¿Pesimismo o alarmismo excesivo? Acepto esos juicios que me han llegado como críticas a otros artículos míos de esta serie. Pero reflexionemos sobre las noticias candentes de cada día: Trump como virus patológico permanente con efectos directos y nocivos en casi todos los países de su área de influencia, incluido el suyo propio; deriva casi catastrófica en la crisis energética; desbordamiento de precios no solo del combustible para vehículos y máquinas, calefacción y refrigeración en los hogares y locales públicos, sino de productos agrarios derivados; en otro orden de cosas, inflación económica al nivel de los hogares; problemas educativos de unos jóvenes obcecados con las tecnologías invasivas (véase, en España, el informe PISA de este año); encarecimiento de los productos alimenticios básicos: la FAO ha anunciado una «alerta» por la situación de la agricultura en los países exportadores de productos básicos; todo esto unido a la crisis alimentaria, la de la vivienda, de las instituciones relacionadas con la familia, la salud, el clima, la violencia interpersonal, las comunicaciones.
No solo en el sentido de autopistas, carreteras, trenes o aviones…, sino también en el de las relaciones humanas, sociales, políticas; sumemos algo de lo que no se habla: el agua, «el oro azul», y su anunciada escasez, debido, entre otras causas naturales, al exceso de demanda de los centros de datos; la desertificación; el crecimiento cada vez más bajo de la población; el movimiento migratorio desbordado; el racismo inherente a las medidas para mitigar o evitar la migración: la antaño acogedora Europa se ha convertido en un conjunto de países-bloques autodefensivos, que alquilan campos de «concentración» lejos de sus fronteras para enviar a los que intentan entrar y burlar la política antiinmigratoria vigente.
Con el agravante, contra el simple sentido común, de que muchos de estos países logran mantener cierto grado de funcionamiento social gracias a que esos desdeñados inmigrantes constituyen una mano de obra abundante y económica; la eclosión y afianzamiento en toda Europa (y en el resto del mundo) de una ultraderecha agresiva y amenazadora, incluso en Alemania, que parece no solo haber olvidado lo ocurrido el pasado siglo, sino que ya no se avergüenza de ello y glorifica la cruz esvástica y la barbarie nazi.
En su número de septiembre, «Le Monde Diplomatique» abre su portada con un titular catastrófico y, lamentablemente, muy real: «El hambre que viene». Analiza la situación creada en muchos países por el calor, los incendios, la sequía, que están agravando el nudo de refuerzos agónicos a la guerra declarada por Trump y Netanyahu contra Teherán, que ha provocado el cierre del estrecho de Ormuz (y amenaza con crear una crisis económico-energética de alcance mundial).
Así lo ha confirmado la AIE (Agencia Internacional de la Energía: la califica como «la mayor crisis de suministro de petróleo de la historia»). Y ahora Arabia Saudí ha cerrado el único oleoducto alternativo a Ormuz, mientras el propio país es atacado por los rebeldes hutíes del Yemen (financiados por Irán) y Trump avisa que en esto no se implicará (aunque no lo confiesa), desbordado por una guerra que no debió comenzar. La escalada de ataques en el mar Rojo complica exponencialmente el suministro al mercado energético.
Es como en ese juego con las fichas de las damas en hilera: la caída de la primera fuerza la caída en cascada de todas las demás. Ese ha sido uno de los efectos nefastos causado por la desvariada política de Trump en el escenario geopolítico y económico global.
Pero este escenario conflictivo actual (septiembre de 2026) de los asuntos públicos de este mundo, casi distópico, en pleno siglo XXI, tiene otros puntos de interés. A saber:
1.- La IA se nos va de las manos. En palabras de un dimitido miembro del equipo que la utiliza en una de sus empresas punteras, Anthropic, «La I.A. estará preparada para poder eliminar a la humanidad antes de 2030». Estas y otras amenazas han provocado una inestabilidad en los mercados financieros. Pero, en el fondo del problema, una vez más, la cuestión está enlazada con la guerra en sordina que mantienen Estados Unidos y China por controlar la IA.
2.- En Alemania, la triunfadora en las últimas elecciones, la ultraderecha neonazi, AfD, está empezando a hacer las gestiones conducentes a una «limpieza étnica», con la eficacia genocida hitleriana: un millón de expulsiones en un próximo futuro y, de pasada, la subversión del orden constitucional germano. Una sola buena noticia: en Suecia la ultraderecha retrocede.
3.- En Israel, se ha comprobado que Netanyahu, líder del racismo antipalestino, había sido informado previamente del ataque de Hamas el 7 de octubre de 2023, excusa para la guerra genocida desatada con Gaza. ¿Ustedes creen que eso ha disminuido la barbarie genocida del actual Gobierno israelí?
4.- La tecno-oligarquía está extendiendo de forma descarada su dictadura algorítmica, con la aquiescencia de todos los humanos que están a sus órdenes, a cambio de falsa información, diversión, juegos y facilidades en todos los asuntos prácticos, entrar en el peligroso mundo de las criptomonedas o de las drogas, o ajustar cualquier viaje turístico en empresas fraudulentas en la Red; todo ello de forma tan rápida como engañosa. Sin olvidar la capacidad eficaz y eficiente de extender bulos políticos y, como en Ceuta, organizando en las redes una infiltración de inmigrantes.
