Desde el comienzo del siglo XXI nunca hasta ahora se había observado tal nivel de retroceso democrático global. Ni siquiera en los años 30 del pasado siglo, tras la I Guerra Mundial y la fuerte amenaza de la II. Según el instituto sueco V-Dem, que analiza año por año las tendencias variables de la democracia a nivel planetario, solo el 7% de la población mundial vive en una democracia plena, contra un 17% en 2005, lo que constituye el nivel más bajo desde 1978. La influencia devastadora de la corrupción de valores democráticos que ha impulsado Trump en Estados Unidos y Putin en Rusia, unida al correlato ultraderechista en muchos países, provoca el temor de que quizá vamos hacia el fin de la democracia, al menos en esta época histórica. Vivimos un crecimiento exponencial de la ola autocrática y, lo que es más grave, la pérdida de la confianza de los ciudadanos en el orden, el derecho, la justicia y el humanismo en el plano internacional. Como dice Cristina Monge en su libro «Contra el descontento» (Paidós), «Nadie puede permanecer ajeno a estos desafíos. Los retos que están poniendo en jaque la convivencia y las sociedades democráticas exigen que todos y cada uno de nosotros asumamos nuestra responsabilidad, cada cual desde su lugar y de forma proporcional al poder de que disponga».

La mayor incidencia del crecimiento autoritario y antidemocrático respecto a la primera mitad del siglo XX responde a un fenómeno peculiar: la permisividad democrática europea —lógica, dados los principios básicos de la democracia— ante la presencia en las instituciones y Gobiernos de partidos y organizaciones de extrema derecha, nacionalistas excluyentes y antiliberales que minan desde el interior tales instituciones, por el larvado juego sucio antidemocrático, facilitado con el uso torticero de las redes y por la mala praxis de los partidos políticos, elevando la corrupción a un elemento habitual y compartido por todos. Y como trasfondo social, los déficits de educación y pensamiento crítico, que las nuevas tecnologías —atención con la IA, un buen instrumento que, mal usado, es catastrófico a la larga— están provocando en la población, sobre todo en las nuevas generaciones, sumados a las desigualdades económicas y la pésima gestión del fenómeno inmigratorio, demonizado por la derecha.

Por tanto, ninguna democracia en el mundo está blindada contra la ola de contagio ultra —una de las consecuencias del ‘efecto Trump-Putin’ en el equilibrio político y en los ciudadanos, nada inmunizados ante el poder contagioso de unas ideas irresponsables y violentas que están acabando con las cotas de libertad, respeto a las leyes, solidaridad y defensa de los derechos humanos. La agresiva política de Trump de eliminar la financiación de la ayuda internacional (USAID) y la NED (Fundación Nacional para la Democracia), y dejar de amparar la independencia de los medios informativos, ha despejado el camino no solo para agudizar los problemas de los países necesitados, sino para apoyar el clientelismo de los partidos de ultraderecha que, sobre todo en Europa, están causando graves daños a la democracia.

Hay que alentar las pequeñas luces de esperanza que están apareciendo o no las han logrado apagar, ya que hay en marcha acontecimientos y medidas —y, sobre todo, ideas— que tratan de despejar la espesa niebla que el oscurantismo político está tratando de imponer en el mundo. A pesar de que la decadencia del «fenómeno» Trump y la fuerza irreprimible de la crisis política y económica de Rusia —el «paraguas» de toda la derecha dura— podrían atenuar la mayor crisis de credibilidad de la socialdemocracia europea desde la caída del muro de Berlín. A finales del siglo XX, siete de cada diez ciudadanos de la UE vivían en países con gobiernos de centro-izquierda. Hoy ya son uno de cada diez.

Y no olvidemos la fuerza depredadora de regímenes como los de China, Israel, Corea del Norte o India, que se mantienen tras el telón, a la espera de conocer el rumbo de los acontecimientos. Tras este escenario, alimentado por el enquistamiento de las desigualdades socioeconómicas y la presencia del nuevo y silencioso poder en la sombra que afecta a todos los niveles y ámbitos de la vida humana: el poder de las nuevas tecnologías digitales. Empresas e individuos dotados de una fuerza y una riqueza sin antecedentes en la historia del mundo. Esas tecnologías están desarrollando un poder casi omnímodo con la complicidad y provecho propio de algunos políticos. Uno de los efectos nocivos que crean es la desinformación en el universo digital, la generación de campañas de falsedades y la normalización de los discursos de odio (que incluso han infectado ya a los ámbitos parlamentarios y la vida política cotidiana).

Los cambios propiciados por la «revolución-involución digital» han afectado radicalmente las posturas y actividades de socialdemócratas y democristianos, que no han logrado evitar el contagio y mantener un lenguaje de respeto, innovador e inteligente, para convencer al ciudadano. Centroderechas e izquierdas democráticas han terminado jugando el mismo lamentable papel de la ultraderecha. Ese no es el camino. La socialdemocracia es más necesaria que nunca y debe mantener con gallardía los principios políticos y humanos que siempre ha defendido. A la larga, no entrar en la agresividad tabernaria de la ultraderecha atraerá a los ciudadanos.

