Soy hija, sobrina y mujer de minero. Crecí en una familia consciente de la importancia de luchar por los derechos de los trabajadores -mi padre era militante de Comisiones Obreras- y en una tierra, Andorra, que sabe lo que es salir a la calle a reivindicar los derechos de los trabajadores.

Nunca olvidaré la imagen de nosotras, las mujeres del carbón, en 2012, cortando carreteras mientras nuestros mineros iban caminando hasta Madrid, hasta las mismísimas puertas del Ministerio de Industria. Aún hoy se me ponen los pelos de punta.

Tampoco las duras negociaciones que viví como secretaria general de Comisiones Obreras de Andorra, en empresas que entraban en concursos de acreedores a raíz de la crisis de 2008, luchando para que los trabajadores no se fueran a la calle con una mano delante y otra detrás.

Cada 1 de mayo, estos y otros recuerdos de la lucha por los derechos de los trabajadores se agolpan en mi memoria, porque lo llevo en la sangre y lo siento en la piel y en los huesos. Y me veo empujándome a la calle una vez más, porque hay mucho que celebrar y, al mismo tiempo, todavía mucho que reivindicar.
La subida del salario mínimo que ha conseguido la vicepresidenta Yolanda Díaz ha sido un logro histórico que ha conseguido en un tiempo récord. El impulso al SMI y la reforma laboral suponen los cimientos de un nuevo camino. Estamos ante un cambio profundo del modelo laboral en el que debemos seguir avanzando. Es mi partido, Podemos, quien está impulsando políticas dentro del Gobierno en esa dirección, conscientes de que vivimos una situación muy complicada y hay mucha gente que lo está pasando mal.

Tenemos muchos retos por delante: acabar con la precariedad, dignificar el empleo, priorizar la salud mental de nuestros trabajadores y acabar con la brecha de género. Sin olvidarnos de medidas tan fundamentales como regular los alquileres, rebajar la factura de la luz, hacer frente a la inflación y los altos precios, impulsar políticas de conciliación y acometer una reforma fiscal para que paguen más quienes más tienen.

Reconozco que me gusta la lucha reivindicativa y me llena de orgullo ver a trabajadores que no agachan la cabeza, porque sé lo difícil que es. Recuerdo, hace años, a los empleados de una empresa de extracción de arcilla. Estuvieron casi veinte días de huelga por 50 céntimos de subida de prima variable. No fue fácil, pero negociamos con los duros abogados de la empresa. Y, finalmente, los trabajadores lo consiguieron. Esos 50 céntimos implicaban para ellos muchas cosas, eran una cuestión de dignidad.

Y por esa dignidad merece la pena luchar, merece la pena luchar por un empleo que sea fuente de vida y no de calamidades. Hablamos de políticas reales y estamos demostrando que sí se puede. En Aragón, de una media de un 10 por ciento hemos pasado a un 30 por ciento de contratos indefinidos. Además, estos días, hemos tenido buenas noticias. El mercado laboral se ha normalizado tras la pandemia y la contratación fija se ha disparado en Aragón, mientras España bate récord de afiliados a la Seguridad Social. Son datos esperanzadores y sonrío al escribirlo pero, creedme, no me olvido de que esta es una eterna lucha reivindicativa.

Algo que me encanta de mi partido es que está lleno de gente joven. Me gusta su ímpetu. Como persona comprometida que soy, me gusta estar rodeada de gente de la calle y que tiene claro que es en la calle donde debemos estar. Vayan bien las cosas o vayan mal, ese es nuestro lugar. Porque siempre hay flecos que no se consiguen y cada 1 de mayo hay que seguir reivindicando. Porque las cosas están mejor, pero las crisis, la pandemia y la guerra nos han hecho daño. Por todo ello y más, la lucha en la calle se tiene que mantener y Podemos tiene que ser partícipe de ella y seguir empujando políticas que garanticen empleos y trabajos dignos para personas dignas.

Nos vemos en la calle.

Mariángeles Manzano. Secretaría de Acción Institucional, Municipalismo y Movimiento Popular de Podemos Aragón