Parto de la línea de salida con los brazos despejados, lo cual me otorga una clara ventaja. Coloco la bolsa sobre la cama y comienza el baile de toallas, bañadores y manguitos. Me dirijo hacia el salón, apago el ventilador y me pongo de cuclillas, a su altura, para que se confíe. Mi oponente me mira, desafiante, con el flequillo pegado a una sudorosa frente y las manos llenas de pegatinas. «Hija, ponte el vestido y las sandalias, que nos vamos a la ‘pisci’». Buen saque, directo y sin titubeos. Su «vale, mami» con voz angelical me hace creer que el punto es mío.

Me pongo en pie y me dirijo a la cocina. Hay demasiado silencio y eso me tensa, pero no dejo que me distraiga de mi siguiente jugada: preparar la merienda. En tres certeros movimientos saco la sandía de la nevera, cojo el único cuchillo que queda limpio y comienzo a convertir rodajas en apetecibles taquitos para introducirlos, con un solo giro de muñeca, en un tupper. Continúo mi coreografía, como una experta trilera, con el queso, el jamón, el zumo y algún snack de madre cuestionable. El rival es impredecible, como su apetito, y hay que estar preparada. Voy encestando todo en la mochila y el árbitro me anota un triple en la última canasta, ya con el cuello asomado al pasillo.

El silencio, que puede palparse, me conduce de nuevo al salón. En el terreno de juego, todos los peluches tumbados sobre la mesa, completamente grafiteados. Ha jugado con mi mente, me ha hecho creer que las pegatinas la mantenían distraída y, como una auténtica profesional, se ha subido a la silla para alcanzar los rotuladores que ayer creí esconder. Excelente contraataque. Me gustaría pedir tiempo muerto, pero el juego debe continuar. Decido que los peluches son daños colaterales de los que me encargaré más adelante y logro, por fin, vestirla. Salimos de casa, la oportunidad de gol está cerca. El peso de la competición, las tres bolsas y sus cortas piernas parecen complicar la recta final. Cada tramo del camino se hace más largo y, cuando solo quedan unos metros, parada en seco y pucheros: «Mamá, me he dejado a Anna». Su muñeca favorita.

Esto podría darle la vuelta al partido, incluso suponer mi derrota. Las gotas me resbalan por la frente, voy regateando en mi cabeza, es ahora o nunca. Tiro a puerta en el minuto 90.

«¿Quién quiere un helado?»

Gol.

Y ahora que pidan el VAR, yo ya he extendido mi toalla sobre el césped.

Nerea Lorenzo. www.nerealorenzo.com