En Armenia y Moldavia, países bajo la férula rusa, se han producido cambios gracias a un anhelo muy fuerte de rechazo a Moscú y de acercamiento a la UE. Sin olvidar a Ucrania, capaz de frenar las ambiciones hegemónicas de Putin, cada vez más cercana al ámbito europeo y cuya integración podría ser el empujón que nos lleve a todos los europeos a recuperar el orgullo de pertenecer al lejano —pero realizable— ámbito de una Europa unida.

Es preciso recuperar el atractivo, práctico, económico y político, del proyecto europeo (que olvidamos o minusvaloramos con demasiada ligereza). En su reciente visita, el Papa tuvo que recordárnoslo. La UE —dijo— «es un regalo para toda la familia humana». A lo largo de la historia, nuestro continente ha ido irradiando una cultura —no siempre de forma positiva— y unos principios. Ese cambio valorativo ya está empezando, pero hay que insuflar apoyo a la idea: la Unión Europea es algo que está ya aquí, que nos pertenece y no podemos permitir que la dañen. Aunque, por supuesto, es manifiestamente mejorable y tiene muchos defectos de gestión, lleva un mensaje moral responsable a favor de la estabilidad y el progreso.

Paradójicamente, ese impulso renovador lo está avivando la actitud prepotente —incluso insultante— del «zar» de las barras y las estrellas. En reacción a ese magnate, que ha destruido la histórica imagen positiva de los EE. UU., Europa se ha acercado a las potencias medianas de Asia como ‘países afines’. Se trata de Corea del Sur, Filipinas o Australia y quizá India. Compartimos con ese grupo los temores de potencias expansionistas (Rusia en nuestro caso y China en el de ellos), con unas piezas en juego muy activas: Ucrania para Europa y Taiwán para Asia. Todo ese planteamiento global, a expensas de unas figuras tan inestables como Trump y Putin (no hablemos de Netanyahu), hace que el eje de Japón, Corea del Sur, Australia y Filipinas se encuentre ante un dilema de desconfianza e inseguridad frente al «amigo americano». Una Europa unida y fuerte podría hacer bascular los equilibrios geoestratégicos de la zona Indo-Pacífico y acercar su presencia para gestionar una alianza efectiva que cubra los huecos que deja Washington en cuestiones tan importantes como suministros energéticos, seguridad económica y estabilidad de los acuerdos.

Trump ha debilitado el vínculo trasatlántico que suponía una garantía de seguridad para Europa, debido a su desnortada política arancelaria y sus retiradas de apoyo económico y militar-armamentista. Pero no estamos solos y podríamos ser más fuertes y autónomos, con la decisión conjunta de unirnos más y remontar —pese a las dificultades que crean las ultraderechas— el sueño racionalmente efectivo de una Europa fuerte. Ello provocaría unos movimientos muy favorables no solo entre los socios europeos, sino en el entramado internacional de países «afines». Aunque todo este escenario está condicionado por la caótica estrategia de Trump respecto a Irán. Como también por el poder apaciguar los mercados y diversificar las cadenas de suministro. Todo ello depende, por un lado, de las elecciones de noviembre en su país y de los encuentros con Xi y con Modi. En particular, India se mantiene recelosa ante los desafueros de Trump y corre peligro la Iniciativa de Minerales Críticos, vitalmente interesante para los EE. UU. (que ha prometido 20.000 millones de dólares).

Hay que idear iniciativas que consoliden el proceso de reunificación europea: desde favorecer legal y tributariamente la formación de empresas comunes y proyectos internacionales netamente europeos y, en el interior, estimular las cuatro libertades propias de la Unión: personas, bienes, capitales y trabajo. Y para ello impulsar conferencias internacionales sobre problemas concretos que pudieran entorpecer la dinámica de la Unión (ejemplo: la consabida «dos velocidades» socioeconómicas, que habría que unificar en algunas iniciativas con el principio de las «dos locomotoras», una forma de ayuda institucional para algunos países con menores posibilidades de arrastre en tramos difíciles). Como dice el teniente general Eduardo Zamarripa en su libro «El despertar estratégico de Europa» (Almuzara), «es preciso llegar a alcanzar un acuerdo en la Unión que permita una integración eficaz en el campo de la acción exterior y la defensa y hacerlo respetando la soberanía individual de sus miembros... es decir supranacionalidad en lo exterior e intergobierno en los aspectos del interior que convengan a todos. Política exterior común a todos los miembros y Fuerzas Armadas comunes». Es un escenario geopolítico complicado, pero no imposible de revertir. Y el premio a tal esfuerzo es una UE convertida en faro de la democracia en el mundo.

Alberto Díaz Rueda