Y 5.- Sigue en alza la tendencia global de erosión y debilitamiento de los estados de derecho. Más que las normas en sí, lo que sostiene a las democracias es que sea firme la intención de los poderes políticos en respetarlas. Y no solo eso, también se ha acabado la era de la legalidad institucional: el presidente en ejercicio de una nación «democrática» ha prometido 5.000 dólares por cabeza a todos los que voten a favor de su partido. ¿Esto no es un delito reglamentado por las leyes electorales en casi todos los países que las utilizan?
A la vista de cuanto ocurre, Orwell alucinaría… Su distopía de «1984» es casi un juego de adolescentes comparado con la «perfección» técnica y operativa actual de las fuerzas autárquicas infiltradas en todos los niveles de la población, un ‘tecnhorror’ que se extiende como si fuera un regalo del siglo XXI a los seres humanos, que prefieren ignorar que hemos metido al caballo de Troya de la extinción en la sala de estar de nuestros hogares.
Si repasamos las cifras que difunden los organismos de la ONU, vemos cómo la guerra de Ucrania y la de Irán están provocando un desabastecimiento en productos clave en todo el mundo. Cereales, aves de corral, trigo, cebada… Las exportaciones agrícolas suministradas por Ucrania o Rusia al mercado mundial han quedado anuladas o restringidas. El declive de envío de las materias primas esenciales para la fabricación de fertilizantes y abonos procedentes de Irán ha afectado la producción a escala planetaria.
Y el cierre de Ormuz ha casi anulado el paso de mercancías del sector alimentario o la producción agrícola, alterando la seguridad y la gestión alimentaria en los mercados mundiales. Un tercio de las exportaciones mundiales de urea y azufre, debida a Irán, Arabia Saudita, Qatar y los Emiratos, han quedado muy disminuidas y son claves para la producción de fosfatos en EE. UU. y Brasil. Por tanto, el cierre de Ormuz no es solo un problema energético, sino un choque sistémico que afecta al conjunto del tejido agrícola mundial.
Todo eso repercutirá en el conjunto mundial de los productos del campo. Afectará al trigo de Egipto, el arroz de India y a otros países exportadores como Brasil o los Estados subsaharianos, Somalia, Tanzania, Mozambique o Kenia.
Más leña: ya se han emitido avisos internacionales de la FAO o la Agencia del Clima advirtiendo que ese fenómeno climático oceanográfico llamado «El Niño» (creado por el aumento de las temperaturas de las corrientes del Pacífico) será catastrófico este año, tras un verano excesivo y la suma de incendios; causará lluvias torrenciales, sequías y tifones en Australia, Asia y Extremo Oriente.
Llegará en octubre y puede persistir hasta la primavera de 2027. Aumentará la inseguridad alimentaria y también la contaminación proteiforme: gases, partículas, elementos cancerígenos debidos a los incendios o las mareas negras causadas por bombardeos contra instalaciones petrolíferas…
Si a este escenario digno del Bosco o de Bruegel añadimos el oscuro y fatídico mundo de los especuladores que se lucran cuando hay hambre, falta de agua, guerras o incendios, se comprende la similitud dramática entre lo que hoy ocurre en el mundo y las visiones apocalípticas de San Juan y los Cuatro Jinetes; Trump el conquistador con su arco y sus flechas, en el caballo blanco; la guerra, en el caballo rojo; el hambre, en el caballo negro y, en el amarillo, la muerte y la peste. Como dicen los creyentes: «Que Dios nos coja confesados».
Alberto Díaz Rueda


Alberto, después de leer esto uno ya no sabe si está ante una tribuna de opinión o ante el tráiler de una película titulada «El Apocalipsis que viene».
La técnica es bastante evidente. Se parte de problemas reales, se les añade una interpretación, después una exageración y finalmente una comparación con Hitler, Orwell, el genocidio, las dictaduras, la extinción de la humanidad y los Cuatro Jinetes.
Todo está conectado con todo y, casualmente, todo conduce siempre a la misma conclusión política.
Una crisis energética se convierte en un choque sistémico. Una previsión climática en catástrofe. Una política migratoria en «limpieza étnica». Una advertencia sobre la IA en la inminente extinción de la humanidad. Y una promesa electoral se reformula hasta hacerla parecer literalmente una compra de votos.
El problema no es que no existan problemas graves. El problema es que usted no distingue entre hechos, previsiones, hipótesis e interpretaciones. Todo entra en la misma coctelera y sale con idéntico sabor apocalíptico.
Eso no es pensamiento crítico. Es pensamiento militante.
Y cuando un análisis necesita recurrir constantemente a Hitler, genocidio, dictadura, Orwell, el caballo de Troya y los Cuatro Jinetes para demostrar su tesis, quizá estamos ya bastante más cerca del sermón que del análisis.
Porque el fanatismo no consiste solamente en defender una ideología. También consiste en interpretar cualquier acontecimiento como una confirmación de lo que uno ya estaba convencido de que iba a ocurrir.
Y aquí hay mucho de eso.
Por cierto, la despedida es perfecta
«Que Dios nos coja confesados».
Después de semejante película, solo faltaba el Apocalipsis.