de actuación frente a tormentas eléctricas. Es uno de los mayores riesgos a los que nos enfrentamos», señala M. L., otro de los trabajadores.
En verano, su día a día pasa aguantando los 40º grados a la sombra «en una caseta de chapa» y sin disponibilidad de un baño. En cambio, deben hacer sus necesidades en el monte, denuncian. «Creemos que son condiciones que las personas deben conocer porque intentamos hacer lo mejor con lo que tenemos», explican.
Además, los vigilantes explican que deben emplear sus propios vehículos para llegar a sus puestos de trabajo, en su gran mayoría por pistas de difícil acceso. «A nuestras jornadas de 9 horas hay que sumar 2 más de trayectos, y en las que ponemos en riesgo nuestros propios coches», señalan.
Una labor de vital importancia
La labor de los vigilantes de torres supone «el primer eslabón de la cadena, por lo que es un trabajo que tiene gran responsabilidad». Cuando detectan un humo, lo primero que deben hacer es asegurarse de que no es un falso humo. Una vez lo confirman, se encargan de comunicarlo al centro de operaciones provincial (CPO) y les facilitan la información de localización aproximada y rumbo desde su posición. Posteriormente facilitan información de la evolución del incendio, que es de gran utilidad para el técnico que no está en el terreno. «En grandes incendios como el de Peñarroya de Tastavins estuvimos trabajando intensamente en la emergencia ayudando a detectar reactivaciones durante días», puntualiza M. L.
Diariamente también están en contacto de forma rutinaria con el CPO para transmitirles novedades y el estado meteorológico de cada zona. Para ellos, esta campaña ha sido «especialmente dura», ya que en invierno hubo mucha lluvia que hizo que creciera mucho pasto y matorral, para después enfrentarse con una primavera y verano extremadamente secos y calurosos.
No obstante, la «profesionalidad del operativo» y su amor por el territorio y el medio natural les ha animado para evitar que los incendios del territorio no alcanzaran la dimensión de los de Huesca o las Cinco Villas. «Para un territorio como el nuestro, cuya economía depende en gran medida del turismo, un gran incendio forestal como el de los mayos de Riglos sería catastrófico. Por ello necesitamos un operativo de lucha contra incendios profesional, bien dotado y con buenas condiciones laborales, que nos permitan hacer frente a los retos que nos vienen», concluyen.