«Coca-Cola, Fanta, agua fresca! ¡Cerveza, cerveza, cerveza! Todo fresco, barato».
Un chico, asfixiantemente vestido en mi calurosa opinión, pasa arrastrando una nevera mientras entona la misma lista de bebidas una y otra vez. Encojo las piernas para dejarle paso, aunque intuyo que no lo necesita, ya que tiene su ruta entre toallas perfectamente entrenada.
Son las 11:30 del 17 de agosto y, por alguna extraña razón que se me escapa, hemos elegido, de entre todos los planes posibles, venir a pasar el día a la playa de Peñíscola. Desde luego, la mente es brillante.
Estoy sentada en mi toalla, con mi pequeña a la teta y la mirada fija en el infinito, porque el mar no se ve. Escucho a mis padres resoplar del esfuerzo; la arena está tan seca que cuesta clavar las sombrillas y que se mantengan en pie. Me pongo a contar: ...nueve, diez, once. Una onceava línea de playa, dadas las circunstancias, no está nada mal. Tengo tanta sed que temo que mi hija, a golpe de succión, me haga desaparecer. La deshidratación se cierne sobre mí y trato de respirar algo de brisa marina... Pero, ¿qué coj****? Un chico de facciones preciosas y proporciones apolíneas se acerca a recoger su pelota, que se acaba de estampar contra mi cara, mientras se disculpa. Le atravieso con la mirada y mi yo adolescente, que resiste en algún recoveco de mí, me lo recrimina. «Es tan guapo que tendrías que poner la otra mejilla…». Amén.
«¡Mamáaaaaaaaaaaa!», oigo un estruendo demasiado cerca de mi oído, «¡Quiero jugaaaaar!», grita ya rozándome la oreja. Asciende como un mono en rama por el brazo que su hermana deja libre y, de pronto, tengo a las dos llorando encima. Tomo aire, mirada al frente. Estoy sudando sin parar. Empiezo a hacer pucheros. Voy a llorar, está decidido.
Pero aparece. Primero es una mancha borrosa, luego atisbo un cuerpo moviéndose. Y, cuando enfoco, ella. Está bailando delante de sus sobrinas, que poco a poco se hipnotizan con sus contoneos y dejan de llorar. La admiramos unos segundos más, mientras intercala pasos de baile y saltos para no quemarse las plantas de los pies. Y estallamos en carcajadas.
De pronto, me fijo, veo el mar. Estaba ahí, entre la sombrilla azul y la roja a rayas. Tomo aire y huele a crema solar, salitre y vacaciones. Tengo hasta ganas de jugar a la pelota.
Os deseo una hermana como la mía. Mejor aún: os deseo que seáis mi hermana. Porque, como dice esa canción, la verdad es que nada es tan importante. Y la arena, normalmente, no quema tanto como para no poder bailar.
Te quiero, Ta..
Nerea Lorenzo. www.nerealorenzo.com


Desde luego, un envidiable día familiar de playa… para el que le guste la playa. Y es que en el fondo todos tenemos un punto de masoquismo y cada cual elige con qué autocastigo alimentarlo.
Solo un apunte y una duda que no me resisto a hacer tras leer que te dedicas a corregir textos: dices haber contado filas y concluir que estabas en la «onceava» línea. No descarto nada y de ahí mi duda: ¿la playa estaba dividida en once partes iguales y tú tenías una de ellas? Podría ser la primera o la segunda o … la decimoprimera ¿En qué fila estabas, Nerea?
Esther, qué interesante. Has leído una columna sobre calor, playa, niños, familia, sed, agotamiento y una hermana que consigue convertir un momento de agobio en una carcajada y, de todo el texto, lo que has conseguido rescatar es una palabra mal utilizada.
Además, no te limitas a señalar el error. Necesitas montar alrededor una pequeña exhibición de superioridad, fingiendo una duda sobre si la playa estaba «dividida en once partes iguales».
Sí, «onceava» no es lo apropiado en ese contexto. Se dice «undécima». Corrección hecha. En diez segundos.
Pero ya que has decidido ponerte la toga de correctora, quizá convendría aplicarte el mismo rigor. Escribes «una duda que no me resisto a hacer». ¿Hacer una duda? Lo habitual y mucho más preciso sería «plantear una duda» o «formular una duda». «Hacer» combina perfectamente con «pregunta», pero no resulta la elección idiomática cuando el sustantivo es «duda».
No es un pecado lingüístico, naturalmente. Sería absurdo convertir una elección léxica poco afortunada en un drama. Exactamente tan absurdo como convertir «onceava» en una ocasión para montar una pedantería sobre la playa dividida en once partes.
Y ahí está precisamente la diferencia. Nerea comete una incorrección y sigue adelante con su relato. Tú detectas una incorrección y necesitas construir alrededor de ella una pequeña demostración de superioridad.
Porque una cosa es corregir un error y otra muy distinta aprovechar un error para intentar ridiculizar a quien lo ha cometido. La primera requiere conocimientos. La segunda solo requiere ganas de quedar por encima.
Y lo más divertido es que, después de leer el artículo, tu gran aportación consiste en encontrar una palabra que corregir mientras escribes tú misma una construcción bastante menos natural de lo que cabría esperar de alguien que presume de estar pendiente de estas cosas.
Hay quien lee para entender lo que le cuentan y hay quien lee con el bolígrafo rojo en la mano, esperando que se le escape una palabra para sentirse un poco más importante.
Tú has dejado bastante claro a qué grupo perteneces.
Joer con el bot, qué digno se ha puesto … Infiérese que su sede arde en plena ebullición semasiológica.